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El jarrón de Ozu

IN MY FATHER’S ROOM
Título original: ‘Muyou no hito’. Dir. y guion: Maha Harada. Int.: Yu Aoi, Issey Ogata, Eita Nagayama y Eri Watanabevarez.    

Imagen de la película ‘In My Father’s Room’. (DONOSTIAKO ZINEMALDIA)

‘In My Father’s Room’ no tiene problemas en parecerse a tantas otras. De entrada, habrán reconocido a Wim Wenders y a Jim Jarmusch «japoneseando» en las respectivas Perfect Days y Patterson. También la debutante Maha Harada abraza lo nimio a través de la sensibilidad poética de su tándem protagonista, una tímida vigilante de sala (Aoi Yû, habitual de Yoji Yamada) y su fallecido padre (Issei Ogata); aunque en un diálogo reconozca el orgullo de estar jugando en casa.

La trascendencia de Harada se sostiene en pilares más antiguos, sobre los melodramas de Yasujiro Ozu, que desanda más allá de lo evidente. Primero, entiende que el arte ante el que sus personajes se subliman se amolda a un sistema museístico inhumano y sostenido explotando a sus trabajadores, del que es necesario independizarse. Luego, negocia acerca de los límites del afecto tranquilo para con la negligencia sin maldad, como la de la madre interpretada por Eriko Watanabe, una mujer que promete solo para distraerse.

También la sencillez nipona gobierna la propuesta estética de In My Father’s Room –luz natural, cámara a ras de suelo, sobriedad en los acentos de la banda sonora–, que debe su mejor escena al último cine de Ryûsuke Hamaguchi; me refiero a una poderosa ceremonia del té performada en pantomima silente.

Por fortuna, la fotografía de Yoshio Kitagawa, mano derecha de Hamaguchi, encuentra en el color verde-ciénaga una salida al costumbrismo llano, una ventana abstracta, inquieta, particular. Lo sabría Ozu, responsable del jarrón más misterioso de la historia del cine: lo importante de veras surge solo interrogando al vacío.