
David Cameron se ha preparado el examen. Al él y al presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, les faltan horas en el día. Ambos líderes, cada uno por su lado, han apurado al máximo las reuniones maratonianas con representantes de los socios comunitarios de cara a la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que arranca mañana y es crucial para determinar la fecha del referendo sobre la permanencia del Reino Unido en la UE.
Cameron no cuenta con ningún Estado que le apoye de manera incondicional. La canciller alemana, Angela Merkel, es, quizás, una de las más comprensivas con las peticiones del primer ministro y recientemente mostraba su apuesta por una Gran Bretaña en Europa porque «es el interés de Alemania, debería ser el interés británico y por supuesto es el europeo». El premier británico se reunió con ella el viernes. El lunes lo hizo con el presidente francés, Francois Hollande, hasta ahora uno de los más firmes ante sus peticiones, aunque tras el encuentro declaró que existe «una base firme para el acuerdo». La ronda de contactos continuó ayer con el presidente de la Comisión Europea Jean Claude Juncker y el presidente del Parlamento Europeo (la Eurocámara debería legislar y dar luz verde en última instancia a muchas de las reformas planteadas), Martin Schulz. Todos ellos, encuentros cara a cara. Con el presidente del Gobierno español en funciones, Mariano Rajoy, a Cameron le bastó con hacer una llamada telefónica.
Paralelamente, la otra parte interesada en que el acuerdo llegue a buen puerto también ha hecho de la gira por Europa su principal tarea estos días. Donald Tusk se ha reunido con más de una decena de líderes en solo tres jornadas para tratar de salvar los escollos que dificultan el consenso. De momento el líder del Consejo Europeo advierte de que «la situación es crítica y el riesgo de ruptura de la Unión Europea es real». Palabras de las que se extrae que no está siendo fácil convencer al resto de los miembros del club. A Tusk le preocupa la posición de los que componen el llamado grupo de Visegrado –Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia–, que cuentan con cientos de miles de ciudadanos que emigraron al Reino Unido la pasada década, y que denuncian la discriminación que supone la reducción de las ayudas sociales en los primeros cuatro años para los inmigrantes, una de las exigencias británicas. Además, estos estados temen que se siente un precedente y que territorios como Alemania tengan la opción de acogerse a una medida similar.
Dentro de casa
A su vez, Cameron hace campaña por la permanencia en una Unión Europea reformada dentro de sus propias filas, incluso dentro de su propio Gabinete, que cuenta con al menos cinco miembros euroescépticos, incluido el presidente de la Cámara de los Comunes o la ministra de Empleo. Si la cumbre europea finaliza con el resultado deseado por el líder británico, el mismo viernes convocará a su Gobierno a una reunión sin precedentes en la que se espera que varios de sus integrantes renieguen del acuerdo alcanzado. Mientras tanto, siempre que puede, Cameron va adelantando la campaña europeísta, con declaraciones alarmistas sobre la inmigración, asegurando que con Gran Bretaña fuera de la UE «muchos políticos franceses apostarían por romper el pacto» que permite a la Policía bri&bs;tánica comprobar pasaportes en la localidad francesa de Calais. También ha resaltado que «la unidad en Europa es necesaria para luchar contra las amenazas del Estado Islámico, Rusia o Corea del Norte». La campaña pro-Europa de Cameron no es disimulada y está en marcha antes, incluso, de cerrar el acuerdo entre los Veintiocho, antes de convocar el referendo o antes de que la Comisión Electoral británica designe cuales serán las plataformas oficiales para hacer campaña por una u otra opción. Queda por ver cómo el político londinense daría la vuelta a todas estas afirmaciones si finalmente sus socios europeos rechazan los puntos de reforma planteados. La suerte está echada.
Juncker asegura que solo existe un «plan a», la permanencia
El presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker, insistió ayer en que «no hay un plan B» por si no se logra un acuerdo con Gran Bretaña y ese Estado sale de la Unión Europea (UE), sino solo «un plan A» que es su permanencia. «No entro en detalles de un plan B porque no tenemos un plan B. Tenemos un plan A. El Reino Unido permanecerá en la UE como miembro constructivo y activo» del club comunitario, recalcó. «Si dijera que tenemos un plan B eso indicaría de alguna manera que la CE contempla seriamente que el Reino Unido pueda abandonar la UE», explicó Juncker, que recibió a David Cameron.
El primer ministro británico viajó a Bruselas para tantear el terreno y, según dijo, tiene el apoyo del Parlamento Europeo. El principal mensaje de la jornada fue el recordatorio de su presidente, Martin Schultz, respecto a que el acuerdo, además de tener que ser consensuado con sus socios europeos y de recibir el visto bueno de los británicos, tiene que ser aceptable para la Eurocámara, porque una vez logrado un resultado positivo en el referendo, Bruselas plantearía propuestas legislativas para desarrollar el acuerdo y que necesitaría el aval parlamentario.
El líder del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, mostró un respaldo claro a Cameron al asegurar que la Eurocámara será «un socio justo», mientras que Gianni Pitella, del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, advirtió de que respalda un acuerdo con Londres, pero no a costa de discriminar a ningún ciudadanos europeo. El líder de los liberales, Guy Verhofstadt, apoyó reconocer el «estatus especial» británico dentro de los actuales tratados, aprovechando la oportunidad para avanzar en la integración europea del resto.
Los expertos señalan que hay que encontrar una solución que se ajuste al marco legislativo actual y que no de paso a reivindicaciones nacionales «a la carta», que podría animar a otros socios a seguir los pasos de Londres.GARA

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