Karlos ZURUTUZA

Carreras hacia la línea de salida

Con tres Gobiernos sobre el papel, dos parlamentos rivales y cientos de milicias sobre el terreno, hacer política en Libia es como intentar conducir un coche por un cenagal. A pesar de todo, algunos lo siguen intentando.

Calculando rutas por carreteras que siempre guardan sorpresas. Esta vez el desafío consiste en atravesar los cien kilómetros entre las playas de Zuwara y las cumbres de Nafusa. Fathi Ben Khalifa, disidente histórico de la causa amazigh, lidera hoy un partido político nuevo y quiere pasarse por las montañas para recabar apoyos. Hace dos días mencionó la posibilidad de viajar en helicóptero; también la de salir a Túnez, a 60 km de Zuwara, y acceder de nuevo a Libia por el paso de frontera de Wazzin, en las montañas. Puede parecer exagerado, pero se antoja como la opción más prudente si tenemos en cuenta que la ruta directa atraviesa zonas gestionadas por leales a Gadafi, milicias afines al Gobierno de Tobruk –uno de los tres que hay en Libia–, o simples bandas criminales. Contra todo pronóstico, se opta por no dar ningún rodeo.

«Irá un coche delante nuestro», revela Ben Khalifa, quitándole hierro al asunto.

A apenas 15 kilómetros al sur, los restos de una furgoneta calcinada en el arcén nos indican que estamos a punto de entrar en Jmeil, uno de los pueblos en el arco de localidades árabes que rodea Zuwara. Son los «colonos» que Gadafi instaló para diluir el único enclave amazigh en la costa de Libia. El águila en el escudo de la milicia local es la de Gadafi, la de la Jamahiriya. Destaca también en la boina roja del único guardia en el checkpoint. Aquí nadie se esconde su filiación; ni ellos, ni tampoco Ben Khalifa, un rostro muy conocido en Libia, y en un coche con matrícula de Zuwara. Es la del número 5.

No obstante, en Jmeil no es fácil saber quién es quién. Las milicias locales, afines al Gobierno de Tobruk, se han enfrentado más de una vez entre sí por motivos que tienen más que ver con los beneficios del tráfico de combustible que con ideas políticas. Y tampoco es fácil saber qué queda del movimiento «gadafista»: la mayor parte de la cúpula del aparato militar de Gadafi se encuentra exiliada en Túnez y Egipto desde 2011, y muchos de los leales al antiguo régimen se agruparon bajo el paraguas del Gobierno de Tobruk, que cuenta hoy con el respaldo de Arabia Saudí, Egipto y Rusia. Saif al Islam, segundo hijo de Gadafi y destinado a ocupar su lugar fue capturado en 2011 y presuntamente liberado en junio de este año. A día de hoy se desconoce su paradero, y la falta de pruebas gráficas que demuestren que sigue vivo alimenta las sospechas de que habría sido ejecutado al poco de su arresto.

El miliciano nos deja pasar sin pedir ni pasaportes ni explicaciones. Ben Khalifa nos las da a continuación: «Hemos hablado con el jefe de su milicia antes de salir y le habrá avisado de nuestra llegada», dice el bereber. Cuando los árabes de Jmeil quieren cruzar a Túnez, o simplemente ir a la playa, hacen lo mismo. Ese el trato.

Enemigo de enemigos

Una vez dejado atrás el arco de pueblos árabes, la carretera se pierde en un desierto que es propiedad exclusiva de los camellos: comen matorrales en mitad de la nada, se quejan desde traseras de pick ups a las que los han amarrado, o esperan pacientemente a que alguien retire sus cadáveres tras haber sido atropellados. «Son muy peligrosos», avisa Ben Khalifa.

Pero el problema de zonas desérticas e inhóspitas como ésta no son los bichos ni las milicias, sino las bandas de criminales que te roban la cartera y el coche. El conductor insiste en no bajar de 200 –vamos en un BMW– mientras el copiloto envía continuamente nuestra localización de GPS a Zuwara. Aquí no hay comandantes rivales con los que hacer tratos por teléfono.

