El cine como experimento infinito

La primera vez que me perdí en el cine de Christopher Nolan fue con “Memento”. Salí con esa sensación extraña entre la fascinación y el mareo, como si la película no terminara del todo en la pantalla, sino que siguiera reorganizándose en la cabeza durante días. Desde entonces, no les diré que me adscribo a una devoción incondicional por su filmografía, pero cada nuevo estreno sigue activando una expectativa difícil de ignorar.
Con el tiempo -y con algún revisionado menos ingenuo- también han comenzado a hacerse visibles ciertas fisuras. No tanto en la magnitud de su ambición, que permanece incuestionable, como en una reiteración formal. Nolan pertenece a ese reducido grupo de cineastas contemporáneos que aún conciben el cine como un espacio de experimentación material: celuloide, IMAX, efectos prácticos llevados al extremo y una insistencia por la “materialidad de lo real”, incluso cuando lo narrado se adentra en lo inverosímil. Eso tiene algo admirable, casi romántico, en una industria que a menudo resuelve lo extraordinario con un clic.
Pero ahí también se esconde su pequeño veneno. Esa misma necesidad de empujar el medio, de ser siempre quien marca el siguiente salto técnico, lo acerca a una especie de cruzada personal en la que transmite la sensación de querer demostrar constantemente que el cine puede ir más lejos. Los personajes quedan así inscritos en estructuras tan perfectamente diseñadas que apenas encuentran margen para la indeterminación o el accidente, como si la emoción debiera justificarse siempre dentro de un sistema.
Sus películas hablan de cosas enormes -el tiempo, la memoria, la identidad-, pero no siempre dejan espacio para lo pequeño, lo frágil, lo que no encaja en una estructura perfecta.
“La odisea” llega a los cines de todo el mundo el 17 de julio y, cómo no, viene acompañada del pack completo: la película más cara de su carrera, la primera rodada íntegramente en IMAX de 70 mm y una polémica que huele a rancio, pero que el sector más conservador de internet no se cansa de rescatar. La elección de Lupita Nyong’o como Helena de Troya y la del actor trans Elliot Page como una reinterpretación del personaje de Aquiles ha molestado a quienes defienden una adaptación literal y cerrada del texto original. El malestar se ha amplificado, como no podía ser de otra manera, en X, donde Elon Musk ha actuado como uno de los principales altavoces del descontento.
En términos estrictamente cinematográficos, la película será una epopeya mitológica que sigue el largo viaje de Odiseo de regreso a Ítaca tras la guerra de Troya, en un periplo que se extiende durante diez años.
Hace ya varios años que Christopher Nolan se consolidó como uno de los directores con más poder en Hollywood. Ahora le toca volver a ponerlo a prueba con “La odisea”.

Ozempic y similares en el contexto de los TCA

150 años del plan que marcó el crecimiento de Bilbo

Somos, de lo bueno, lo mejor

«Alava espioitza sareko kide gehienak ez ziren erori»

