Idomeni es el puesto fronterizo entre Grecia y Macedonia, el que une a la Unión Europea (UE) con un país que aspira a entrar en este selecto club de estados que no consiguen ponerse de acuerdo sobre cómo gestionar la crisis de refugiados. Hace unos días, en el paso de Idomeni se produjeron enfrentamientos con la Policía macedonia cuando los miles de refugiados que permanecían bloqueados tras la decisión de Austria de limitar su entrada y del cierre de fronteras en los Balcanes intentaron, desesperados, seguir su camino, como fuera, hacia los países del centro y norte de Europa, donde aspiran a tener una vida mejor que la que dejaron en sus países de origen. La Policía de Macedonia defendió la valla y la puerta de acceso a su territorio con gases lacrimógenos y porras. En vano. Las imágenes de personas de todas las edades casi asfixiadas y muchas al borde de un ataque de nervios se convirtieron en el dedo acusador de la desunión entre los gobiernos de la UE y la división en el seno de cada uno de ellos.
Esas duras escenas no han vuelto a repetirse, pero, según medios alemanes, en los campamentos provisionales instalados alrededor de Idomeni, los refugiados viven en condiciones infrahumanas. La falta de instalaciones sanitarias y de tiendas de campaña son el abono para cualquier enfermedad e incluso epidemia.
Imágenes e informaciones como esas no habían trascendido hasta el momento porque, pese a todos los impedimentos y a todo tipo de problemas, el flujo era más o menos constante en la llamada «ruta de los Balcanes» hasta llegar a algún puesto fronterizo entre Alemania y Austria. Quizá eso era lo que la canciller alemana, Angela Merkel, quiso haber prevenido cuando en setiembre decidió dejar entrar a un indeterminado número de refugiados en el país. Quizá lo hizo también por razones humanitarias, pero ante todo para evitar que la frágil estabilidad política en los estados de los Balcanes se viera afectada por la llegada de miles de personas que escapan de guerras y conflictos como los de Siria, Irak y Afganistán, y en las que los países de la OTAN no están libres de responsabilidad.
En 2015, Alemania acogió a un millón de refugiados. Pero con su decisión, Merkel se ha aislado, no tanto en su propio país, pero sí en su partido, la CDU y, sobre todo, en el seno de la UE.
La sala de espera de Alemania
Las críticas más duras las había recibido hasta el momento el primer ministro húngaro, Viktor Orban, pero ahora se centran también en su homólogo austríaco, Werner Faymann. El socialdemócrata retó a su vecino alemán a trasladar a los refugiados directamente desde Grecia, porque Austria no será «la sala de espera de Alemania». Su ministro de Exteriores, Sebastian Kurz, de ÖVP, fue más lejos al considerar, en una entrevista al periódico alemán “Süddeutsche Zeitung”, «un grave error» la práctica de «dejar pasar» a los refugiados que Berlín implantó en setiembre.
Ante estos ataques, Merkel mostró su faceta de «canciller de teflón» al señalar, en una intervención televisiva, que «estoy profundísimamente convencida de que el camino que yo he tomado es el correcto».
Su postura muestra hasta cierto punto su aislamiento dentro y fuera de Alemania, ya que su aliado bávaro Horst Seehofer, líder de CSU visitará hoy a Orban, uno de los críticos más radicales con Merkel en la UE.
Mientras tanto, la presión ejercida por Austria sobre Grecia, y apoyada por Países Bajos, que ocupa la Presidencia de turno de la UE, tiene su efecto. «Dejaremos de ser un país de tránsito», aseguró el ministro de Inmigración heleno, Ioannis Mouzalas, el miércoles, según medios griegos. Declaró que la ruta de los Balcanes seguirá cerrada y que se acogerá a 100.000 refugiados. El mismo día, Bruselas propuso ayudarle con 700 millones de euros para ese fin.
Este es un paso para restablecer los acuerdos de Schengen y el protocolo de Dublín, que exigen a los estados miembros limítrofes acoger a los solicitantes de asilo. De ello se beneficiaban los países del centro de Europa, como Alemania y Austria, ya que así solo les llegaba un reducido número de refugiados. Esta práctica se vino abajo en 2015, cuando Grecia y Hungría dejaron pasar a más de un millón de personas hacia el centro y norte de la UE.
Ante la posibilidad de que Atenas cierre su frontera, ahora es Roma la que contempla varios escenarios para evitar que el otro millón de eventuales refugiados estimado para 2016 desembarque en sus costas.
Pero la cruda realidad de muchos solicitantes de asilo, que no suele verse reflejada en los medios de comunicación internacionales, ensombrece a veces la actitud aperturista de Merkel respecto a los refugiados procedentes de Oriente Próximo. Ayer, un armenio de 18 años saltó de una altura de 7 metros en el aeropuerto de Colonia para evitar su deportación. Se rompió una pierna y fue hospitalizado, lo que no evitó que la Policía expulsara del país a su hermana de 20 años. El joven estaba a punto de terminar la ESO y tenía asegurada una plaza para continuar su aprendizaje una vez finalizada la enseñanza secundaria. Ni eso ni la protesta de sus compañeros de estudios pudieron evitar su deportación, aunque por otras circunstancias se haya visto aplazada.
Con la vista puesta en la Cumbre de la Unión Europea con Turquía, prevista para el próximo lunes, en medios alemanes se rumoreaba que el Ejecutivo de Berlín podría estar preparando el cierre de sus fronteras en el caso de que el encuentro finalice sin resultados.
Podría ser sólo un medida temporal, que no le vendría nada mal a la CDU de Angela Merkel pocos días antes de unas complicadas elecciones regionales. O podría marcar el inicio del final de su política de acogida de refugiados.
«No vengan a Europa», pide Donald Tusk a los migrantes por motivos económicos
El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, pidió ayer a los migrantes por motivos económicos que no vayan a Europa, durante una gira por Grecia y Turquía, dos países en primera línea en la crisis de los refugiados. «Quiero lanzar un llamamiento a todos los migrantes económicos ilegales potenciales, de donde sean. No vengan a Europa. No crean a los traficantes. No pongan en riesgo sus vidas y su dinero. Todo esto no servirá de nada», dijo Tusk en Atenas, tras reunirse con el primer ministro griego, Alexis Tsipras.
Tusk se encontraba en Atenas como parte de una gira regional sobre la crisis por los países más afectados por la llegada masiva de refugiados, antes de la cumbre UE-Turquía del 7 de marzo. El presidente del Consejo europeo se dirigirá luego a Ankara donde se entrevistará con el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu.
«Estamos de acuerdo en cuanto a que el flujo de refugiados sigue siendo demasiado elevado y que son necesarias más medidas», declaró Tusk, sugiriendo la puesta en marcha de un «mecanismo rápido y a gran escala destinado a mandar de vuelta a los migrantes irregulares que llegan a Grecia». Davutoglu respondió que «ni Turquía, ni Europa son responsables de la crisis siria. Pero son quienes sufren las consecuencias», afirmando que su país hará «todo lo necesario» para luchar contra la migración irregular.GARA

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