Tres décadas de modestos avances y seis encrucijadas en América Latina
América Latina vive una paradoja compleja: tiene la fuerza laboral mejor formada de su historia, pero sigue atada a un modelo incapaz de transformar el esfuerzo en prosperidad. El informe del BID plantea una hoja de ruta para eliminar el castigo a la formalidad y activar la productividad regional.

Las condiciones laborales de la clase trabajadora de América Latina y el Caribe apenas han mejorado en las últimas tres décadas, un periodo de avances insuficientes que deja a la región en una posición de vulnerabilidad ante la incertidumbre que plantean retos como la inteligencia artificial y el inminente fin del bono demográfico, según revela un exhaustivo informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) divulgado esta semana.
Uno de los datos más llamativos del estudio, titulado ‘Hacer que los mercados laborales funcionen’, apunta que el ingreso real de los trabajadores latinoamericanos no ha crecido más que un 18% en los últimos 30 años, aproximadamente la mitad del ritmo de los países ricos agrupados en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), donde el aumento ha sido de en torno al 30%. Este dato evidencia que la región no está recortando distancias con las economías avanzadas, sino que se está quedando atrás. De hecho, los expertos advierten de que la mayoría de los indicadores de progreso «se han estancado desde mediados de la década de 2010», lo cual deja a la clase trabajadora atrapada en un sistema que no es capaz de traducir su esfuerzo en bienestar y prosperidad.
El informe funciona «a la vez como espejo y como brújula», puesto que, junto al diagnóstico de tres decenios, traza un camino articulado en forma de principios y recomendaciones prácticas. A partir del diagnóstico del BID, pueden distinguirse seis grandes obstáculos en la región, marcada por un mercado laboral frágil y desigual. El primer punto crítico es el estancamiento crónico de la productividad. El texto precisa que se necesitan cerca de «cuatro trabajadores en la región para producir lo mismo que un trabajador en Estados Unidos». Aclara, sin embargo, que este aspecto no es resultado de una menor disposición individual al trabajo, sino de fallas sistémicas del entorno productivo e institucional.
Productividad y «markdown» salarial
Aunque a menudo se atribuyen los bajos niveles de ingresos a la escasa productividad, también son consecuencia de profundas deficiencias en la distribución del valor generado por los trabajadores y trabajadoras.
Los autores denuncian, en este sentido, la existencia de un elevado wage markdown (reducción salarial por poder de mercado): mientras en las economías ricas los trabajadores perciben más de cuatro quintas partes del valor que generan con su labor (81%), en América Latina solo captan alrededor de la mitad (50%). Esta brecha se debe a la escasa competencia y al excesivo «poder de monopsonio» de los empleadores, que les permite fijar salarios por debajo de la productividad marginal del empleado. El informe estima que, si los mercados laborales regionales fueran tan competitivos como los de la OCDE, el PIB per cápita sería un 25% mayor y los salarios promedio se incrementarían alrededor de un 54%.
Informalidad estructural
El segundo gran dilema reside en el hecho de que solo el 28% de los trabajadores tienen un empleo «estándar», es decir, un puesto de trabajo asalariado en una empresa privada con cobertura de seguridad social. Casi la mitad de la fuerza laboral (46%) se reparte entre trabajadores por cuenta propia y empleados de microempresas de uno a cinco asalariados.
Esta atomización responde a lo que el BID describe como «ineficiencia asignativa»: el sistema atrapa a millones de personas en unidades productivas pequeñas que carecen de tecnología y capital, lo que impide que el talento fluya hacia empresas más eficientes.
A pesar de los esfuerzos, el avance en materia de formalidad es muy lento. Al ritmo actual, el país promedio tardaría más de 80 años en alcanzar los niveles de formalidad de Uruguay, el líder regional.
El fin del bono demográfico
A este panorama se le suma el fin de la etapa en que la economía crecía con «viento favorable» debido a la abundancia de jóvenes incorporándose al mercado laboral. El informe advierte de que este ciclo se está cerrando y proyecta que la proporción de población en edad de trabajar alcance su pico máximo en 2027 para comenzar a partir de ahí un descenso sostenido.
América Latina está «envejeciendo más rápido que cualquier otra región del mundo», y lo hace antes de alcanzar altos niveles de riqueza, lo que deja a los gobiernos con mucho menos tiempo y recursos que los que tuvieron los países más ricos para adaptar sus sistemas de pensiones y salud.
Incertidumbre ante la inteligencia artificial
El cuarto eje es la enorme incertidumbre que para el mercado laboral supone la irrupción global de la inteligencia artificial (IA), cuya evolución y afección cuesta todavía vislumbrar. Aunque por ahora las empresas la usan poco, las cifras crecen aceleradamente y se prevé que la proporción de los empleos altamente expuestos pase del 5% actual a «más de un tercio en un horizonte de diez años».
