2017/09/15

Jordi MUÑOZ
Politólogo
Contra pronóstico

No ha sido un proceso fácil, ni tampoco lineal. Que el soberanismo catalán haya llegado hasta este punto de convocar y organizar un referéndum de autodeterminación con el Estado español en contra era algo que difícilmente se podría haber imaginado hace sólo, pongamos, quince años.

El punto de partida, por ponerlo en perspectiva, era de un apoyo social a la independencia cercano al 13% en el año 2006. Con un catalanismo dividido entre un centro-derecha autonomista y una izquierda independentista que, a pesar de su crecimiento, estaba lejos de la hegemonía. Aquellos 11 de Septiembre de hace sólo una década eran extremadamente minoritarios, y las divisiones ideológicas entre diversos sectores del soberanismo (que siguen intactas hoy) parecían un obstáculo insalvable para una mínima unidad de acción.

Pero una combinación de factores giró la historia, y el catalanismo mayoritario, que parecía condenado a limitarse a buscar un acomodo no demasiado doloroso en el Estado español, se rebeló contra su destino. ¿De dónde viene esto? Seguramente hay un poco de reemplazo generacional, una gran dosis de trabajo tenaz de los independentistas de siempre, y, sobre todo, un Estado incapaz de comprender la magnitud de la ruptura que supuso la reacción furibunda contra la modesta propuesta de reforma estatutaria impulsada por Maragall.

Por eso hoy el independentismo catalán, tradicionalmente minoritario, se ha convertido en la corriente sociopolítica central en Catalunya, y tiene una capacidad de movilización y suficiente cohesión –a pesar de las enormes diferencias internas– como para plantear un referéndum de autodeterminación. Nadie sabe cómo terminará este mes de septiembre, pero al menos sí sabemos que nada volverá a ser como antes: la magnitud de la desobediencia, y de la respuesta represiva, transformarán el paisaje sociopolítico, y muchas conciencias en Catalunya.

El proceso que nos ha llevado hasta el día de hoy ha sido complejo, lleno de contradicciones y dificultades. El soberanismo tiene dificultades para romper su techo de los dos millones de votos, y en ciertos sectores no independentistas se ha producido una reacción adversa muy intensa (véase el tono del PSC o Iniciativa estos días). Pero a pesar de todos los límites y problemas, aquí estamos: con un gobierno decidido a convocar el referéndum, un millón de personas en la calle y más de 700 alcaldes y alcaldesas comprometidos con un proceso desobediente. Quién lo hubiese dicho.