
«Extraño. Acabo de perder más de 8.000 suscriptores en dos horas. ¿He dicho algo malo?», se sorprendía en Twitter la noche del pasado lunes el actor Mark Hamill, Luke Skywalker en la saga ‘Star Wars’. Varias personalidades alienadas con los demócratas en Estados Unidos, entre ellos Barack Obama (300.000 seguidores menos de un día para otro, aunque es la persona más seguida en Twitter con más de 131 millones de suscriptores) y Bernie Sanders, han anunciado a su vez la pérdida de varios miles de suscriptores, mientras que las cuentas conservadoras acumulan nuevos.
Preguntado por la agencia AFP, Twitter ha explicado este miércoles que estas fluctuaciones parecían deberse a un aumento en la cantidad de perfiles creados o desactivados, y no a operaciones rutinarias para eliminar cuentas de robots o bots.
Esta la explicación y esta la situación que da una idea de la polvareda levantada por la decisión tomada, el pasado lunes, por la junta directiva de Twitter de aceptar la oferta pública de adquisición de Elon Musk por 44.000 millones de dólares (unos 41.000 millones de euros). Una red social definida por el propio y polémico –no deja indiferente a nadie– millonario y visionario jefe de Tesla y SpaceX como «una plaza pública digital donde se debaten asuntos vitales para el futuro de la humanidad».
¿Tuiteros comprados?
Twitter es una red pública sí, pero como sucede con las redes sociales, de propiedad muy privada. Quienes la nutren de contenido, los usuarios que la alimentan, han vuelto a ser conscientes, nuevamente, de que un millonario les ha comprado, a ellos y sus opiniones. Y que también puede utilizarles para generar beneficios económicos y políticos, además de censurarles... o abrir el grifo a los bots y cuentas tóxicas.
Este tuit fijado por Musk el martes en su cuenta de Twitter (unos 86.402.000 seguidores) da una idea de la polvareda levantada: «Por libertad de expresión, simplemente me refiero a lo que corresponde a la ley. Estoy en contra de la censura que va mucho más allá de la ley. Si la gente quiere menos libertad de expresión, que le pida al gobierno que apruebe leyes a tal efecto. Por lo tanto, ir más allá de la ley es contrario a la voluntad del pueblo».
¿Pero a qué gobierno se refiere? ¿Al estadounidense? Esa es quizás otra de las claves de esta tormenta perfecta, ya que parece que Musk realiza una interpretación centrada en EEUU.
Está por ver cómo el hombre más rico del mundo va a manejar una red que tiene alrededor de 217 millones de usuarios activos diarios, más del 80% de ellos fuera de Estados Unidos. De momento, al conocer la compra los conservadores estadounidenses y los partidarios del presidente brasileño de extrema derecha Jair Bolsonaro han aplaudido su proyecto y lo consideran el fin de una forma de ‘censura’.
Twitter lleva años intentando establecer salvaguardas para contener el denominado discurso de odio, ocultando contenidos o moderándolos, limitando los contenidos más tóxicos. Qué se considere discurso de odio es otra cuestión, porque sí que ha borrado cuentas como la del expresidente estadounidense Donald Trump, en enero de 2021, tras el asalto al Capitolio en un contexto de acusaciones infundadas de fraude electoral –Musk ha invitado a Trump a que vuelva a Twitter–, pero también ha bloqueado a muchos usuarios por contenidos que consideraba ‘inadecuados’ con criterios discutibles.
¿Dónde está la línea? Y, con un Twitter al estilo Musk, ¿habrá más libertad? ¿Seguro? «Lo último que necesitamos es un Twitter que deliberadamente haga la vista gorda ante el discurso violento contra los usuarios, (...) incluidas las mujeres, las personas no binarias y otros», ha declarado a AFP el director a cargo de tecnología y derechos humanos de Amnistía Internacional, Michael Kleinman.
Enfrentada desde hace dos años a informaciones falsas sobre el covid, la OMS también ha llamado a Elon Musk a asumir su «enorme responsabilidad» en el tema, mientras que la Federación Internacional de Periodistas vio en esta toma de control una «amenaza (para) el pluralismo y la libertad de la prensa», así como «un caldo de cultivo para la desinformación».

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