Joxemari Olarra Agiriano
Militante de la izquierda abertzale
GAURKOA

Esperando no se abren las cárceles

Las condiciones nunca son las ideales», nos advertía, desde la experiencia, una prisionera republicana irlandesa. Nunca son las ideales, cierto; a lo que podríamos añadir que es así incluso cuando las circunstancias parecen las idóneas. Desde Euskal Herria siempre hemos mirado al norte de Irlanda como si allá el proceso político hubiera seguido una hoja de ruta inequívoca hacia la resolución del conflicto, sobre todo mirando el tema de las prisiones. Hemos tendido siempre a una cierta mitificación de su proceso centrándonos en lo positivo, deslizándonos sobre lo negativo –cuando no obviándolo– y más veces de las debidas pensando que una vez firmados los Acuerdos de Viernes Santo, de los que vienen a cumplirse 18 años, todo fue esperar a que se fuera haciendo realidad un recorrido pactado de excarcelaciones. Veíamos por televisión la liberación de prisioneros, y la imagen nos hacia soñar con algo parecido en Euskal Herria.

Pero las cosas no fueron así porque, como bien recuerdan los militantes irlandeses, las condiciones nunca son las ideales y si uno se queda esperando jamás pasa nada. Allí no hubo ningún decreto de amnistía ni nada que se lo pareciera, por mucho que se tratara de acuerdos multilaterales con los propios estados implicados. Los prisioneros dieron pasos, hicieron públicas sus declaraciones de compromiso con el nuevo tiempo y cada caso se estudió de modo individual. Y no fue precisamente un sendero de pétalos porque estuvo plagado de espinas. A pesar de los problemas, nunca se detuvieron a esperar acontecimientos y cada excarcelado se convertía en otro elemento activo para seguir devolviendo más compañeros a sus familias.

Precisamente por eso, porque esperando nunca pasa nada, toda la izquierda abertzale adoptó el principio de unilateralidad, para hacer movimientos que generen acontecimientos que posibiliten afrontar nuevos movimientos. Ya que las condiciones nunca son las ideales, hay que facilitar circunstancias favorables que nos acerquen a los objetivos. Es lo que hizo el EPPK en su comunicado de diciembre de 2013. Aquella declaración de los prisioneros políticos vascos fijó un hito en el marco del proceso y representó un decidido paso al frente cargado de dignidad desde la valentía que siempre ha caracterizado su compromiso político.

EPPK advertía en su texto que los enemigos de la paz y la libertad de Euskal Herria pretendían ahogar entre los muros de las prisiones el proceso democrático vasco. Para evitar que el proceso enfangara, los militantes encarcelados asumieron la responsabilidad que consideraban les correspondía y tomaron una serie de iniciativas inéditas hasta el momento. Tras recordar las razones y el origen político del conflicto, los prisioneros manifestaron su compromiso con las vías y los medios políticos y democráticos así como con el nuevo escenario político vasco, expresando la renuncia explicita al uso de los métodos utilizados en el pasado. Pidieron la derogación de las medidas de excepción, el cambio de la política penitenciaria y, como prioritario, el fin de la dispersión y el alejamiento. Los miembros del EPPK, por su parte, aceptaban los cauces legales, aunque implícitamente supusiera la aceptación de la condena, y que, en el marco de un plan global, el proceso de vuelta a casa fuera escalonado y mediante compromisos individuales.

Lejos de cualquier arrepentimiento o delación, incluso reconocían «con toda sinceridad el sufrimiento y daño multilateral generado como consecuencia del conflicto».

Desde entonces, los prisioneros han tratado de caminar en ese sentido presentando recursos por la repatriación, además de otros específicos sobre enfermos graves o mayores de 70 años. Todo ha sido infructuoso y no han podido avanzar nada porque cada paso ha sido abortado desde el Estado.

