Mikel CHAMIZO DONOSTIA
Entrevue
Jorge Luis Prats
Piano jolea

«Mi objetivo es transmitir un mensaje a través de la música, no preocuparme por los dedos»

Prácticamente desconocido con anterioridad, en 2008 Jorge Luis Prats saltó a la fama en Amsterdam y ahora es considerado uno de los pianistas más asombrosos del panorama internacional. Con una técnica de enorme virtuosismo, que le permite abordar las obras más difíciles del repertorio, es un incansable defensor en todo el mundo del repertorio ibérico y latinoamericano.

El pianista cubano llega por primera vez a la Quincena Musical de Donostia para un recital en el que destaca una de sus grandes especialidades, la suite «Goyescas» de Granados, junto con las «Blumenstücke» y los «Estudios sinfónicos» de Schumann, que coparan la primera parte. Prats reservará también un apartado a la música latinoamericana, con la «Suite Havana» del cubano Félix Guerrero y dos valses del brasileño Heitor Villalobos. El recital dará comienzo a las 20:00 en el teatro Victoria Eugenia.

En el recital de esta tarde va a tocar algunos fragmentos de las «Goyescas» de Granados. Es una de sus obras de cabecera en los últimos años. ¿Qué le fascina tanto de ella?

Me encanta «Goyescas» porque llevo la idiosincrasia de esa música en la sangre. Narra una historia de amor ardiente que yo puedo identificar con mi propia forma de vivir el amor. Y si la música transmite lo que realmente somos, «Goyescas» tiene una forma de decirlo que se identifica muy bien con la pasión cubana y española. No solo lo hace Granados, también Albéniz en su «Iberia», o Lecuona. Son grandes compositores románticos que yo estoy orgulloso de defender por todo el mundo y que me gustaría que tuvieran tanta presencia en las salas de conciertos como Beethoven, Schumann o Brahms.

Un crítico decía que sus «Goyescas» están más allá de la seducción, que la pulsión sexual está muy presente en su interpretación. También hay un entendimiento concreto de la muerte, ya que usted elimina la última pieza de la serie, el epílogo. ¿Se filtra su forma de entender la vida en su interpretación de «Goyescas»?

Yo pienso que músicos y público seguimos entendiendo «Goyescas» por la sencilla razón de que su tema, el amor, es el sentimiento más potente y universal. En «Goyescas» Granados narra la pasión de dos amantes con un final poco feliz: él muere en la cárcel, ella también muere, y es el ruiseñor el que, de una manera bellísima, media entre los dos. La razón de que nunca toque el epílogo es que yo todavía no he visto que exista algo después de la muerte, y esta página final desdibuja el mensaje principal de la obra: que hubo vida, hubo pasión y cierto día todo se acaba. El epílogo, «La serenata del espectro», es una pieza muy hermosa pero que en mi opinión traiciona la esencia del resto de «Goyescas».

Usted ha dicho que no se considera un pianista, sino un músico. ¿Qué insinúa con este matiz?

Que en mis recitales mi principal objetivo es transmitir un mensaje a través de la música, no preocuparme por que cada dedo esté donde tiene que estar y que la música salga impoluta. Yo considero que un recital ha sido malo cuando no he logrado comunicarme con el público, aunque técnicamente todo haya ido perfecto. A mí me encanta la felicidad, soy una persona apasionada y trato de transmitirlo a través de ciertas obras que considero afines a mí forma de ser. Entre ellas la música de Bach, que tanta gente defiende que hay que tocar de forma inexpresiva, como un mecanismo. Pero Bach fue un hombre y además de escribir música tuvo nada menos que veinte hijos. Su música, para el que lo quiera ver, rebosa igualmente de estados de ánimo, pasiones, olores y sabores... Las diferencias entre compositores son principalmente de estilo, porque el fondo humano es casi siempre el mismo.

Usted estudió en La Habana, París, Viena y Moscú. Ya que ha pasado por casi todas las escuelas pianísticas, ¿cree que siguen estando vigentes o son una cosa del pasado?

