Cuatro días de abril
Como participante en la huida de Segovia, Angel Amigo tiene frescos muchos detalles de lo ocurrido, pero en este artículo-testimonio aporta, además, los antecedentes y el contexto político y militar, que califica como «de extraordinaria sordidez». Y se muestra consciente finalmente de algo que entonces los protagonistas no percibían: «Aquellos cuatro días de abril sellaron la suerte de muchas muertes».
Algunos lo equipararon al cambio de hora que acercaba el futuro una hora. El esperado indulto del rey tras su toma de posesión a la muerte de Franco sólo afectó a un preso en Segovia. Implicado en los trabajos del segundo intento de fuga desarrollado en el mismo penal, hizo su petate, insertó en la suela de sus zapatos los planos del túnel y salió casi sin despedirse.
En Madrid un grupo de neofascistas italianos comunicaban a varios colegas de la Brigada Político Social que acababan de entrevistarse con el general Pinochet en Lisboa. Fue el único jefe de Estado de todo el mundo que vino a los funerales del finado Caudillo y aprovechó para confirmar a Stefano Delle Ciae que contaban con el apoyo de la dictadura chilena para extender a España las políticas de la Operación Cóndor. Se trataba de la eliminación física de opositores de izquierdas. Una tarea prometedora en los primeros meses de la España posfranquista.
Delle Chiae era uno de los neofascistas italianos que, a las órdenes del principe Valerio Borghese, habían intentado un golpe de Estado en la Italia de principios de los años 70. Fracasado este, habían sido acogidos en Chile por el general Contreras, jefe de la DINA, y en España por Carrero Blanco. Empezaron dando charlas a los policías y esperaron mejores tiempos.
El indulto del rey había acercado una hora su futuro. Detrás dejaban sus trabajos para la dictadura chilena que acabó con el régimen democrático de Allende: asesinatos del exministro Letelier en Washington, del general Prats en Buenos Aires o el intento contra el líder opositor Bernardo Leighton en Roma, entre otros cientos de crímenes. Ahora tocaba España, en riesgo de hacerse demócrata.
Los franquistas trataban de conservar el régimen de Franco sin Franco y la oposición, tanto la clásica como la recién surgida en Euskadi alrededor de la lucha armada, trataba de imaginar cómo sería el futuro. Entonces la gente, y en menor medida los partidos, aún soñaba. Durante un año, hasta el referéndum de Suarez, nadie sabía qué iba a ocurrir y las fuerzas más implicadas con la dictadura se emplearon a fondo para que nada cambiara. Era 1976.
Entre «El Lobo» y Argel
ETA político-militar (pm), la organización a la que pertenecían los protagonistas iniciales y principales del segundo intento de fuga, se lamía las heridas de las caídas que un infiltrado policial les había producido: varios muertos en enfrentamientos, consejos de guerra, cientos de detenidos torturados, y frustrada en el verano del 75 la primera de las fugas de Segovia, cuando los reclusos tenían terminado su túnel hasta la calle. Conocido como El Lobo, Mikel Lejarza había hecho muchísimo daño a sus antiguos compañeros y, además, tenía aún información sobre el perfil de los que quedaban.
En Vitoria, el controlador de El Lobo, el comandante Ugarte, jefe de los servicios de inteligencia del desaparecido Carrero, recogía datos para analizar la situación de la dañada ETA político-militar. Todavía respiraba. En todos sus informes aparecía como responsable de ello y elemento destacado la figura de un joven estudiante constituido en uno de los pocos dirigentes que sobrevivió a las redadas del 75: Eduardo Moreno Bergaretxe, más conocido como Pertur.
En el Norte de África, la Inteligencia argelina, centrada en su lucha con Marruecos por el control del Sahara español entregado al vecino del sur aprovechando la agonía de Franco, decidió armar y entrenar a todos los grupos que estuvieran contra el régimen español, a quien consideraban responsable de incumplir el mandato de la ONU. Según el organismo internacional, España debía descolonizar y dar la independencia a los que hasta ese momento habían sido españoles de carnet. En Madrid ni se les pasó por la cabeza. Se lo entregaron a Marruecos sin oponer resistencia.
