Decencia de cristal
Este es el tiempo de la política decente y de los bolsillos de cristal», dice el tipo que llegó a Lehendakari no sólo sin ser el candidato más votado sino además tras haber privado del derecho al voto a miles de ciudadanos vascos; el mismo tipo que reconocía sin rubor hacer «muchas piras» de unas clases de euskara que costaron el contribuyente 90.000 euros; el mismo tipo que lanzaba los mismos brindis al sol mientras el exdelegado de gobierno afiliado a su mismo partido recibía a la sombra una humilde remuneración de Kutxabank; el mismo tipo que prometió una ayuda de 400.000 euros a la federación de ikastolas de Ipar Euskal Herria que Seaska no vio jamás.
La palabra de Patxi López vale poco. Por eso su discurso suena acartonado. Porque pertenece a esos que dedican millones de dinero público a pistas de fórmula uno, a aeropuertos en los que sólo vuela el polvo, a trenes de alta velocidad que pasarán de largo, a reflotar bancos de tarjetas B, a pagar favores. Por eso, no es creíble que hable de decencia y transparencia cristalina.
Decentes son aquellos que, como en la ikastola de Kanbo, trabajan sin ánimo de lucro por proteger un patrimonio frágil como es la lengua vasca, un bien cultural que tendría que ser de todos, un legado ancestral a salvaguardar, pero que no lo es por voluntad propia de gente como Patxi López o Carlos Urquijo, tan honorables ellos, tan respetables.
Tanto como los partidos a los que representan. Tanto como sus tramas ocultas y leyes no escritas. Tanto como esas otras leyes, las escritas, que permiten que hoy día la política sea un bolsillo y la decencia de cristal, que de tan transparente ni se ve.

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