Se les pidió reconocimiento del daño injusto causado, y lo hicieron; compromisos con las vías políticas y democráticas, y lo hicieron. Se les pidió no volver a utilizar métodos del pasado, y lo hicieron. Pero frente a cada iniciativa se han encontrado con un muro infranqueable, además de un listón colocado cada vez más alto desde lobbies innombrables y mediáticos.

A pesar de que el repaso de estos años sea poco luminoso, no por ello se puede caer en balances derrotistas, que lleven a la impotencia, la ansiedad y la angustia. No haber avanzado no significa que el planteamiento de diciembre de 2013 fuera erróneo sino que no tuvo el recorrido deseado. Y no por los prisioneros sino principalmente porque aquí fuera no fuimos capaces de ofrecerles la debida cobertura, el imprescindible empuje que hace que su voz, su fuerza pueda alcanzar las instancias a las que ellos, al ser rehenes del Estado, no pueden llegar. Por un cúmulo de circunstancias, fuimos los que estamos a este lado de los muros quienes no dimos la talla y no supimos reaccionar como hubiera sido de esperar ante ese bloqueo, buscando fórmulas novedosas para romperlo y provocar el fin de la política penitenciaria de excepción.

Necesitamos a nuestros prisioneros en casa. Les necesitan a su lado sus familias, sus compañeras y compañeros. Les necesita de manera vital esta Euskal Herria que hoy palpita como nunca por su libertad. Fue el compromiso político lo que les llevo a prisión, donde han mantenido su lucha a pesar de los durísimas condiciones impuestas a lo largo de los años. También dieron una formidable muestra de su voluntad y disposición con el nuevo tiempo en aquella solemne declaración de diciembre de 2013.

Dos años más tarde, va siendo hora ya de que quienes estamos fuera asumamos la responsabilidad de quitarles lastre, de sacar la carga a este lado de los muros y empuñar debidamente el reto de traerlos a casa. Los miles de vascos que durante decenios hemos conocido las prisiones, el exilio, la deportación, la represión en cualquiera de sus formas tenemos una particular sensibilidad frente a los prisioneros porque hemos sentido en nuestra propia carne esos mismos dolores. Lo hemos padecido por el compromiso con Euskal Herria y su libertad, el mismo por el que siguen dentro. De ahí nuestra especial mirada hacia ellos.

Pues bien, si los prisioneros, como militantes políticos, están reclamando su participación en el proceso democrático y quieren regresar a la calle para seguir trabajando por el porvenir de Euskal Herria, quienes estamos aquí fuera tenemos la obligación de asumir un compromiso homólogo hacia ellos, con la diferencia de que nosotros no estamos en una celda sino en nuestras casas, haciendo nuestras vidas; disponemos de una capacidad de maniobra de la que ellos carecen.

Exprisioneros, exrefugiados, todo abertzale de izquierda mantenemos una deuda ineludible con quienes siguen en las cárceles. Una deuda que solo se salda quitándoles peso en su lucha por el fin de la excepcionalidad penitenciaria, dándoles toda la cobertura, hasta la imposible, en el desarrollo de sus iniciativas como Colectivo de Prisioneros Políticos Vascos y desbrozándoles el camino para regresar a sus casas, que es donde tienen que estar. Nos toca, pues, hacer nuestra parte para que aquello que establecieron en diciembre de 2013 tenga ya el debido recorrido y comience a poder ir materializándose en avances tangibles. Liberar de carga las cadenas de los prisioneros. No sólo para que ellos puedan llevar a cabo mejor las iniciativas que consideren oportunas en cada momento sino para darles cobertura y apoyo; dar la debida asistencia a sus pasos de modo que resulten ineludibles en toda instancia y circunstancia.

No esperemos a que pase algo, hagamos que suceda; echemos a rodar monte abajo una bola de nieve que tire de una vez por todas los muros que encierran a nuestros militantes encarcelados. Mientras no les traigamos a casa habrá una parte de nosotros que seguirá prisionera. En su libertad está también nuestra propia liberación. Se lo debemos a ellos y a sus familias; a Euskal Herria.