Fue Pertur quien remató con el FLN de Argelia los acuerdos con los argelinos que llevarían a entrenar ese año a más de un centenar de militantes de ETA político-militar en la academia de Policía de Argel. Este hecho dio un peso específico inesperado a los partidarios de intensificar la lucha armada en la nueva situación y agudizó las tensiones entre las dos sensibilidades de los político-militares, partidarios unos de priorizar la lucha política en el nuevo contexto y de aprovechar su potencial en una situación que según ellos era una prolongación de la dictadura.
El delegado de ETA político-militar en Argel llevaba años intentando que la verborrea revolucionaria argelina diera un paso similar. Cuando lo dio no fue precisamente por solidaridad, sino para dañar al régimen español y presionarle en el tema del Sahara. Pero lo dio y se sumó a la fiesta.
¿De quién es el túnel?
Ajenos a todo ello, los presos de Segovia seguían con su proyecto sorteando todo tipo de dificultades. Hacer un segundo túnel en la misma cárcel por el mismo sitio y repitiendo muchos de los funcionarios y presos, en el mismo año, es algo que estadísticamente no incita a apostar a favor. Pero ahí seguían.
El primer problema fue el de hacerse con la autoría del proyecto. El que empieza manda y decide quiénes y cuántos salen. Y, sobre todo, quien reivindica. Los nueve político-militares que quedaban tuvieron que engañar a los funcionarios, por un lado, y por otro despistar a sus colegas que cayeron en la trampa de un inicio simulado en otra parte de la cárcel. Mientras unos presos vigilaban a otros, el resto iniciaba la entrada que daba acceso al alcantarillado. El túnel tenía dueño.
En Bilbao, el comisario Ballesteros organizaba sus recursos contra ETA y contaba para ello con sus fuerzas reglamentarias, con bandas de guerrilleros formada por fascistas españoles y, como refuerzo, con neofascistas italianos operativos en España tras la visita de su comandante en jefe, el general Pinochet. Detenciones habituales aparte, la Policía española acentuó las razzias contra los refugiados de Iparralde, quienes se organizaron en patrullas callejeras para detectar a los intrusos.
En marzo ocurrieron los sucesos de Vitoria, con sus secuelas de campanadas a muerte. En Segovia, con el túnel terminado y con salidas a la calle de algunos de ellos a citas con el comando de apoyo en el exterior, un incidente estuvo a punto de dar al traste con todo el trabajo.
Además de sus trabajos de albañilería, los presos de Segovia llevaban una intensa actividad política, consistente en la elaboración de escritos o en la organización de protestas coordinadas con otras prisiones y la calle. A uno de los presos le encontraron un documento animando a las familias a practicar encerronas y protestas pro-amnistía, que en esa ocasión, y para darle más fuerza, iba firmado personalmente por todos ellos. Acabaron todos aislados veinte días en celdas de castigo. Y el túnel acabado.
Al despertar, seguía ahí
Semanas antes, el comité de fugas había dado órdenes a sus militantes de que se manifestaran pesimistas en las cartas y no sacaran objetos de valor ni elementos emblemáticos personales. Si la censura detectaba una súbita mejora en el optimismo de un colectivo tan beligerante, podrían encender las alarmas y aumentar la vigilancia.
La directiva, como se diría ahora, ya no hacía falta. Nadie transmitía demasiado optimismo. Eran veinte días más de cacheos y había riesgo de que alguno de los que a esas alturas conocía su existencia lo utilizara. Y sin embargo, cuando despertaron de la larga siesta de veinte días el túnel seguía ahí. Y volvieron manos a la obra.
