20/07/2014

 
 

El azar ofreció al escritor Pello Guerra una pista inesperada. Un lector de sus novelas históricas le brindó la veta de la que es su nueva obra, “La Escondida. Una revolución entre cañas de azúcar”. El literato navarro aparca temporalmente las vicisitudes del Reino de Navarra para viajar al México revolucionario de comienzos del siglo XX en compañía de una familia de emigrantes y de hacendados vascos, atrapados en una época turbulenta. El libro se pondrá a la venta con GARA este próximo viernes, día 25.

«El destino ha puesto en mis manos una historia real y apasionante»
Fermin MUNARRIZ DONOSTIA
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La nueva novela supone un giro en la temática habitual de sus obras. ¿Por qué este cambio?

En esta ocasión he abandonado mi «hábitat natural» porque el destino ha querido poner en mis manos una historia real y apasionante. Se trata de la aventura que vivió en México un grupo de emigrantes vascos que trabajaba para un imperio económico fundado también por vascos y que se vio envuelto por el huracán de la Revolución mexicana. Era una odisea demasiado tentadora para un escritor siempre interesado por nuestro pasado.

La propia gestación de la novela es una aventura...

Efectivamente. Un lector de Gasteiz, Javier Castro, se puso en contacto conmigo para hacerme llegar documentación sobre las peripecias de sus bisabuelos en México, por si me podía interesar para escribir una nueva obra. Junto a ella aparecía la historia de los bisabuelos de Javier Berecochea, descendiente de un navarro de Ziga que también trabajó en la hacienda azucarera La Escondida, radicada en la ciudad de Tepic, estado de Nayarit. Me la hizo llegar desde China, donde entonces trabajaba Castro, y me picó tanto la curiosidad que la devoré en un par de días. Todo lo que recogían aquellos folios enviados desde el Extremo Oriente era impresionante y, desde el primer momento, tuve claro que era un afortunado por poder novelar las peripecias de esos aguerridos vascos.

¿Qué le atrapó de esta propuesta?

La lucha por la supervivencia. Los vascos que protagonizan esta historia se liaron la manta a la cabeza y cruzaron el Atlántico a principios del siglo pasado para ganarse la vida. Y cuando parecía que todo les sonreía, se encontraron inmersos en la primera Revolución de esa centuria, que amenazaba el modo de vida que habían conseguido labrarse en América. Tuvo que ser todo un choque de emociones y sentimientos compartir hasta cierto punto las reivindicaciones revolucionarias y, al mismo tiempo, ser conscientes de que esa corriente podía acabar con todo lo que habían conseguido con tanto esfuerzo.

Por lo tanto, seguimos estando ante una novela de corte histórico, basada en hechos y personajes reales...

Efectivamente, lo que he hecho ha sido novelar la historia de Marcelino Guinea, Antonia López de Arana, sus hijos y varios vascos que fueron a trabajar para la Casa Aguirre, un imperio económico levantado por vascos en la costa occidental de México. Las circunstancias hicieron que llegaran a vivir y sufrir en sus propias carnes la Revolución mexicana y que, en medio de esa vorágine, llegaran a conocer al general y futuro presidente Álvaro Obregón y a Rafael Buelna, otro caudillo revolucionario, menos conocido pero muy importante en aquel momento.

El argumento discurre ante un trasfondo netamente político: la revolución, las luchas agraristas, los intereses de la oligarquía... en definitiva, los vaivenes de un periodo turbulento que atrapan a una familia emigrante.

Sí, les tocó vivir un momento muy intenso. La Revolución mexicana supuso la eclosión del movimiento agrarista que propugnaba el reparto de la tierra y a nivel industrial, fueron surgiendo los primeros sindicatos y se empezó a celebrar el Primero de Mayo. La lucha de clases que encierra la Revolución les pilla en medio, ya que estos vascos, en el fondo, no dejan de ser trabajadores, pero también son la élite dentro de ese estrato social, ya que están muy vinculados a los oligarcas del estado de Nayarit.

