Matrícula de honor en yihadismo en las escuelas del Estado Islámico
Para afianzar su ideología y crear yihadistas que perpetúen la lucha por Allah en suelo sirio, el Estado Islámico apuesta por educar a los niños en el islamismo más radical. Clases de Corán se mezclan con vídeos donde se muestra de manera instructiva cómo decapitar a un «infiel».

Salim habla de su primo como si de un ser extraño se tratara. Reconoce que hasta hace menos de un año eran uña y carne, pero desde que fue liberado de «las escuelas de Daesh» (nombre en árabe utilizado para denominar al Estado Islámico) ha cambiado. Nos acompaña a visitarle a un campamento de refugiados gestionado por kurdos en la ciudad fronteriza de Suruç. Al cruzar las puertas del emplazamiento, vemos a Yasser, el primo de Salim. No destaca de entre los otros adolescentes. Tapado con un gorro rojo, está sucio a consecuencia del barrizal en que se convierten estos campamentos improvisados. Nos da la mano y no sonríe (como sí hacen los otros jóvenes de la zona) mientras nos mira de arriba a abajo.
Salim le pregunta por su padre y Yasser le responde que no sabe dónde esta, que se ha pasado la última hora rezando y leyendo el Corán y que no sabe si estará en la tienda que hace las veces de casa o habrá salido a buscar alimento. Antes de la guerra, Yasser no tenía especial interés por la religión, «ni siquiera rezaba», por lo que nos dice su primo Salim. «Después de que le cogieran en su granja cerca de Kobane, mi primo ha cambiado, ya no quiere jugar ni con su hermano pequeño». Es el mayor de cinco hermanos y a los pequeños les intenta forzar para que lean el Corán con él. Pero su padre no le deja y discute mucho con su primogénito. «La escuela de Daesh lo ha cambiado» afirma Salim.
Le pedimos hacerle unas preguntas mientras los curiosos se juntan alrededor de nosotros. Salim, que se ha convertido en nuestro improvisado enlace y traductor, le pregunta a su primo. Este niega con la cabeza y se marcha sin despedirse, como si huyera de algo, entre el gentío que ya se agolpa por decenas a nuestro alrededor. «Con vosotros no quiere hablar. No hablará con nadie sobre Daesh» afirma Salim. «Ha cambiado mucho, mucho. Antes hubiera respondido. No sé lo que le han hecho».
Tras el infructuoso intento de entrevistar a un estudiante de las escuelas creadas por el Estado Islámico (EI), refugiados del lugar nos dan otra pista. «En Sanliurfa, en el barrio de Caracopi, tenéis a dos muchachos, primos por parte de padre, que han sido liberados hace menos de un mes», nos dice Orhan, un pastor de Kobane refugiado con sus cuatro hijos y tres hijas en el mismo campamento que Yasser. Les llaman por teléfono y aceptan que les hagamos unas sencillas preguntas.
Clases prácticas y teóricas
La primera impresión que uno tiene al conocer a Azad Ismail (15 años) y Zara Ismail (15) es que van bien vestidos. No se parecen en nada al joven Yasser; sus pieles no están curtidas como consecuencia de trabajar en el campo y sus zapatos están limpios. La familia de estos jóvenes kurdos puede permitirse vivir en Caracopi, un barrio obrero de las afueras de Sanliurfa (Turquía), y pagar un alquiler de un apartamento pequeño. Lo que no cambia es la hospitalidad kurda: sirven té en cuanto uno entra en su casa.
Por lo que nos explican, Zara y Azad fueron apresados por el EI cuando venían de visitar a unos familiares en la ciudad de Aleppo. «Fue en un control de carretera sorpresa a la altura de Al Bab», dice Zara. Como muchos otros kurdos, fueron obligados a rezar delante de ellos para demostrar que no eran unos «infieles» que apoyaban al YPG de Kobane. A pesar de haber rezado mirando a la Meca y de haber recitado bien las shuras del rezo, fueron retenidos. «Nos dijeron que nos retendrían durante unos tres días y que luego nos soltarían, pero esos tres días se convirtieron en meses. No nos liberaban y las condiciones iban empeorando, nos pegaban a diario y nos colgaban por los pies», explica Zara mientras señala los tobillos.
«Con buenas notas, no te torturan»
«Todos los días nos metían en clase y nos enseñaban el Corán. Si sacabas buenas notas, te librabas de las torturas. Yo saqué varias matrículas de honor. Por eso me libraba de que me pegaran. Mis profesores estaban contentos», confiesa Azad con una sonrisa nerviosa. «Pero los que nos pegaban no eran sirios. Los más violentos eran yihadistas de fuera, extranjeros que querían demostrar que estaban a la altura de los mejores. Nos daban mucho miedo cuando entraban en la celda y veíamos que no pronunciaban el árabe igual que nosotros. Venían de todas partes del mundo pero la mayoría eran de Argelia, Marruecos, Arabia Saudí e Irak. La mayoría de sirios no están en la yihad por que crean que es lo mejor. Hay muchos que están en Daesh porque no saben dónde estar. Otros son ladrones, diría que el 70% de los combatientes son ladrones venidos de Irak y Siria que solo buscan saquear casas. También hay muchos kurdos de Kobane, vecinos nuestros, que quieren robar. Los auténticos yihadistas son menos de la tercera parte. Son ellos los que cortan cabezas y los más agresivos», explica Zara.
