Francisca Gual Ors
ARKITEKTURA

Un primer refugio

La arquitectura no se fundamenta únicamente en la construcción de un edificio, su labor ha de ir más allá de su estructura. Hoy nos acercamos a la Escoleta de Muro, en Mallorca, una escuela que favorece la autonomía de sus usuarios y establece los vínculos iniciales de la niñez.

IImagen exterior de la escuela con la sucesión de bóvedas onduladas.
IImagen exterior de la escuela con la sucesión de bóvedas onduladas. (Del Río Bani)

La arquitectura destinada a la primera etapa de la infancia exige resolver de forma simultánea cuestiones espaciales, sensoriales y pedagógicas. La disposición del programa, el control de la luz natural, la relación entre interior y exterior, el comportamiento climático o la propia legibilidad constructiva deben integrarse en una única estrategia proyectual. El espacio no solo alberga una actividad, sino que participa de ella, condicionando la percepción, favoreciendo la autonomía y estableciendo los vínculos iniciales de la niñez con el entorno construido.

La Escoleta de Muro, proyectada por BOS Arquitectes, el estudio dirigido por Miquel Barceló y Margalida Seguí, y finalizada en 2025, responde a esta aproximación mediante una obra en la que implantación, estructura, materialidad y comportamiento ambiental se entienden como partes de un mismo sistema. El proyecto obtuvo el Premio Mallorca COAIB 2026 y fue finalista en los Premios FAD de Arquitectura e Interiorismo y en los Premios de La Casa de la Arquitectura, reconocimientos que sitúan la intervención entre las aportaciones recientes más relevantes de la arquitectura docente.

Situada en el límite entre el tejido urbano de Muro y los campos de cultivo del Pla de Mallorca, la escuela ocupa una posición de transición que determina buena parte de las decisiones del proyecto. El conjunto se desarrolla en una sola planta y evita alterar la escala del paisaje. Una sucesión de bóvedas rebajadas configura una envolvente ondulada cuya silueta acompaña el horizonte y establece una continuidad con los perfiles edificados del contexto. El acabado cerámico vidriado en tonos amarillo ocre prolonga el cromatismo del marés y de las cubiertas tradicionales, integrando el edificio en la identidad tectónica del lugar.

La organización espacial del centro no solo debe ofrecer cuidado, sino también acompañar los descubrimientos iniciales de sus usuarios. Cada espacio ha sido pensado desde esa mirada, favoreciendo una experiencia educativa rica gracias a su configuración. Un gran patio central reúne toda la vida cotidiana, permitiendo la ventilación cruzada, la iluminación natural y la relación visual entre las diferentes estancias. Las aulas mantienen un diálogo constante entre sí mediante una circulación continua alrededor del ámbito exterior protegido. La orientación sur, los porches y la incorporación de vegetación completan un sistema pasivo de control climático ajustado al territorio.

Espacio interior del edificio, que favorece una experiencia educativa rica gracias a su configuración. Del Río Bani

La lógica constructiva de la propuesta refuerza, además, las posibilidades de aprendizaje. La repetición de las vigas curvas de madera laminada acompaña los espacios, dibujando un nuevo paisaje interior. La sinceridad del material estructural y de los elementos cerámicos convierte la propia construcción en una lección, despertando la curiosidad y fomentando una interacción cercana con la materia.

La sostenibilidad, en este sentido, va más allá del ahorro energético para convertirse en una forma de habitar. La concentración de masa térmica en contacto con el terreno, una cubierta ligera ventilada y el empleo de materiales locales de baja huella ambiental configuran una obra adaptada al clima. Pero su verdadero valor reside en transmitir, desde los primeros años de vida, una manera de entender el mundo basada en el respeto por el medio, el cuidado de los recursos y la atención a lo cotidiano.

Las estancias donde crecemos dejan una huella profunda y nos enseñan, incluso antes de que seamos plenamente conscientes de ello, cómo relacionarnos con la naturaleza, con los demás y con el lugar que habitamos. En ese sentido, la Escoleta de Muro trasciende el edificio docente para convertirse en un refugio y en un recuerdo perdurable de la primera experiencia con el entorno físico.