22/02/2020

Magia para las dudas

Empezó la 70 edición de la Berlinale (ya lo comentamos ayer) con paso dubitativo; a lo mejor sugiriendo que la transición entre la dirección del saliente Dieter Kosslick y la del entrante Carlo Chatrian no iba a ser cuestión de unas pocas horas, sino que iba a ser un proceso que tomaría su tiempo.

Y efectivamente, la segunda jornada arrancó con las mismas dudas que la anterior. A todo esto, la competición para el Oso de Oro seguiría teniéndonos en espera, y a lo mejor ahí estaba el problema, porque la sección fuera de concurso seguía mostrándose incapaz de aportar argumentos más allá del glamour más decadente. A propósito de... llegó Johnny Depp a Berlín.

Lo hizo para presentar “Minamata”, especie de telefilm peligrosamente legitimado por la certeza de tener la justicia social de tu parte. La propuesta, para entendernos, pretendía rescatar del olvido el trauma colectivo al que se refería el título. O sea que Mr. Depp, antaño estrella de primerísima línea, se puso en la piel del célebre fotoperiodista W. Eugene Smith. La gracia –perversa– del asunto estaba en que por aquel entonces, los problemas con el alcohol habían relegado al pobre hombre a un más que vergonzoso segundo plano. De Smith hablamos, no –necesariamente– de Depp. En fin, que el interés lo capitalizó el intentar averiguar hasta dónde llegaba la actuación y hasta dónde lo hacía la persona real. El resto corrió por los derroteros arquetípicos del thriller (o drama, quién sabe) de denuncia ecologista: las emociones, más que dirigidas, fueron groseramente manipuladas, y el dedo acusador se blandió con la comodidad de saber que la vergüenza caería en suelo extranjero. Se podría hasta haber ocasionado un incidente diplomático internacional... si la película le importara lo más mínimo a alguien.

Por suerte, dimos con ese punto de inflexión que ya empezaba a ser urgente. En caso de problemas, siempre viene bien tener a mano la carta Pixar. La prestigiosa factoría del flexo saltarín presentó “Onward”. La que podría pasar, sobre el papel, como una respuesta tardía de Disney al fenómeno de “Shrek” (pues aquí el gancho volvía a estar en revivir, con frescura pop, la fantasía de los cuentos clásicos), se concretó como la enésima demostración del carácter casi infalible de dicho sello.

Y es que, ahora mismo, pocos o directamente nadie puede poner en duda a quién pertenece el trono del cine de animación concebido para el disfrute de las grandes masas. Para prueba, esta aventura constantemente sustentada por un afinadísimo sentido del espectáculo, por un humor muy apto para todas las edades y, cómo no, por una inteligencia emocional marca de la casa. Con unicornios, elfos, centauros y trolls, Pixar siguió rindiendo a muy alto nivel.

Y a todo esto, por cierto, por fin empezó la tan esperada competición. Lo hizo con “Volevo nascondermi”, del italiano Giorgio Diritti y con “El prófugo”, de la argentina Natalia Meta, dos cintas hermanadas en su innegable capacidad para poner sobre la mesa ideas más que prometedoras... y por su incapacidad para concretarlas a la hora de la verdad. La magia, ya se ve, corría a cargo de la Pixar.