27/08/2016

Tractores, abatefuegos y ramas del tamaño de un hombre

El fuego, o el miedo al fuego, es algo atávico y que deja a cada cual en su sitio. Es duro oír que los esfuerzos de los bomberos en sofocar las llamas van a ser destinados al flanco Oeste, por tener mayor valor ecológico, cuando tu pueblo queda justo al otro lado. Quizá no haya tanto bosque, pero es el bosque que tienes. Conmueve ver cómo un pueblo entero, hombres y mujeres, se echa al monte a proteger su término. Al principio, se arman con ramas de chaparro para rematar los focos y evitar que revivan. Los que tienen todoterrenos zumban por las pistas y saltan por las piezas ya cosechadas para llevar agua a los demás, que tienen el reseco del calor y del humo. Después, llega la DYA con abatefuegos, una especie de remos de metal y caucho que no dejan de ser la versión sofisticada de las ramas de chaparro. Mientras van de lleco en lleco –que es como se llama a los retales de robledal primitivo– todos miran al cielo en busca de humo y de aviones.

De vez en cuando aparecen, grandes como titanes, los tractores trabajando a todo gas. Sin quitar mérito a los helicópteros e hidroaviones, el grueso de las llamas de este incendio las pararon los tractores clavando el arado para hacer cortafuegos. Un incendio tan grande como el que ha quemado buena parte de la Zona Media –y medio término de mi pueblo– tiene kilómetros y kilómetros de perímetro. Solo los labradores pueden contener semejante frente. Por eso ese día se les saluda como a héroes, porque cruzando el monte a pie con ramas en la mano se siente también mucha frustración. Verles trazar el surco y poner coto al fuego da mucha alegría. De verdad.

Hoy el monte está negro. No sé como lo hacen, pero las mantis religiosas sobreviven a las llamas. Aunque las que vi ayer durarán poco, porque el camuflaje ya no les sirve de nada. Son de lo poco verde que queda y, por tanto, presa fácil. Ni idea de qué habrá sido de liebres, tejones, búhos, mixarras y demás.

Muchos de los robles también superaron la prueba. Aquellos que no estuvieron en lo peor de las llamas y cuyo tronco tenía más de un palmo de diámetro pienso que aguantarán. También vi a los bomberos cortarle una rama a un quejigo de cientos de años que era más gruesa que un hombre.

Cada vez hay menos tractores y quienes los conducen ya no son los más jóvenes. La población ha dado la espalda al campo, porque «no da». Nos olvidamos de que el monte está ahí, de sus animales y de dónde acaban los caminos. Al final fue la suerte la que quiso que el viento dirigiera las llamas a tierra de nadie, lejos de las poblaciones, aunque en Puiu siguen con el susto. Dicen que ha sido el peor incendio en 30 años. La duda que me duele, la que me quema, es si dentro de 30 años habrá tractores suficientes como para frenar unas llamas iguales.