Otro riesgo que señala la investigación es tal vez más indirecto, y está relacionado con la deficiente regulación y la carestía de contratar trabajadores -las elevadas contribuciones suponen en la práctica un «impuesto a la formalidad»-, que podría empujar a las empresas a decidir sustituir a las personas por máquinas, no para ser mejores o más modernas, sino por el simple hecho de ahorrar costes.
«Lo peor que uno podría hacer con su marco normativo laboral es tener un sistema en que sea muy costoso y difícil contratar formalmente a trabajadores», explica David S. Kaplan, uno de los autores.
Desajuste estructural de habilidades
Esta problemática se refleja en un dato alarmante: más del 40% de los trabajadores de la región ocupan puestos que no se corresponden con sus capacidades. Este desfase no es una elección del trabajador o una falta de esfuerzo, sino un fracaso sistémico que nace desde la escuela. El 75% de los jóvenes latinoamericanos termina la Secundaria sin alcanzar competencias básicas en matemáticas y lectura, según los estándares de las pruebas PISA.
Esta brecha, lejos de corregirse con el tiempo, se ensancha durante la vida adulta porque el aprendizaje en el puesto de trabajo es sumamente limitado. En las economías avanzadas, tras 25 años de carrera, un trabajador ve crecer su salario un 85% gracias a lo que ha aprendido durante su vida laboral. En América Latina, ese aumento es de apenas el 35%, lo que indica que el desarrollo de nuevas habilidades prácticamente se detiene después de la educación formal.
Brechas de género y etnia
Finalmente, persiste la desigualdad sistémica. Aunque la participación femenina en el mercado laboral se sitúa en máximos históricos (60%), sigue estando unos 20 puntos porcentuales por debajo de la masculina y ellas ganan hasta un 23% menos por hora. Indígenas y afrodescendientes perciben un 41% menos, lo que refleja la existencia de barreras estructurales persistentes.
Para resolver estas encrucijadas, el BID propone una hoja de ruta que exige «desvincular la protección social de la condición laboral». El modelo actual, que financia servicios universales mediante contribuciones sobre el salario, actúa en la práctica como un castigo a la formalidad. El informe plantea que riesgos de alcance general, como la salud o la prevención de la pobreza en la tercera edad, se financien con fuentes no vinculadas al empleo, y no principalmente mediante cotizaciones sobre la nómina. Estas deberían reservarse para cubrir contingencias ligadas al trabajo, como los accidentes laborales o la pérdida de ingresos por desempleo.
El estudio concluye afirmando que el «progreso transformador puede lograrse paso a paso» mediante reformas graduales, pero advierte de que América Latina ya no puede seguir dependiendo de la buena fortuna o de las materias primas para sostener su contrato social.
Inoiz baino emakume gehiago daude lanean Latinoamerikan, baina betiko arrakalen mende
Azken hiru hamarkadetan, emakumeek bultzatu dute Latinoamerikako eta Karibeko lan-merkatuaren eraldaketarik handiena. Haien parte-hartze tasa inoizko mailarik altuenera iritsi da (%60), baina aurrerapen hori moteltzen ari dela ohartarazi du GAB Garapenerako Amerika arteko Bankuak. Egiturazko desberdintasunek bere horretan jarraitzen dute: hezkuntza eta esperientzia maila berdina izanik ere, gizonen eta emakumeen arteko parte-hartze arrakala 20 puntu ingurukoa da oraindik. Gainera, emakumeek batez beste %23 gutxiago irabazten dute orduko, eta ondorioz, lanean egonda ere pobrezian daudenen kopurua bikoitza da.
Arrakala horren muinean «zaintzaren zigorra» eta etxeko lanen banaketa desorekatua daude. Emakumeek gizonen bikoitza baino gehiago aritu behar izaten dute lanaldi laburragoetan, maiz seme-alaben edo adinekoen zaintza ere haien bizkar ere erortzen delako. Malgutasun handiagoaren bila, lanpostu informalak onartzen dituzte askok, eta horrek gizarte-babesik gabe eta soldata txikiagoekin uzten ditu. Ondorioz, «amatasun-zigor» hori betikotu egiten da.
Egoera hau gainditzeko, GABek zaintza-sistema unibertsalak ezartzea proposatzen du eta babes soziala lan kontratuetatik deslotzea, hau da, zerga orokorrekin finantzatzea, emakumeen talentua ez galtzeko.
Bide-orriak guraso-baimen berriak ere planteatzen ditu, «berdinak eta besterenezinak» izan beharko luketenak, zaintza lanak orekatzeko eta eremu horretan gertatzen den diskriminazioa ekiditeko.
Era berean, esaten du malgutasun neutrala bultzatu behar dela (zenbait neurriren bitartez, adibidez, telelana eta ordutegi egonkorrak) kontziliazioa errazteko. Azkenik, adimen artifizialaren aurrean emakumeen lanpostuak babesteko, hezkuntza teknikoan inbertitzea eta zaintza profesionalizatzea gakoak izango dira.

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