La emigración forma parte indisociable de la historia de los vascos. ¿Puede resultar familiar para los lectores una historia ambientada en América? ¿Usted mismo tiene experiencias de ese tipo?

Sin duda, ya que muchos de nosotros tenemos familiares que en su día emigraron al Nuevo Mundo para ganarse la vida. Muchos de ellos regresaron y sus historias siguen muy presentes en sus familias. Y de aquellos que no volvieron se conservan cartas, fotografías antiguas y demás. En mi caso, yo tengo familiares en Puebla, a los que conseguí localizar a través de Internet, y su historia guarda muchos paralelismos con la aventura que recoge esta novela.

También encontramos diferentes perfiles de vascos en América: los hacendados, los trabajadores...

En la novela tenemos a la Casa Aguirre, el imperio levantado por unos vizcainos en la costa occidental mexicana. A partir de oficios marineros que les llevaron a América, los Aguirre fueron capaces de llegar a contar con innumerables posesiones en el estado de Nayarit, que iban desde haciendas ganaderas hasta industrias textiles y de producción de azúcar. En esas haciendas trabajaban principalmente mexicanos, pero desde Bilbo se contrataba a vascos para que se encargaran de supervisar esos trabajos en tierras aztecas. Eran sus personas de confianza.

¿Supone esta novela abandonar su habitual línea de novela histórica en torno al Reino de Navarra?

Digamos que ha sido un paréntesis con el que he disfrutado mucho. Me ha encantado escribir sobre una época tan cercana y con tanta información a mi disposición. Sin embargo, en mi cabeza bullen nuevos proyectos con los que retomar historias relacionadas con el Viejo Reino. De hecho, ya estoy maquinando nuevas aventuras para el capitán Juan de Jaso, dispuesto a defender la Navarra independiente del siglo XVI.

Extracto de «La Escondida»

Marcelino detuvo su caballo a escasos metros del árbol. Sentía que el estómago se le revolvía y hasta que no liberó lo que albergaba, no obtuvo descanso. A Santiago Arana, su acompañante en aquel viaje en busca de la verdad, le pasó lo mismo. Ambos habían decidido comprobar si era cierta la noticia que corría como la pólvora por Tepic y sus alrededores. Pedro les alertó de que entre los trabajadores de La Escondida se había extendido el rumor de que a tres kilómetros de la capital, sobre la carretera a Jalisco y en un frondoso fresno, habían sido encontrados colgados nueve hombres.

En una época tan convulsa, no era la primera vez que corría un rumor de esas características, que venía a encrespar un ambiente ya de por sí muy tenso a causa de las crecientes reclamaciones agrarias y laborales en el campo y la industria de Nayarit. Guinea no terminaba de creerse que algo así fuera posible y decidió personarse en el lugar para comprobar si todo era producto de mentes calenturientas o si realmente se había cometido semejante atrocidad. Santiago se había ofrecido a acompañarle por si existía algún peligro en el lugar. Y Marcelino se lo agradeció en vista del eficiente y decisivo papel que Arana había jugado en la expedición a San Blas.

Ahora tenían la evidencia delante de sus ojos. La suave brisa balanceaba los cuerpos inertes de los nueve hombres en una macabra danza de la muerte. Todos ellos vestían humildemente y tenían rasgos indios; en definitiva, eran campesinos. La estampa resultaba tremendamente horrible y encerraba en sí un mensaje que entrañaba una innegable amenaza.

Mientras contemplaban el dantesco espectáculo, oyeron los cascos de un caballo que se aproximaba. Era Manuel Berecochea, el sobrino del administrador de la Casa Aguirre, que se quedó mirando con gesto demudado el árbol convertido en improvisado y nutrido patíbulo mientras la rabia se iba apoderando de su rostro. Aunque Marcelino no tenía mucho contacto con el joven porque vivía en Bellavista, lo reconoció al instante, ya que era igual que su malogrado padre, que había sido gerente de La Escondida hasta su muerte en 1906.