Así llegamos a Wotya, un puesto especialmente sensible dado que alberga una base militar bajo control de la milicia de Zintan. Hablamos de un enclave árabe en las montañas libias donde los amazigh son mayoría. A estas alturas resulta redundante decir que ambos se odian, pero atravesamos el checkpoint sin problemas. Ben Khalifa se vuelve a explicar: «El coche delante nuestro lo conduce un tipo muy conocido de Jadu –aldea bereber vecina de Zintan–. Los árabes saben que si le tocan un pelo habrá represalias al momento».

Zintan fue una de las primeras en unirse al levantamiento de 2011; no en vano, fue su milicia la que capturó a Saif y, siempre presuntamente, lo mantuvo encerrado hasta su liberación. Pero la resaca de la posguerra acabó arrastrando a los árabes de las montañas hacia Warshafanas, Gadafas, Warfalas o Magarhas, es decir, a unirse a aquellas tribus contra las que lucharon. El enemigo fueron siempre sus vecinos bereberes, o la poderosa Misrata. Fue esta última la que expulsó al ISIS de Sirte hace ahora un año, pero también la única capaz de desafiar el férreo control sobe Trípoli de Rada, la milicia salafista a sueldo del Gobierno de la ONU. No recurran a las claves sectarias de Siria o Irak para intentar entender el conflicto en este rincón del Magreb: Libia es mucho más compleja.

Carrera de fondo

La carretera serpentea cuesta arriba, ya en las lindes de Jadu. La señalización trilingüe en tamazight, inglés y árabe nos recuerda que estamos en el bastión de roca de la principal minoría del país. Hoy recibe la visita de uno de sus hijos más ilustres. Tras la ceremonia del reencuentro entre abrazos y litros de té, Ben Khalifa se sienta en una mesa que preside la sala donde se reúne el Consejo Local de Jadu. «He venido a explicaros mi proyecto y a responder a vuestras preguntas; a todas”, adelanta el amazigh de la costa ante una treintena de hombres de la montaña. No hay ninguna mujer.

El partido se llama LIBO, nombre de la tribu amazigh del que deriva hoy el de todo el país, «porque todos somos libios». Ben Khalifa subraya que estaban listos desde 2013, pero que entonces no se daban las condiciones para hacer política. Las elecciones parlamentarias y presidenciales programadas para el año que viene son el desafío que LIBO afrontará con un programa revolucionario: laicismo frente al «islamismo radical que asfixia al país»; igualdad de género y derechos de las minorías –el nombre del partido está escrito en tamazight, tubu y árabe–.

Tras la presentación se abre el turno de preguntas: «¿Es cierto que usted ha visitado Israel?», pregunta alguien a través del teléfono de uno de los asistentes. Ben Khalifa tenía preparada la respuesta. «Sí, y también Japón, y muchos otros sitios».

La siguiente es mucho más complicada: el líder de LIBO es un rostro muy vinculado a un movimiento, el amazigh, cuyo rechazo comparten los tres Gobiernos de Libia que cuentan con el apoyo de potencias como Rusia, Francia, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos… «¿Quién le apoya a usted?», remata el asistente.

Ben Khalifa elude una respuesta directa y habla de una «carrera de fondo», insistiendo en la importancia de reeducar a los libios sobre su propia identidad; «lo que ha hecho el PKK entre los kurdos durante décadas».

El 18 de noviembre, Ben Khalifa y los suyos volaban desde el aeropuerto de Zuwara hasta Ubari. La principal localidad tuareg en el extremo sur del país congregó a miles de personas en torno a un festival de música con el que LIBO se presentaba oficialmente sobre la arena política libia. Las reacciones de los tres Gobiernos de Libia llegaron en cascada, entre ellas la Mahmud Jibril. El que fuera primer ministro interino del país tras la guerra de 2011, acusó a LIBO de «querer convertir a Libia en un país africano».

La respuesta de Ben Khalifa estaba cantada: «Libia es un país africano».

 

«tablas» en la partida libia