Mikel CHAMIZO DONOSTIA
Entrevue
José Ramón Encinar
Director de Orquesta

«Hay aspectos muy modernos en las óperas de Puccini»

El madrileño José Ramón Encinar es el director musical de las dos representaciones de «La Bohème» de Puccini que tendrán lugar hoy y el domingo en el Kursaal de Donostia, dentro de la programación de la Quincena Musical. Encinar se pondrá al frente de la Orquesta Sinfónica de Euskadi, la Coral Andra Mari de Errenteria y un elenco de cantantes encabezado por Gal James y Giordano Lucà, que darán vida a la historia de amor bohemia de Mimí y Rodolfo.

Para José Ramón Encinar, aunque ha dirigido mucha ópera y zarzuela, «La Bohème» será su primer título de Puccini, un autor que considera más moderno y complejo que lo que insinúan los tópicos.

«La Bohème» es un título muy popular y asequible para el público, uno de esos títulos que se programan hasta en los teatros más pequeños. ¿Pero es una ópera más difícil de lo que parece?

Es bastante difícil, aunque yo separaría en ella dos tipos de dificultad, la puramente técnica de la musical. En el segundo acto es muy difícil `dirigir el tráfico': hay un coro mixto, un coro de niños, los cantantes... mucha gente sobre el escenario, con pequeñas intervenciones y movimientos constantes. La complejidad técnica, tanto teatral como musical, de este segundo acto es muy alta. Pero en el plano estrictamente musical los grandes retos son el primer y tercer actos. El primero porque es de un rara densidad, con conversaciones y situaciones que se superponen; y el tercero por su gran incisividad expresiva.

Puccini es una figura controvertida: gran favorito del público pero muy criticado desde ciertos ámbitos por su supuesto conservadurismo estético.

Vivimos demasiado influenciados por los tópicos y deberíamos entender la modernidad con más cautela. Alberto Zedda, el director rossiniano por antonomasia, un día me dijo: «Lo siento, pero Puccini me gusta mucho». ¿Por qué necesitaba disculparse? Es cierto que escribir una opera como «Turandot» en 1924 estaba ya un poco demodé, pero hay aspectos muy modernos en la música de Puccini. En su forma de orquestar, por ejemplo, medía cada detalle para obtener una serie de colores sorprendentes. En «La Bohème», que es de 1896, en un momento dado hace un uso del clarinete bajo, junto con la trompa con sordina y el arpa, que yo no he vuelto a ver hasta la «Sinfonía nº4» de Shostakovich, 40 años posterior. Puccini tenía una mano maestra para la orquestación.

La música de Puccini ha sido vehículo para muchos excesos sentimentales. ¿Existe otra verdad intelectual tras esa emotividad a flor de piel de su música?

Ese sentimentalismo a menudo ha sido un problema de los intérpretes. Las melodías de Puccini son tan expresivas que a menudo es difícil contenerse al tocarlas, de forma que detalles que deberían ser sutiles, escritos en pianísimo, se exponen de forma excesiva y vulgar. Si uno observa con atención las partituras de Puccini se da cuenta de que hay en ellas un trabajo de planificación impresionante, tan inteligente que el público solo lo asimila de forma subliminal. Por ejemplo, cuando en el primer acto de «La Bohème» Schaunard evoca los olores de comida del Café Mamus, aparece un breve tema evanescente, se diría que aromático, en la orquesta. Ese tema es exactamente el mismo que tocan las trompetas para abrir el segundo acto. Hay muchos detalles formales de este tipo que dan una unidad magistral a la ópera.

Algunas arias de Mimí y Rodolfo se cuentan entre las más famosas de todo el repertorio lírico. ¿Les da barra libre a los cantantes para lucirse en esos momentos, o deben subyugarse a la acción?

Hay que buscar el equilibrio y con los solistas que hacen de Mimí y Rodolfo he mantenido una conversación previa para llegar a un acuerdo sobre estos puntos concretos de la ópera. Es lógico que el cantante quiera brillar en su gran momento, pero ese brillo debe poder justificarse desde el objetivo teatral, la acción no puede detenerse para que el tenor dé un agudo de medio minuto. Aunque esto no suele ser un problema, incluso cuando he dirigido voces particularmente conocidas, siempre se avienen a que música y teatro están por delante de su propio lucimiento.

Aunque la OSE ha tocado bastante ópera, tanto en ABAO como en Quincena, no es una orquesta especialista en este repertorio. ¿Qué les has tenido que transmitir para abordar correctamente «La Bohème»?

Antes de tocar la primera nota les advertí sobre dos cosas. Primero, la gran atención que deben prestar en todo momento, porque en el teatro puede ocurrir cualquier cosa y hay que reaccionar al instante. En «La Bohème» es difícil que dos compases seguidos tengan el mismo tempo, la vocalidad de la escritura de Puccini exige de la orquesta una flexibilidad absoluta. El segundo consejo que les di es que siempre toquen un poco más suave de lo que está escrito en la partitura, para no tapar a las voces. Al final ha ido todo bien, la OSE y yo nos conocemos desde hace tiempo y siempre es un placer trabajar juntos.

En la Bienal de Venecia

Volverá a dirigir a la OSE en octubre, en Venecia, en una de las citas más importantes de la historia de la orquesta.

La Bienal de Venecia es, seguramente, la cita más importante del mundo en lo que atañe a las músicas de hoy. Serán dos conciertos, uno con tres obras grandes de Lazkano, Erkoreka y De Pablo, y el otro con las ocho piezas breves del proyecto Tesela, que es uno de los mayores aciertos de la etapa de Iñigo Alberdi al frente de la OSE. En este último concierto, además, se hará una puesta en valor aún mayor de lo que es la música en Euskal Herria, con intervenciones sonoras que van desde la reproducción del sonido ambiental de los bosques vascos a la intervención de txalapartaris y bertsolaris.