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Debates políticos de fondo en la creación de los grupos parlamentarios

Tiene razón Podemos cuando dice que ha sido una decisión política de la Mesa del Congreso la que ha vetado la constitución de cuatro grupos formados por el partido de Pablo Iglesias y sus confluencias en Catalunya, Galiza y País Valencià. Hace cuatro años, a Amaiur se le impidió formar estructura propia porque se había quedado en el 14,9% en Nafarroa cuando el mínimo es el 15% y en esta legislatura Democracia i Llibertat y ERC podrán disponer de ella pese a no haber llegado a esa cifra en la circunscripción de Barcelona. La interpretación es abritraria y el órgano rector de la Cámara Baja puede hacer lo que le venga en gana. Esto también es jurisprudencia del Tribunal Constitucional, que reconoce la capacidad del Parlamento de organizarse como quiera. Es decir, que puede hacer una cosa y la contraria, ya que todo puede interpretarse. 

Tomando esto en consideración, el debate sobre los grupos va más allá de lo meramente técnico y tiene que ver con proyectos políticos. Tan cierto es que PP, PSOE y Ciudadanos han vetado la propuesta de Podemos como que los de Pablo Iglesias se cerraron en banda para que Unidad Popular tuviese grupo. Dicho de otro modo: el «establishment» no quería que el Congreso reflejase el modelo de «pueblo» que promueve Podemos y estos no podían permitirse resucitar a una Izquierda Unida cuyo gran caudal de electores podría menguar en futuras citas con las urnas con la apelación al «voto útil». En todo esto se cuela la discusión sobre la investidura de Pedro Sánchez, pero el líder del PSOE ya se había garantizado el «no he sido yo, sino el PP» permitiendo que Mariano Rajoy y Albert Rivera tuviesen mayoría en la Mesa a cambio de colocar a Patxi López en un lugar visible del hemiciclo.

Más allá de las cuestiones instrumentales, la clave está en un debate de fondo. Y ahí los de Podemos son maestros en vender como nuevo algo a lo que simplemente han rebautizado. En la práctica, su grupo parlamentario «confederal» no se diferenciará en absoluto de la fórmula empleada por La Izquierda Plural durante la pasada legislatura. A falta de que se concreten los tiempos de los que dispondrán sus portavoces, la única distancia visible es la que va desde los 65 parlamentarios que lidera Pablo Iglesias hasta los 11 que estuvieron bajo la batuta de Cayo Lara. Sin embargo, han logrado contentar a sus confluencias apelando a una «plurinacionalidad» que, sin referéndum efectivo en Catalunya, no tiene plasmación real más allá de la organización interna de un grupo en el Congreso.

En el fondo da la sensación de que la «fraternidad» a la que suele apelar la formación morada es la versión amable de «unidad de España». Más democrática, sí, pero que no se soluciona con grupos parlamentarios, aunque fuesen por separado.

 

P.D. : Poco antes de terminar el «post» recibimos la noticia de que la Mesa del Congreso veta el Grupo formado por ERC, EH Bildu y Unidad Popular. Cosas de ceder la mayoría del órgano a la derecha: el PSOE puede echarles la culpa del atropello y limpiarse las manos como Pilatos. No son cuestiones técnicas sino políticas. 

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