Imanol  Intziarte
Redactor de actualidad, con experiencia en información deportiva y especializado en rugby

Uno de esos regalos inesperados que el fútbol, como la vida, te da de vez en cuando

Nadie daba un duro por la Real hace algo menos de cuatro meses, cuando el club cambiaba de entrenador y fichaba a un tal Matarazzo. Tampoco nadie hubiera apostado un céntimo porque Marrero, el portero suplente –hasta ahora–, terminaría siendo un héroe. Fútbol. Vida. 

La familia realista vivió una jornada memorable que finalizó de la mejor manera posible.
La familia realista vivió una jornada memorable que finalizó de la mejor manera posible. (Gorka RUBIO | FOKU)

Escribo estas líneas en un hotel de Sevilla pasadas las 2.30 de la noche, casi tres horas después de ver en vivo y en directo al equipo de mi vida ganar la Copa con otros 26.000 realzales en la grada, algo que no sucedía desde hacía 39 años. Ello después de estar desde primera hora de la mañana recorriendo las calles de la capital hispalense para ser testigo de cómo disfrutaba la afición de las horas previas a este duelo. Así que me perdonarán si dejamos los análisis cerebrales para otro día y escribimos desde el corazón. 

Pensaba a priori que iba a resultar muy complicado hablar de lo acontecido en Sevilla al margen del resultado, porque es el punto culminante, el cénit de una ilusión que se ha prolongado durante semanas. Y no es lo mismo regresar a casa con una sonrisa de oreja a oreja que con el bajonazo de la derrota. Porque sí, de primeras se comenta que llegar a una final es ya un objetivo en sí, pero no nos engañemos. Lo más es llegar a una final… para ganarla. Y eso es lo que ha pasado, lo que convierte este día en uno de esos que guardaremos en nuestra memoria hasta el día, esperemos que lejano, en que lancen nuestras cenizas al viento. 

Al margen de ello, incluso si se hubiera producido una derrota en la tanda de penaltis, esta final ha resultado ser una orgía blanquiazul. No se me ocurre otra palabra mejor para definirlo, después del ‘coitus interruptus’ de la final pandémica. Entiendo que para el profano, para el que no lo siente, es algo casi imposible de comprender. Todos conocemos gente a la que el fútbol, o la Real, ni fu ni fa. ¿Qué tipo de locura lleva a decenas de miles de personas a gastarse un auténtico dineral para meterse entre pecho y espalda casi dos mil kilómetros, pagar unas entradas a precio de caviar, unos hoteles con precios como si fueran el Ritz, y comer y beber como si no hubiera un mañana?

Aquel partido contra el Elche

Era muy joven cuando se disputaron las finales coperas de Zaragoza y Madrid y no pude asistir, así que realmente no sabía qué me iba a encontrar, y eso que llevo cuarenta años viendo en vivo a la Real, desde aquel partido contra el Elche en el viejo Atotxa, oliendo a fruta en la portería del mercado.

Empecé a darme cuenta de qué iba a ser esto durante el viaje por carretera del pasado viernes. Hubo paradas cerca de Burgos, Béjar y Almendralejo, y en todas coincidiendo con cuadrillas con destino a Sevilla, luciendo con orgullo por toda la Ruta de la Plata los colores blanco y azul, ondeando bufandas por las ventanillas, con esos guiños cómplices y esos saludos en euskara.  

Siguió el viernes por la noche, después de darle un primer vistazo a La Cartuja y de asistir a las ruedas de prensa de Matarazzo y Oyarzabal, cuando el taxi nos dejó en la Avenida de Hércules y vimos que en esa céntrica calle sevillana las terrazas estaban repletas de realzales llegados desde los más diversos puntos no solo de Gipuzkoa, sino también de otros territorios.

Además, la parroquia local mostraba su deseo de que ganara el en teoría menos favorito, empujada por sus escasas simpatías hacia los dos equipos grandes de Madrid. Incluso algún sevillista recordaba la liga que se escapó en el Pizjuán el año de la imbatibilidad, doce meses antes de que Zamora tocara el cielo en Gijón. 

Un guion redondo desde el tifo de Aitor Zabaleta

Lo de ayer fue ya el apoteosis desde primera hora de la mañana. Una ciudad acostumbrada a combinar el blanco con el rojo y el verde, se veía de repente teñida de azul y blanco. Ahí están como testigos las miles de fotos y los cientos de vídeos que se fueron publicando y que quedarán para las hemerotecas como recuerdos de una peregrinación masiva. 

Y el colofón llegó con el partido, un duelo vibrante, con un guion que hubiera escrito cualquier realista. El tifo con el rostro de Aitor Zabaleta y enseguida el tanto de Barrenetxea, cuando aún no se había cumplido siquiera el primer minuto de juego. Tras el empate de Lookman, Guedes jugándose el físico para meter la cabeza donde otros no meterían la pierna y la ineludible cita de Oyarzabal con la gloria. 

Luego el sufrimiento de la segunda parte y las tablas de Julián Álvarez cuando ya se acariciaba el título. Un par de sustos en los que el Atlético se podría haber llevado el gato al agua y a la prórroga. La película marchaba paralela a la de la final de 1987.

Había que llegar a los penaltis para que apareciera el último héroe, un Unai Marrero que cuando todos estaban, estábamos, al borde de la apoplejía, él parecía estar deseando que llegara la tanda decisiva. «Estaba a gusto, me he venido arriba con la afición detrás mío», confesó en sala de prensa. Dos penas máximas detenidas, igual que ante Osasuna en octavos, y Pablo Marín poniendo el colofón. 

Parece casual pero no lo es. Barrene, Oyarzabal, Marrero, Marín… todos salidos de la factoría de Zubieta, el alma de este club, el corazón que sigue latiendo temporada tras temporada para que la sangre blanquiazul continúe bombeando. Lo de después fue increíble. Todo el mundo con las lágrimas al borde de los ojos, desde los más pequeños hasta los más veteranos, también por supuesto en la tribuna de prensa. La recogida del trofeo, alzarlo en el pequeño tablado instalado en el verde mientras caía el confetti dorado, la vuelta por la mitad del campo, con la otra ya desierta… Locurita.  

Quién nos lo iba decir hace tres meses y medio, cuando la Real y su entorno estaban hundidos en la depresión y el club fichaba a un nuevo técnico italo-americano del que casi nadie había oído siquiera hablar. El fútbol, como la vida, da muchas vueltas inesperadas. A veces te eleva para dejarte caer de repente y hundirte en el fango.

Pero otras te lleva a cielo cuando menos te lo esperas, y eso, precisamente eso, es por lo que miles de personas se gastan un auténtico dineral para meterse entre pecho y espalda casi dos mil kilómetros, pagar unas entradas a precio de caviar, unos hoteles con precios como si fueran el Ritz, y comer y beber como si no hubiera un mañana. Lo dijo Marrero en la rueda de prensa, «la vida a veces te da estos regalos y hay que disfrutarlos». Y a ver ahora quién duerme.