«Hay que renovar edificación y transformar un espacio público hoy dominado por el asfalto»
Las olas de calor son cada vez más frecuentes. La investigadora del Basque Centre for Climate Change (BC3) Marta Olazabal advierte de que las ciudades siguen sin adaptarse al nuevo escenario climático y reclama actuaciones estructurales para proteger a toda la ciudadanía.

¿Qué le dicen las olas de calor de este año sobre la velocidad a la que está avanzando el cambio climático?
Se está demostrando lo que ya se venía diciendo desde hace tiempo: las olas de calor están siendo más intensas y cada vez más largas y, precisamente por esta razón, los impactos de este calor extremo son más importantes. La gente se está dando cuenta de que no es algo anecdótico. Es algo que estamos sufriendo todos los veranos y que realmente exige implementar medidas duraderas, no parches que ponemos cada verano cuando nos viene una ola de calor.
Se están observando temperaturas tanto en el espacio público como dentro de los edificios que sobrepasan los límites para proteger la salud de las personas y, por supuesto, de los ecosistemas. Esto es muy preocupante.
¿Qué características urbanas convierten algunos barrios en auténticas islas de calor? ¿Hay barrios especialmente vulnerables?
Lo que convierte a las ciudades en pequeños hornos son las características de los materiales y también las características geométricas que puede tener una ciudad, tanto en el espacio como también en altura. También hay un aspecto muy importante que hace que unos barrios estén más expuestos que otros: la cantidad de infraestructura dedicada al transporte motorizado. Cualquier carretera hecha de asfalto es un pequeño horno dentro de la ciudad. Los propios vehículos emiten calor y los aires acondicionados también contribuyen a calentar el entorno urbano. Además del impacto de la ola de calor, tenemos la propia ciudad emitiendo calor.
«Además de la ola de calor, tenemos la propia ciudad emitiendo calor»
Para que exista un confort térmico adecuado, tiene que haber ventilación, materiales que reflejen la radiación en lugar de absorber el calor y, sobre todo, naturaleza: infraestructura verde, árboles y parques que permitan mantener niveles adecuados de temperatura y humedad para que el impacto no sea tan grande.
¿Quiénes forman hoy los colectivos más expuestos a las altas temperaturas? ¿Existe una dimensión de desigualdad climática dentro de las ciudades?
Dependiendo del barrio en el que estés, se ve perfectamente cómo cambia el diseño urbano, la disposición de zonas de ocio, los espacios verdes y la naturaleza. Ya existen estudios, también en Euskadi, que demuestran que hay menos infraestructura verde en los barrios donde viven personas con menor renta. Por eso hay que analizar cómo están distribuidas estas intervenciones y dónde están los grupos más vulnerables socioeconómicamente.

También están todos los grupos especialmente sensibles por sus condiciones físicas o fisiológicas: niños, mujeres embarazadas, personas mayores, enfermos… Todo tipo de enfermedades se agravan con las olas de calor, sobre todo cuando no duran uno o dos días, sino que se prolongan durante jornadas y noches consecutivas. El cuerpo no resiste tanta intensidad durante tanto tiempo.
¿Cómo debería cambiar el diseño de escuelas, hospitales o residencias?
Tenemos una infraestructura que necesita una renovación importante. Es una inversión que tiene que ser estratégica, pensada a largo plazo. Recientemente, hemos vivido una situación de emergencia. En algunos casos me han trasladado que había escuelas sin persianas o sin cortinas, con los niños directamente expuestos al calor de las ventanas, con temperaturas exteriores de 40 grados. Son condiciones que no son aptas para ningún grupo de población y mucho menos para los más vulnerables. Un niño difícilmente va a decir que se está mareando; tarda bastante en darse cuenta de lo que le está pasando. Eso puede agravar mucho los impactos.
«Todavía observamos intervenciones en el espacio público que no tienen en cuenta ningún parámetro climático»
¿Se sigue planificando urbanísticamente como si el clima del siglo XX fuese a mantenerse?
Hay ciudades que están haciendo cosas muy interesantes para gestionar la adaptación al cambio climático y para garantizar que sean ciudades vivibles, andables y disfrutables. Pero todavía observamos intervenciones en el espacio público que no tienen en cuenta ningún parámetro climático. Seguimos viendo espacios urbanos con muy poco espacio para que los árboles puedan crecer. Tenemos árboles que pasan quince años sin proporcionar sombra ni confort térmico. Eso me preocupa especialmente porque cualquier intervención que hacemos hoy probablemente no volverá a modificarse en veinte años. Cada vez que no damos pasos hacia la creación de un espacio público más habitable, es una oportunidad perdida.
Asimismo, los edificios fueron construidos para un clima que ya no tenemos y necesitan regeneración, aislamiento y cambios de materiales. Por eso la intervención tiene que ser dual: sobre los edificios y sobre el espacio público. La forma en que se gestiona el espacio público impacta directamente sobre los edificios.
Cuando hablamos de adaptar una ciudad al calor extremo, ¿qué medidas tienen más impacto real?
Las alertas tempranas son una de las medidas más importantes, pero no basta con avisar de que viene una ola de calor. Hay que proporcionar recomendaciones, establecer protocolos, regulación y legislación que indiquen qué debe hacerse en cada caso. Todos los servicios públicos —hospitales, residencias, colegios, centros deportivos, bibliotecas— tienen que saber qué protocolo aplicar, cuándo abrir determinados espacios y cómo actuar.
Hemos tenido días de 35 y 40 grados en los que todavía no se había cancelado el deporte escolar y había niños haciendo actividad física a las cinco de la tarde en plena ola de calor. Se necesita mucha coordinación entre departamentos y entre administraciones, además de implicar también a los actores privados.
«Son fundamentales la renovación de la edificación, la inversión en infraestructura y la transformación del espacio público»
Junto a eso, como ya he dicho, son fundamentales la renovación de la edificación, la inversión en infraestructura y la transformación del espacio público, hoy dominado por el asfalto. También hacen falta medidas específicas para proteger a los colectivos más vulnerables y actuar especialmente en los barrios donde la calidad de la vivienda es más precaria y donde existen menos espacios públicos frescos.
¿Qué papel puede jugar la renaturalización urbana?
No solamente importa qué hay que plantar, sino cómo hacerlo. No basta con plantar árboles. Hay que proporcionarles espacio para que crezcan, se hagan fuertes y puedan ofrecer la sombra y el confort térmico que necesitamos. Además, no podemos renaturalizar pensando en las especies del pasado. Las nuevas especies tienen que estar preparadas para periodos de escasez de agua y para eventos extremos tanto de frío como de calor.