Al oír la expresión «cortar cabezas», les pregunto si han visto o practicado alguna ejecución mediante este método. Zara se apresura a explicarnos que «nosotros no hemos matado a nadie así. Ni mi primo ni yo hemos matado a nadie. Pero hubo gente de nuestra clase de Corán que sí vio a gente morir decapitada. En directo. Como mucho, nos enseñaban vídeos de decapitaciones o nos enseñaban a degollar animales diciendo que no era muy diferente en personas. Algunos compañeros fueron sacados de clase y llevados a otra ciudad cercana a Kobane. Allí vieron cabezas ensartadas en palos en las entradas a un edificio controlado por el Estado Islámico», añade Azad.
El Estado Islámico pone mucho énfasis en el adoctrinamiento de jóvenes. Sus clases se podrían considerar una manera muy eficaz de limpiar cerebros. Las jornadas empiezan a las 4 de la mañana, hora en la que los alumnos de la futura yihad contra el infiel se levantan para rezar. Después de la primera oración del día, los «profesores» les dejan libres hasta las 11, hora en la que se sirve el desayuno (una de las 2 comidas del día, como señala Zara). Después, a la tarde, vienen las clases prácticas, que incluyen vídeos de decapitaciones y propaganda que muestra los avances conseguidos por el EI sobre el terreno.
Tras acabar estas «asignaturas» sólo les enseñan Corán. Tienen que aprendérselo de memoria, según Azad, ya que «nos quieren para poder difundir la yihad entre nuestros familiares, para que prediquemos el Corán en nuestro entorno después de liberarnos. Según ellos (los yihadistas), nos enseñaban la manera que tiene Dios de comunicarse a través de nosotros».
Atacar al enemigo infiel desde dentro
«Quieren que prediquemos con su islam. Saben que todos no lo haremos, pero de 150 estudiantes que éramos, puede que alguno lo haga. Con nosotros no se han puesto en contacto, ni por teléfono ni por email» explica Zara, «pero conocemos a compañeros nuestros que sí han recibido alguna llamada del EI. Hubo algún que otro amigo que cuando estábamos encarcelados les pidió el email para contactar con ellos, aunque luego, una vez libre, su familia le volvió a llevar al «buen camino» y no contactó con ellos. Pero ponerse en contacto con gente que mostraba interés en la yihad, sí que lo han hecho», dice Zara.
En noviembre el Estado Islámico canjeó a estos niños como prisioneros de guerra por sus soldados retenidos por las fuerzas kurdas del YPG de Kobane. Según la hermana mayor de Zara, Naima, el EI pedía liberar a uno de sus altos cargos y algún que otro soldado a cambio de 150 niños kurdos. El YPG se oponía al principio, pero dada la presión de los familiares de los jóvenes, tuvo que ceder. «Por eso se alargó más de la cuenta el canje, pero gracias a las familias y a los combatientes kurdos los tenemos aquí sanos y salvos».
Al despedirnos después de tomar el té, Zara señala que ninguno de los integrantes de ningún partido kurdo se ha puesto en contacto con ellos para preguntarles por su estado. «Ni siquiera nos han preguntado sobre dónde estábamos, ni nada» afirma Azad. Pero lo que más les duele a estos jóvenes es ver a kurdos en las filas del EI. «Este tipo de gente es como el 70% de los soldados del EI: ladrones. Andan con esa gente de Raqqa para robar, eran gente que antes de la guerra ya era poco de fiar. Aunque me duela ver a los míos en el otro bando, quizás sea mejor así. Por lo menos sabes que no son buenos y que es mejor que no estén con nosotros. Ahora sabemos que no es bueno andar con los yihadistas porque aceptan ese tipo de gente», termina diciendo Azad antes de despedirse de nosotros en la parada del autobús de Caracopi.
«No estamos matando por matar. Estamos haciendo la revolución por una sociedad más justa, sin opresores», dice Abu Muslim Britani en Twitter. Este británico convertido en yihadista del EI proclama su lucha por la justicia social. Pocos saben de su pasado de criminal y trapichero. ¿Cómo un ser marginal de la sociedad puede convertirse en pocos meses en un yihadista como él? «El adoctrinamiento es una arma tan eficaz para los extremistas como son los fusiles y los atentados suicidas. Les proveerá de soldados para su causa continuamente y les permite atacar allí donde a Occidente más le duele, en su propia casa» explica Gilles Keppel, experto en extremismo religioso musulmán en su libro «La Yihad». No solo de adoctrinar conversos vive el EI. La educación coránica extremista es una de sus bazas. Imágenes de niños maltratados en una de estas escuelas salieron a la luz en noviembre escandalizando a la opinión pública occidental. Los extremistas están orgullosos de sus vástagos y muestran en la red a niños sujetando cabezas de decapitados, como el hijo del australiano Khaled Sharrouf. Vídeos de niños vestidos de negro en desfiles hacen ver que el EI se toma la educación muy en serio, como los talibanes afganos y paquistaníes. Andoni LUBAKI

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