Elías Amezaga, el guardián escondido de las letras vascas
No es difícil imaginárselo a modo de personaje novelesco, escondido en su torre, recopilando hasta 12.000 referencias de autores vascos. Pero Elías Amezaga era un personaje real y muy de su tiempo, de su época convulsa. Su centenario lo devuelve a la actualidad.

Algo pasó, tal vez alguna conjunción astral rara o simplemente que del ahogo de la dictadura franquista salió a la superficie un deseo de vivir liberador. Algo pasó, al rebufo de la contracultura estadounidense de los 60 y del Mayo del 68 francés. La cuestión es que en aquel mundo en eclosión surgió una cierta clase de intelectual, de una cierta “pasta”, léase, entre nosotros, un Jorge Oteiza, un Marc Légasse, un Nestor Basterretxea o un Elías Amezaga. Tal vez fue por la época que les tocó vivir, que vivieron intensamente.
Ahora que está cercana la fecha del centenario de su nacimiento, en el caso de Elías Amezaga (Bilbo, 9 de agosto de 1921 - Getxo, 13 de abril de 2008) lo que se intenta es preservar su figura y su obra. Porque, aunque parezca contradictorio, fue un escritor prolífico pero, a la vez, un gran desconocido. Llama la atención la presencia constante de su firma en periódicos de todo tipo y tendencias: publicó sus artículos en medios que van desde “Euzkadi” hasta “Egin”, desde “El Mundo del País Vasco” hasta GARA. Escribió obras teatrales –era, sobre todo, dramaturgo–, y del orden de 60 libros, entre ensayos, biografías y su propia autobiografía, titulada “Conmigo (un cacho de vida)” (2003). Sobre él también se han escrito dos biografías, por cierto. Aunque la que fue la obra de su vida fue “Autores vascos” (1984-1996), diez tomos en los que se recopiló, ordenó y preservó la biografía de 12.000 hombres y mujeres; un trabajo que le llevó 25 años.
Lo que actualmente hubiera exigido de un equipo y mucho apoyo informático, más un buen mecenazgo económico, Elías Amezaga lo hizo en solitario empujado por su convicción, su voluntad, su urgencia de dejar el trabajo hecho y sus cuadernos, en los que apuntaba todas las referencias con letra pequeñísima y casi ilegible. ¿Y lo hizo en solitario? «¿Cuántas veces se dice que hay grandes mujeres que han estado a la sombra de los hombres, porque la sociedad era así de machista? Su mujer, Carmen, Carmina como la llamaba, era una de esas mujeres a la sombra. Falleció siete años antes de Elías», explica Abraham de Amezaga, nieto de ambos y secretario del escritor durante una década.
Desde París, donde vive, este periodista y conferenciante especializado en moda y cultura nos ayuda a recuperar la figura de su abuelo. Una placa en el suelo de la plaza Eguillor de Bilbo, una plaza situada cerca de General Concha, donde este nació, recuerda a este «escritor, polígrafo y gran bilbaino». Fue colocada por el fallecido Iñaki Azkuna en 2021, un alcalde que apreciaba al escritor y al que prologó su libro de memorias. Con motivo del centenario de su nacimiento, el jueves 23 de setiembre en la biblioteca de Bidebarrieta está prevista una jornada de conferencias en su homenaje, a la que seguirá –todavía no tiene fecha– una lectura dramatizada de su obra. Como este año coincide que es el 85 aniversario de la muerte de Miguel de Unamuno, se ha elegido una obra de Amezaga sobre éste. «De hecho, en el tomo número 8 de “Autores vascos”, Unamuno ocupa una gran parte del tomo, no solo por sus obras sino por todas las referencias recopiladas», añade Abraham.
En la casa-torre
¿Y en Getxo, donde el escritor vivió cuarenta años? Animado por su gran amigo Jorge Oteiza –«Elías, vete al monte», le debió de decir el escultor de Orio–, en los 60 compró un terreno en el barrio de Andra Mari de Getxo, donde edificó su casa-estudio: la Torre Amezaga (1965). Una torre octogonal diseñada por los arquitectos Madariaga y Gallastegi. Cuando Elías murió, en 2008, la corporación acordó por unanimidad concederle su nombre a una calle. A día de hoy sigue sin ella, pero lo que sí hay es un proyecto del Ayuntamiento de Getxo con el objetivo de tributar un homenaje a Elías Amezaga en su centenario. En lugar del 9 de agosto, la fecha elegida será el 29 de octubre. «A la familia nos interesaría que algo quede, sobre todo para las nuevas generaciones, para que sepan quién era Elías Amezaga. Aunque tampoco saben quiénes eran otros dos ilustres del barrio, porque en una zona que hace como una Y vivían Jon Bilbao, un bibliógrafo muy conocido que daba clases en Nevada, y Ramiro Pinilla, escritor que recibió el premio Nadal», apunta Abraham.