En Euskadi, ETA político-militar había secuestrado en Eibar al industrial Ángel Berazadi, quien no era un industrial representativo de quienes apoyaban al franquismo ni vivía de espaldas al pueblo. Las necesidades de la organización eran grandes, y el rescate, desproporcionado. La división entre los político-militares estaba sembrada y germinaba a toda velocidad. Fruto de estas tensiones Pertur había sido objeto de un insólito –por falta de precedentes– arresto cuartelero por parte del sector de los entonces llamados berezis, la élite militar de la organización. El secuestro de Berazadi intensificó las tensiones. Mientras unos eran partidarios de rebajar la cuantía del rescate, los otros lo eran de acabar con su vida si la familia no accedía al pago reclamado. A Pertur le tocó el esquizofrénico papel de negociar con sus familiares los términos más duros de la organización y defender lo contrario en el seno de la dirección de ETA político-militar.
Luz al inicio del túnel
El lunes 5 de abril, después de comer, los 29 presos seleccionados para salir se dirigieron al patio de la biblioteca para acceder en orden al túnel practicado desde un retrete. Para las cinco de la tarde, el comando de apoyo venido desde Euskadi los había metido en el doble fondo de un camión con una carga legal de leña con destino a Burguete. Cuando alguien les comunicó que estaban ya en Burgos, la mayoría pensó que ya estaba, que en tres horas habrían llegado a su destino, en el paso de Espinal del Pirineo navarro. Una caminata por el monte y a casa.
La víspera, a esa misma hora a la salida de un cine de Hendaia, un grupo de refugiados dedicados a vigilar y neutralizar, si fuera el caso, la aparición de elementos parapoliciales, interceptó a dos jóvenes veinteañeros que resultaron ser policías de la Brigada de Información. Nerviosos ante el nivel de la captura, uno de los refugiados acudió en busca de significados berezis para manejar mejor el tema. Cuando los refuerzos llegaron al cine, los dos policías habían podido escabullirse y trataban de llegar por la carretera al puesto fronterizo cercano, pero sus captores llegaron antes.
La operación improvisada y sin infraestructura preparada les llevó a tomar una decisión drástica: quitarles la vida rápidamente en algún lugar discreto. La acción era irreivindicable al haberse desarrollado en territorio francés. Los llevaron a un búnker alemán de la II Guerra Mundial en la playa de San Juan de Luz llamado La Chambre d´Amour. Allí, tras interrogarlos con el mejor estilo policial aprendido con toda seguridad en algún cuartelillo, les descerrajaron un tiro en la cabeza y procedieron a hacerlos desaparecer bajo la arena de la playa. La envergadura del suceso y las medidas de seguridad tomadas desmontaron el operativo preparado para la fuga. Por razones de seguridad, los fugados habían decidido no avisar hasta el día de la salida.
Nadie
A esa hora, el comando responsable de la fuga se encontró con que no había nadie en el lugar de la cita. A media tarde el comando de apoyo había dejado la clave telefónica para mandar al guía y preparar la recepción. El responsable de ese cometido recibió un «a las nueve en la granja». No relacionó la clave con la de la fuga y se fue a otra parte. El guía esperaba tranquilamente en Tolosa y el resto del operativo estaba centrado en asegurar que la improvisada acción quedara en dos sepulturas a medio metro de profundidad.
No fueron las únicas. Los fugados cavaron la suya cuando el responsable del comando decidió cruzar la muga sin esperar a tener noticias de Iparralde o volver a Iruñea a esperar un contacto en un lugar menos expuesto que el de Espinal, de noche y con niebla.
Poco después una patrulla de la Guardia Civil echó el alto a lo que, según dijeron, pensaban era algún contrabandista, y se encontraron con una lluvia de balas provenientes de la cabeza de la columna de fugados, que no tuvo más posibilidades después que la de dispersarse desorientados en un terreno escabroso, lloviendo, con niebla y noche cerrada. Y sin ropa de abrigo. Alguno se retiró herido y otro quedó tendido alcanzado por uno de los disparos de la patrulla. El resto se desperdigó en grupos.
