Ibtisam Azem, exiliados en tierra propia
‘El libro de la desaparición’, escrito originalmente en 2014 por la palestina Ibtisam Azem, afincada en Nueva York y descendiente de desplazados durante la Nakba de 1948, resulta una original y estremecedora narración donde retrata la aniquilación, también identitaria, ejercida por el sionismo.
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A lo largo de la historia, la literatura ha llenado sus páginas –paradójicamente– de repentinas ausencias, muchas de ellas individuales, pero también otras tantas relacionadas con grandes colectivos: razas, etnias e incluso la propia humanidad ha sido borrada de la faz de la Tierra como herramienta alegórica. Una ‘evaporación’ que se produce, como delata su título, en ‘El libro de la desaparición’, escrito originalmente en 2014 por la palestina Ibtisam Azem y traducido por primera vez al castellano de la mano de la editorial Las afueras. Sin embargo, hay un detalle trascendental que interfiere en la evaluación de esta obra, y es que su ejercicio metafórico está conjugado con la más dramática y actual de las realidades.
Todo régimen dictatorial, y resulta totalmente lícito aplicar este término a la política llevada a cabo por el sionismo, despliega como uno de sus primeros actos de dominación la usurpación del lenguaje, incluso alterando el nombre de aquellos lugares que pretende sojuzgar. Un ejercicio de imposición que sin embargo persigue un propósito todavía más ladino y siniestro: borrar cualquier rastro de una cultura, impidiendo de esa manera su reproducción a lo largo de los siglos. Una mutación cotidiana que es el germen del intrigante desencadenante de esta novela, donde un día, de forma súbita, la población palestina desaparece del suelo ocupado por Israel. Como si de un fallido truco de magia se tratase, cuando el prestidigitador quiere mostrar el contenido de su caja negra, no encontrará ni rastro de él.
Identidad y memoria
Pese al aviso explícito respecto al origen ficcionado de lo expresado en este libro, no es difícil hallar las múltiples similitudes existentes entre la biografía de su autora y la ostentada por sus principales personajes, todos ellos sacudidos por las consecuencias de los desplazamientos obligados a raíz de la Nakba de 1948. El pronto fallecimiento de Tata, quien apaga definitivamente sus ganas de luchar mientras observa el mar, será al mismo tiempo el inicio de la reproducción de una historia familiar enunciada a través de un cuaderno de notas escrito por su nieto, Alaa. Pero lo que hasta aquí parece un escenario creativo recorrido en múltiples ocasiones, su desarrollo adoptará un formato absolutamente original gracias, sobre todo, a una arquitectura narrativa de elogiable inteligencia y sutilidad. Porque al igual que toda una generación vio como sus lugares de nacimiento, en este caso Jaffa, quedaba sepultado –aunque no en su memoria– por un desconocido decorado impuesto por el invasor, la existencia de esta novela también asume ese doble plano, habitando tanto lo perceptible a primera vista como la esencia oculta.

Perder los nombres de las calles donde ha discurrido la infancia o la naturaleza original de los barrios, no por el inmisericorde paso del tiempo, sino por el designio de una bota militar, no significa solo cerrar tras un candado los recuerdos, también supone diluir la esencia propia. Un sentimiento que recorre las anotaciones de un diario que, trasladadas bajo un idioma evocador y nostálgico propio de Patrick Modiano, ilustra una historia entre nieto y abuela repleta de confesiones hechas entre alambres de espino, disparos, torturas y todo un abecedario represivo que aumenta su dimensión en un catálogo de personajes anónimos igualmente golpeados por ese caudillo místico. Y es que aunque el título de esta obra esté en singular, su verbo es plural.
…y un día no hay palestinos
Pero hay un giro en esta historia, más allá del viraje también a un modelo estilístico más intrigante y que linda con la ciencia ficción, que le hace sobresalir en cuanto a ingenio y destreza a la hora de afilar su mirada. Un contexto en el que se vuelve imprescindible el tercer personaje en discordia, Ariel, amigo israelí de Alaa y ambos residentes en Tel Aviv, una ciudad que, en esa contraposición constante que vertebra la novela, frente al arraigo de otros enclaves representa su artificiosa naturaleza con destino a asumir su papel de centinela, por mucho que se presente al mundo como epicentro de libertades y gozos. Va a ser ese tercer pie protagonista quien se encargue de trasladar al lector, una función nada casual ni inocente, lo recogido en las anotaciones de su vecino árabe, a las que accederá tras descubrir que, tanto él como todo ciudadano palestino, ha desaparecido repentinamente.
Según las ruedas de prensa, las teorías explicativas, los comentarios ufanos de la sociedad sobre la bienvenida solución del “problema” y en último término una nueva escalada represiva por parte del Estado se acumulan entorno a ese inexplicable suceso, la figura de Ariel, descrito en los primeros instantes como alguien progresista, capaz de discrepar sobre el pasado militar de su padre e incluso abogar por el respeto a la ciudadanía árabe, también sufre su propia mutación. Descubrir las reflexiones íntimas volcadas por su amigo desaparecido producirán en él un rechazo al sentirse interpelado, terminando por exculpar al proyecto sionista, al que considerará un mal menor en esa supuesta búsqueda de seguridad y lucha contra la violencia. Consideraciones que se irán construyendo en paralelo a la paulatina ‘invasión’ física de la casa de Alaa en su ausencia, convirtiéndola cada vez más en su propio hogar. Otro dueño ilegítimo de un terreno que no le pertenece.
‘El libro de la desaparición’ se reivindica así como una obra excelente y necesaria, por su profunda actitud crítica, su exquisita mixtura de géneros (desde el ensayo histórico a la ciencia ficción) y sobre todo consecuencia de un tacto sagaz capacitado para recoger pequeños y sutiles detalles hasta configurar todo un extenso y desgarrador puzzle que ofrece un mapa global de la colonización. Del mismo modo que en uno de sus pasajes más emotivos uno de los personajes reconoce dejar abierta siempre la puerta de su casa con la –en verdad nula– esperanza de que un día regrese un familiar suyo detenido por el ejército, las páginas de este libro no deben cerrarse una vez terminadas de leer, porque hacerlo sería permanecer impasibles frente al robo de la memoria colectiva, una de las herramientas definitivas para lograr enterrar el presente y el futuro del pueblo palestino.