También es importante generar conectividad dentro de la ciudad, no colocar elementos aislados. Hay un concepto que se está utilizando mucho, el de los "bosques de bolsillo": pequeños bosques urbanos donde realmente se disfruta de un confort térmico muy superior.
En Bilbao, por ejemplo, el parque de Doña Casilda cumple parcialmente esa función. Cuando entras, se nota un cambio muy importante de temperatura. Pero el problema es quién puede acceder fácilmente a ese parque. Desde muchos barrios, llegar hasta allí resulta complicado.
«No solo importa que haya espacios frescos, sino si realmente la población puede acceder fácilmente a ellos»
La accesibilidad también es adaptación climática. Muchos recorridos entre espacios verdes se hacen por calles sin una sola sombra, junto a carreteras con varios carriles de tráfico. Durante estos días todos hemos seleccionado por qué calles caminar para evitar el calor. Eso demuestra que no solo importa que haya espacios frescos, sino si realmente la población puede acceder a ellos.
¿Las administraciones vascas están reaccionando al ritmo que exige la situación? ¿Hay demasiada estrategia y poco cambio real sobre el terreno?
Se están impulsando iniciativas importantes y necesarias; por ejemplo, la red de refugios climáticos en Euskadi me parece un paso muy relevante. El Gobierno Vasco y muchos ayuntamientos están planteando medidas, pero claramente no son suficientes. Todos hemos sufrido estos días temperaturas cercanas o superiores a los 30 grados dentro de nuestras viviendas. No podemos confiar únicamente en el aire acondicionado o en el ventilador. Necesitamos medidas estructurales que funcionen a largo plazo. Para eso hace falta financiación, que el cambio climático sea una prioridad política y planes de inversión estables que tengan en cuenta las diferencias de vulnerabilidad entre la población para garantizar la justicia climática.
En otra entrevista de 2022 hablaba de falta de liderazgo y de motivación para priorizar la adaptación. ¿Ha cambiado algo?
Están cambiando cosas, pero no al ritmo al que deberían. Cualquier cosa que no hagamos ahora es una oportunidad perdida: desde el liderazgo político hasta un programa de financiación a largo plazo o una calle que se urbaniza sin dejar espacio para zonas verdes. También estamos perdiendo oportunidades si no empezamos ya a recoger datos para saber cómo funcionan las medidas que implementamos, a quién benefician y cómo podemos mejorarlas. Esto no se va a solucionar en cinco o diez años. Es un problema que va a quedarse durante décadas.
Cuanto antes consigamos que las cuestiones medioambientales dejen de tener color político, antes estaremos preparados. La adaptación al cambio climático es un bien público; no puede depender de que una persona tenga dinero para instalar un aire acondicionado en su casa. Eso tiene que calar tanto en la política como en la ciudadanía. Estamos viendo ciudades donde un cambio de gobierno supone desmantelar infraestructuras que mejoraban las condiciones climáticas. No podemos dar un paso adelante y dos atrás. No puede ser un privilegio sobrevivir a una ola de calor.

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