Había amanecido cuando los responsables de la organización trataron de reaccionar, pero era ya tarde. No ya porque la situación en el monte estaba fuera de control, sino por causa de la desaparición de los dos inspectores. La noticia de la desaparición trascendió el lunes. La Policía francesa, alertada por la española, desencadenó una operación de búsqueda que puso patas arriba el entramado de todos los refugiados de todas las tendencias de Iparralde. Nunca nadie se había atrevido a actuar así en territorio francés. Detenidos por decenas unos y enviados a la cárcel o a la isla de Yeu otros, la dirección de ETA político-militar quedó reducida de una veintena de miembros a media docena.
A los fugados, de haber llegado por su cuenta, les esperaba el caos.
El rosiñol no llega a Francia
Los fugados iban siendo detenidos poco a poco por algunos de los 3.000 efectivos que –entre Policía, Guardia Civil y Ejército– coordinaba el general Atarés. Tras varios tiroteos y la muerte del anarquista catalán Oriol Solé cuando se encontraba reducido junto a otros fugados, a los dos días sólo quedaban cuatro por detener. Escondidos en un chalet, consiguieron llegar al otro lado tras una larga peripecia y acabaron con sus colegas en la Isla de Yeu, de donde también se volverían a fugar.
Mientras, los restos de la dirección de ETA político-militar trataba de dar salida al tema del secuestro de Berazadi. El comando que lo vigilaba había avisado del riesgo de que los descubrieran en un escondite diseñado para menos tiempo. Tras varias votaciones con resultado de empate, uno de los asistentes finalmente se abstuvo y la decisión fue la de que le dieran muerte inmediatamente. El comando que vigilaba a Berazadi recibió un mensaje cruel y macabro que adelantaba la insensibilidad con la que viviríamos muchos años: «Tirad el paquete a la basura».
Esa madrugada recibió un tiro en la nuca y fue abandonado en una cuneta.
En los cuatro días transcurridos desde la fuga se habían desencadenado una serie de hechos que catalizaron todos los truenos y relámpagos de una tormenta que había de prolongarse durante años, que radicalizó las posturas en ideologías y odios diversos y que selló más que probablemente la muerte de Pertur.
Todos quieren la guerra
En Madrid, el comandante Ugarte –jefe del SECED, la unidad de inteligencia de Carrero– asistía a una reunión con Fraga Iribarne, el ministro del Interior, quien tras contemplar en su mesa los expedientes de la fuga, la desaparición de los policías y la muerte de Berazadi recogió el guante ensangrentado y bramó: «Si quieren guerra, la tendrán».
Ugarte, aunque se manifestó en contra, contempló cómo la guerra sucia acababa de adquirir rango de permisible. En eso pensaría probablemente en el hostal de Estella en el que se alojaba mientras los neofascistas italianos tiroteaban a los carlistas autogestionarios que se habían concentrado en Montejurra. Su unidad no era operativa. Recogía información y la pasaba a los diferentes cuerpos de seguridad. La intervención de Delle Chiae y su gente fue pública y notoria. Y la muerte de los carlistas como consecuencia de ello elevó la tensión al extremo.
Ballesteros y sus chicos
En Bilbao, el jefe de Policía Manuel Ballesteros hervía cada vez que veía las dos mesas de sus jóvenes comisarios vacías. Sus chicos, como les llamaba. Todavía pensaba que estaban vivos porque no le entraba en la cabeza que hubieran sufrido el destino que tuvieron, y comenzó a tramar una operación de intercambio. Pertur desapareció mes y medio después, Ugarte había elaborado un informe señalándole como el más peligroso de los dirigentes de ETA y, contrariamente a sus recientes ideas que apuntaban a una progresiva desaparición de la lucha armada, era percibido por la Policía por todo lo contrario. Su historial y el papel jugado en las negociaciones con la familia Berazadi le dibujaban un perfil sanguinario. Además, la documentación de los policías desaparecidos había aparecido en casa de uno de sus colaboradores. Pero las cosas no son como son, sino como se perciben. Era el jefe.
