20/05/2019

Raimundo Fitero
Eso

El festival de Eurovisión ha alcanzado la máxima cuota de la politización en sus formas, connivencias y entreguismo a la desmembración. Este año, con polémicas, intentos de boicot y tensiones añadidas se ha celebrado en Israel, que está en Europa como todo el mundo sabe. Lo mismo que Australia, que participó de manera inclusiva, es decir, se llega por las multinacionales de la estulticia, no por asuntos geográficos o de pertenencia, siempre que se tenga poder demográfico o económico, además de formar parte de la internacional de la horterada. Eso sucedió un año más. Y como Eso sucedió, habrá que ver qué sucedió. Pues que actuó Madonna, desafinó con la solvencia que le caracteriza y presentó un show que, a ojo de buen cubero, costó algo parecido al presupuesto de una cadena de televisión autonómica. Espectacular, con sus músicos, bailarines, un vestuario que iba de lo monjil a lo exuberante. Un colofón extravagante como gesto político de poderío del país organizador. Un público in situ organizado para silbar a cualquier referencia a Palestina o crítica al Gobierno. Lo esperado. Eso a lo que me refiero es un monumento al barroco. Cada año, los escenarios diseñados para la televisión cuentan con mayores alardes tecnológicos, sistemas de iluminación que crean sensaciones mágicas, por lo que los participantes buscan siempre efectos que conviertan su simpleza armónica, su cancioncilla o tema en algo posible de transformar en un baño de alucinaciones visuales. Y nada más. O poco más. Muy reiterativos. Catálogo de horteradas. Es un ritual de globalización neoliberal de estética recargada de modernidad angustiosamente retrógrada. La delegación española hizo el ridículo una vez más. Es una tradición. En esta ocasión creo que se equivocaron de evento, debían haber ido a un fin de curso de universidad del Opus.