-¿Qué haces aquí, Manuel? -le preguntó Guinea extrañado por su repentina presencia-.

-Los empleados de la fábrica estaban cada vez más nerviosos porque les había llegado la noticia de lo que había pasado aquí y he venido para comprobar en persona que era cierto lo que se estaba diciendo. Lo que no me imaginaba era que resulta más horrible de lo que ellos aseguraban.

El muchacho de 14 años apretaba las riendas de su caballo cargado de ira ante semejante atrocidad, un sentimiento plenamente compartido por Guinea y Arana.

Enrabietado por semejante matanza y por el escarnio al que se había sometido a los ejecutados sin juicio ni defensa y a sus familias, Marcelino azuzó a su caballo en dirección a la Casa Aguirre. Esteban Gangoiti tenía que saber lo ocurrido cuanto antes.

Santiago y Manuel todavía estaban entrando en Tepic cuando Marcelino ya subía las escaleras del patio interior del palacete en dirección al despacho del responsable de la Casa en Tepic. Gangoiti se sobresaltó al ver aparecer a Guinea con el rostro desencajado y con evidentes muestras de estar muy furioso.

-¿Pero qué ocurre? -le preguntó mientras dejaba su pluma encima de un documento y se levantaba de su sillón para aproximarse alarmado a la puerta-.

-Nueve hombres han sido colgados de un árbol junto a la carretera de Jalisco.

Su interlocutor se frenó en seco mientras abría los ojos desmesuradamente ante semejante noticia.

-¿Quién ha podido cometer semejante atrocidad? -preguntó a continuación Guinea, mientras Gangoiti desandaba el trecho realizado y se sentaba impactado en su sillón-.

-Ha sido el general Santiago -respondió una voz que resonó a sus espaldas-.

Era José Berecochea, que llegaba con una evidente cara de preocupación y que se sorprendió al ver al hijo de su hermanastro en ese lugar.

-¿El gobernador? -le interrogó Marcelino incrédulo-.

-Así es -confirmó con gran malestar el administrador-. Cuando me he enterado de lo ocurrido, me he acercado al Palacio de Gobernación y uno de sus ayudantes me ha confirmado confidencialmente que ha sido orden del mismo general para dar un escarmiento. Según él, esos nueve hombres formaban parte de un grupo de bandidos, pero entre la población se está extendiendo la idea de que eran simples agraristas los que están colgados del «árbol de Navidad». De esa manera lo ha bautizado la gente de la calle.

-¡Vaya nombre! -exclamó Marcelino-.

-Me parece que el general Santiago se está extralimitando -comentó Gangoiti con el entrecejo fruncido-. Cuando promovimos la sustitución de José Santos Godínez como gobernador de Nayarit ante el Congreso y la Comandancia Militar, no nos imaginábamos que su sustituto iba a ser así de salvaje. En su toma de posesión, en marzo de este año, anunció que iba a erradicar el bandolerismo en esta tierra fuera como fuese, pero nunca pensé que sería capaz de fusilar gente delante de la catedral o que terminaría colgando a varios hombres de un árbol.

-En la calle, los tepiqueños no califican de bandidos a todos esos hombres a los que está matando Francisco Santiago, sino de agraristas -señaló Berecochea, quien siempre procuraba tener ojos y oídos entre los trabajadores y los campesinos para estar bien informado-. Y culpan de muchas de esas muertes a esta Casa. Piensan que nos está protegiendo de aquellos que, acogiéndose a la nueva Constitución, quieren hacer realidad el reparto de la tierra recogido en la Carta Magna.

-¡La Casa Aguirre nunca ha instigado la matanza de agraristas! -gritó furioso Gangoiti-. Lo único que hemos llegado a hacer fue pedir justicia cuando el administrador de la hacienda de Chilapa, José Allende, fue secuestrado y, tras ser liberado, asesinado. Y también hicimos gala de la misma serenidad cuando fue asesinado Marcos Hormaechea.