Ni están vigentes ni creo que existieran nunca. Para mí fue un privilegio estudiar en muchos lugares diferentes, pero esto es como el gusto por la comida: me familiaricé con la cocina parisina, la rusa, con los pasteles vieneses... No se trata de asimilar una escuela sino de conocer la música desde la idiosincrasia de su propia raíz. Vivir en Rusia, por ejemplo, con esa dureza de caminar por el frío, y al llegar la primavera todo explota en la euforia... ese tipo de experiencias son las que te ayudan a entender la música de cada latitud, mucho más que haber estudiado con uno u otro profesor o escuela.

Los críticos siempre señalan el influjo de su procedencia cubana. ¿Cómo se filtra esa «cubanidad» en su forma de tocar el piano?

La esencia de la música cubana está en la combinación del ritmo africano con la melodía española. Ambos fueron y siguen siendo influjos muy fuertes en la música de la isla. Y esto termina transmitiéndose a los genes de los músicos cubanos, incluso a los clásicos como yo, que quizá deberíamos ser más puristas en nuestras interpretaciones. Pero el poeta nacional de Cuba, José Martí, dijo que no se debe envidiar más al pájaro que vuela donde quiere que al árbol que muere donde nace. Y yo, vaya donde vaya, sigo siendo cubano. Y los cubanos bailamos, cantamos, somos alegres o tristes, a veces violentos y otras extremadamente gentiles. Yo toco así porque soy así, y nunca se me ocurriría renunciar a ello para imitar la forma de tocar «más pura» de otros.

Su técnica pianística es impresionante. ¿Cómo hace para mantenerla en forma?

Soy un verdadero esclavo de la música, todos los días ensayo diez horas. Pero cuando me subo al escenario me olvido de la técnica y no tengo pretensiones más allá de ser quien soy. Las artes del tiempo, como la música, son tremendamente crueles: aunque te hayas preparado infinitamente una obra, una centésima de segundo basta para que falles. O puedes sudar y que se te resbale un dedo. Somos humanos y expuestos a error, como lo eran también mis grandes mitos: Dinu Lipatti y Sviatoslav Richter, que grabó mil discos y él sí que no equivocó una nota ni una sola vez.

En su repertorio figuran muchas de las obras más difíciles de la historia del piano. ¿Disfruta especialmente de esos retos?

¡Qué gusto haber dedicado tanto trabajo a aprender infinitas notas con dobles bemoles, manos atravesadas y combinaciones imposibles! ¿Sabe cuánto tiempo lleva descifrar una obra como «Jerez» de Albéniz? Yo llevo más de un año estudiándola y aún no entiendo del todo esas 16 páginas. Hay obras tremendamente duras de dominar, pero al final ese esfuerzo se transforma en mensaje y eso es una gran satisfacción. No me importa ser esclavo de aquello que me gusta.

«Somos músicos, no un producto mercantil, y deberíamos defendernos de los intereses externos»

Aunque su carrera despegó en 1977, el gran éxito internacional no le llegó hasta 2008, tras dar un recital en el Concertgebouw de Amsterdam. ¿Cree que ha sido mejor así, que le fama no le haya atrapado demasiado joven como les ocurre a tantos músicos hoy en día?

Yo creo que la vida ha sido muy justa conmigo y no me ha dado nada que no pretendiese. Cuando tenía veinte años salí de Cuba y me fui a París para estudiar con Magda Tagliaferro, y allí gané todos los premios del Concurso de Piano Marguerite Long. Con aquella edad ya tenía una técnica suficiente para tocar todo el repertorio más difícil, y al ganar el concurso se me abrieron dos caminos: lanzarme a dar muchos conciertos y giras, o bien seguir estudiando. Entonces conocí a maestros como Paul Badura-Skoda o Rudolf Kerer y me di cuenta de cuánto me faltaba todavía para ser un músico de verdad. Por eso, cuando veo a estos jóvenes pianistas de 17 o 18 años que las discográficas lanzan por todo lo alto, me siento un poco triste. Son buenos pianistas, pero como músicos no son más que copias de sus maestros. Tocan bien, pero no son capaces de decir nada nuevo ni diferente. Por eso sus carreras tienen vuelos tan cortos, les hacen una gran presentación y a los pocos años desaparecen de la primera línea. A mí me tocó la fama a los 50 y con esa edad ya tienes un recorrido y más defensas ante la vida. No somos un producto mercantil, ante todo somos músicos y deberíamos defender esto de todos los intereses externos. M.C.