Al día siguiente de su desaparición, una información del diario ‘‘Unidad’’ de San Sebastián, editado por la prensa del movimiento nacional sindicalista, explicaba que su presumible secuestro se debía a una operación de intercambio para obtener el rescate de los dos policías secuestrados. En un medio cuyo manantial eran las informaciones policiales, eso solo se podía interpretar como un aviso o un mensaje.
Los fugados salieron pocos meses después con la amnistía y se encontraron con un clima de enfrentamientos y odios difícil asimilar, después de vivir en una burbuja en la cárcel y con una organización que había decidido ir dejando las armas, pero con una escisión latente. La mayoría de los entrenados en la academia de Policía argelina acabó ingresando en ETA militar, la organización pàrtidaria de intensificar la lucha armada. Una fuerza militar enorme que se traduciría en una efectividad propia de una guerra.
Pautas
La competencia desatada entre las dos ramas de ETA prolongó probablemente las actividades de la rama que en su VII asamblea había decidido priorizar la actividad política legal, y por su parte los medios policiales interiorizaron una manera de actuar que potenció a los paramilitares hasta graduarse con los GAL. Justificados en su entorno, aplicaron métodos ensayados en la Operación Cóndor. La eliminación física de líderes de la oposición se desarrolló sin contemplaciones en un periodo de tiempo relativamente corto. Dos agentes enviados por el Ministerio del Interior intentaron infructuosamente arrancarle cabeza con un cuchillo a Cubillo, líder independentista canario. Eizaguirre, de los Grapo, fue ametrallado en un chino en París. Y Argala, líder y referente de ETA militar, murió por una bomba en su coche. Una espiral que duró demasiados años y que estimuló demasiadas reacciones como para no tener que lamentarlo ahora.
Verosímil 40 años después
Pocos años después varios jueces italianos elaboraron un sumario sobre las actividades de los neofascistas italianos contra ETA en el sur de Francia. Uno de los detenidos y condenados aseguraba haberle oído confesar a Luigi Concutelli, compañero de armas de Delle Chiae y condenado por dar muerte a un juez italiano con un arma facilitada por la Policía española, cómo había secuestrado a un dirigente etarra en el sur de Francia para entregarlo a policías españoles para que lo hicieran desaparecer después de interrogarlo. En aquella época sólo había un caso. El de Pertur.
Cuando aún se podía aclarar, el juez Chaparro, del Tribunal de Orden Público (TOP), lo impidió. Más de 30 años después, el juez de la Audiencia Naciona Andreu investigó el caso y terminó archivándolo por falta de pruebas, pero admitiendo en su auto que la tesis de la autoría de la desaparición por colaboradores italianos de la Policía española era tan verosímil como la que acusaba a sus colegas.
Aquellos cuatro días de abril sellaron la suerte de muchas muertes y condicionaron las vidas y su devenir de muchos más durante años.
No me consta que los protagonistas de todas estas historias tuvieran conciencia de cómo todo lo que hacían tenía un origen bien lejano a veces y cómo lo que hacían generaba consecuencias que han durado años.
Hace 35 años conté la Fuga de Segovia como lo que creo que fue: una historia con el romanticismo y la épica propias de estos episodios que gozan siempre del favor del público. 40 años después, debo añadir sin restar ninguna de sus características que el contexto en el que se produjo fue de una extraordinaria sordidez.
La memoria, que puede estar empedrada de contradicciones y acompañada de críticas, es personal e intransferible y es la mejor vacuna contra el pensamiento único. Lo que uno pensó se puede reexaminar, pero lo que nunca se puede borrar es lo que sentimos nosotros y quienes sufrieron con nosotros la aventura.
Y aunque no esté de moda, hay que hablarlo.