Hijo único de una familia acomodada, amante del teatro –con 13 años ya escribió su primera obra–, Elías Amezaga terminó la carrera de Derecho en Oviedo. Allí, en un grupo de teatro amateur, conoció a su mujer, Carmen, una asturiana con la que tuvo nueve hijos. Fue su compañera, su secretaria, su todo... «Hasta que yo le tomé el relevo con 17 años, ella era la que le ayudaba y le pasaba los textos. Y luego hizo a veces de secretaria del secretario. Muchos le decían que dejara lo de “Autores vascos” porque era ingrato y le dejaba medio ciego. El ordenador le llegó el año 92, cuando un hijo le pasó un Macintosh, de aquellos que parecían un hierro. Escribía en la biblioteca con una libreta de hojas cuadriculadas, de esas que entran en un bolsillo, y anotaba todo lo que había de vascos: autor, título... Y lo pegaba en folios recortados. Un trabajo de artesanos. Luego eso se pasaba a máquina».
El despertar y la amistad
De acuerdo, ¿pero un dramaturgo y articulista tan activo, cómo decide de pronto meterse a buscar por las bibliotecas internacionales, estatales y vascas referencias sobre los autores vascos? Su propio secretario lo califica como «un diccionario que es como una guía de teléfono, que tenía que haber entrado en el Guinness. Elías no era ortodoxo: vasco podía ser alguien que había nacido en el País Vasco; alguien oriundo, es decir hijo de vascos que emigraron a Venezuela o Argentina, por ejemplo; gentes que nacieron en Madrid, pero que su padre o abuelo eran vascos, porque tenía apellido vasco; gentes que vinieron al País Vasco y que escribieron desde el País Vasco. Él no hablaba euskara, por desgracia, pero sí intentaba apoyar a los escritores en euskara, escribiendo artículos sobre Txillardegi, Aitzol… La idea era hacer los diez tomos con los escritores vascos de expresión castellana, un tomo de vascos de expresión en euskara y otro de vascos de expresión francesa».
Su nieto apunta a dos circunstancias: por un lado, tuvo un fracaso en Madrid con su obra teatral “El inventor de la luna” y, por otro, está su participación en la Academia Errante (1955-1963), un grupo que unió intelectuales de diferentes ideas políticas, como Martin Ugalde, Oteiza, Koldo Mitxelena o Luis Martín Santos, y en cuyas reuniones se reflexionaba sobre Euskal Herria y su futuro, en una época en la que la cultura vasca estaba casi desaparecida. Aquello fue un revulsivo: «Se le despertó el sentimiento de pertenecer a un pueblo, el sentimiento patriótico que él no había tenido porque venía de una familia de derechas. Pero fue un hombre que nunca tuvo carnet de un partido político, porque era independiente. Era sobre todo fiel a la amistad».
Muestra de ello, su amistad con Oteiza: «Los dos se ponían muy nerviosos cuando se encontraban, porque eran de caracteres parecidos. Eran como dos volcanes, se querían mucho. Creo que Oteiza le influyó en el buen sentido. Ese despertar suyo fue en la época franquista, y él no hablaba euskara, pero se daba cuenta de que, si no podía ser desde el euskara, sí al menos desde el castellano podía poner el foco y darles a conocer. Cuando se habla de independencia, Elías decía que hay que empezar por la independencia cultural: primero los autores de aquí, pongámonos en valor. Elías sentía que tenía esa obligación moral e hizo patriotismo de esa manera generosa. Hizo mucho por Euskal Herria desde la sombra».
Encerrado en su torre, espoleado por su proyecto de vida.. Por citar algunas de sus otras obras, está la biografía del lehendakari Aguirre, la “Biografía sentimental de Sabino Arana” o “Jorge Oteiza, ahora tengo que irme” (ambas editadas por Txalaparta).
Una anécdota: Elías puso voz a su amigo Oteiza cuando este le pidió que, durante la entrega del premio “Euzkadi” que se le había concedido en 1985, le representara y leyera su carta de “agradecimiento”: ¡Y Elías leyó y hasta interpretó mientras la plana mayor del PNV salía enfadada de la sala por el contenido incendiario de sus palabras! Por cierto, HB tampoco salía bien parada. «Desde entonces muchos del PNV le metieron en la lista negra: Había gente de la antigua Herri Batasuna que creía que Elías era del PNV, y los del PNV pensaban que era de HB, esas tonterías», dice su nieto. Una última idea: «Él decía: ‘Ya veréis, se hablará de mi seguramente después de muerto’».
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