Jon Odriozola
Periodista
JO PUNTUA

San Gabo

Una profecía: dentro de unos años empezarán a «desmitificar» a García Márquez y dirán que no era para tanto. Y lo dirán quienes jamás tuvieron sentido de la medida

No estoy -todavía- tan loco como para decir que García Márquez -literariamente, que no políticamente, que es lo que ofende a la «caverna», antes «búnker»- fue un bluff. Sí diré que leyendo, quizá prematuramente, «Cien años de soledad» me aburrí con tanta saga y linaje de aurelianos y josé arcadios buendías: me hacía la picha un lío, que se dice. No me pasó con «El coronel no tiene quién le escriba», que me impresionó vivamente.

Sin embargo, no todo el gremio coincidió en glorificar el advenimiento de lo que se llamó -Luis Harss mediante- «boom literario latinoamericano» en los años sesenta: Cortazar, Fuentes, Rulfo, Vargas Llosa y García Márquez, principalmente. Hubo polémica entre la crítica literaria a favor del boom, con Rafael Conte a la cabeza, y quienes, colegas del oficio, ponían reparos, como Alfonso Grosso, escritor que representaba, en cierto modo, el llamado «realismo social» de los años 50 en pleno franquismo. Grosso, hombre insobornable, de quien ya ni dios se acuerda y muriera en la miseria y medio loco, descalificaba, entonces, repito, cuando nadie era apenas nadie, a Cortázar por su desdén a Galdós y por la supuesta frialdad literaria de sus textos («La llegada de los bárbaros», 2004, de Joaquín Marco y Jordi Gracia).

La crítica, generalmente, saludó la narrativa latinoamericana con afecto. De «Cien años de soledad», un Pere Gimferrer en plena forma decía que «evoca «Las mil y una noches» o -como ha notado Vargas Llosa- los libros de caballerías, donde lo básico sea el poder de sugestión y maravilla de los hechos narrados». Esto, escrito en 1967. Un año después, Guillermo Díaz-Plaja hablaba de la novela «inventada» y fantástica, de orígenes medievales bizantinos. Joaquín Marco, en 1972 en «La Vanguardia», escribiría que, en GM, no hay conflicto entre realidad/ irrealidad, sino en la oposición entre la realidad y su exageración o, dicho de otro modo, más caricatura que barroco a lo, un maestro, Alejo Carpentier.

¿Y qué decía Vargas Llosa, tan distante -después- políticamente de Gabo? Pues, elogiosamente, que estamos delante de «una técnica de hechicería infalible». Gabo como encantador de serpientes e hipnotizador, gran narrador que te atrapa.

Blas Matamoro, verso libre, poeta y gran ensayista, sugiere, susurra al oído, que «Cien años de soledad» (Massiel, entonces, preguntada por lo que estaba leyendo, contestó en plan «progre» que «Mil años de soledad») es una novela kitsch, es decir, lo opuesto al arte verdadero, como arte que parece arte y no lo es, una baratija. Muy fuerte. Se sostiene en que la hipérbole es sistemática. Y los prodigios. El último Buendía nace con cola de puerco (cerdo). Si se exhibe un falo, es priápico. Si llueve, llueve diez años seguidos. Un ángel cae en el patio en tanto una chavala medio en pelotas -Remedios la Bella- remonta vuelo. Todo ello mezclado con alusiones -menos mal porque, si no, ¿de qué género literario estamos hablando?- a pronunciamientos y motines que sí tienen referente histórico.

Una profecía: dentro de unos años empezarán a «desmitificar» a García Márquez y dirán que no era para tanto. Y lo dirán quienes jamás tuvieron sentido de la medida, pero eso qué.