Itziar Ziga
Activista feminista
JO PUNTUA

Akelarre en las venas

Hace unas cuantas noches, bajo esa lluvia baztanesa que cala mientras acaricia, una de sus hijas me lo reveló: Graxiana nunca fue la reina del akelarre de Zugarramurdi que los inquisidores castellanos nos contaron. Porque aquella bacanal era la celebración clandestina y nocturna de un mundo que se negaba a desaparecer. Horizontal, circular, orgiástica, anárquica, yonky. No había reina, ni rey, ni amo, ni sacerdote, ni orden, ni ceremonia. Pero la anciana Barrenetxea, de quien nos reivindicamos orgullosa progenie, fue señalada como jefa por sus torturadores. Murió en 1609 en los calabozos de Logroño, antes de ser conducida a la hoguera.

Me gustaba llamarla reina, pero prefiero la desmentira. Tiene más que ver conmigo, con nosotras, con nuestro pueblo desbocado e insurgente. Ninguna estirpe se mantiene alzada contra el invasor tantos siglos sin brujería, sin quebrantar las normas de la realidad, sin sorginas. «El mundo debía ser desencantado para ser dominado» aclara Silvia Federici en ese tratado que lo explica todo, “Calibán y la bruja”. Hubo un feminicidio sobre cuyos estragos se fundó la Europa de los imperios y del capitalismo. Y nos partió en dos, nos hizo añicos. Aunque ni por esas nos rendimos.

En los 80, el feminismo vasco se negó a mitificaciones matriarcales: hicimos bien. No hay nada más paralizante que asumir que has alcanzado el edén cuando queda tanto por hacer. O creer que albergamos un paraíso latente que aflorará cuando recuperemos la tierra, como si el patriarcado moderno no nos hubiera estragado. Nosotras, más que nadie, detectamos y denunciamos la desventaja estructural de género y las mil violencias con las que se nos socializa como a inferiorizadas. También a las vascas, por muy bastardas de Europa que seamos. Cien mil graxianas nos impiden desde las entrañas hacer como si todo hubiera sido un mal sueño.

Pero hay algo que desborda nuestros relatos modernos de liberación nacional y feminista: esta temeridad asombrosa. Sin la que no hubiéramos sobrevivido y que nos conecta con lo anterior, lo indígena, lo libertario y lo radical. No estaríamos donde estamos de haber renunciado al akelarre por el camino.