Sergio Iglesias
Periodista, especializado en información cultural / Kazetaria, kulturan espezializatua
Recuerdos de un técnico discreto

Ángel Katarain, saliendo de la escafandra

El técnico que durante décadas permaneció detrás de las mesas de sonido abre ahora su «escafandra» y reconstruye una trayectoria atravesada por la música, la electrónica, la represión, los amores, las amistades, la creación audiovisual y algunas de las historias más intensas de la cultura vasca de las últimas décadas.

Ángel Katarain, en una imagen de archivo.
Ángel Katarain, en una imagen de archivo. (Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

Hablar con Ángel Katarain (Ordizia, 1961) nunca ha sido sencillo. Durante muchos años, precisamente, una de sus señas de identidad fue hablar poco, observar mucho y mantenerse a una cierta distancia de lo que ocurría a su alrededor. Era el hombre que estaba detrás de la mesa de sonido, el que llegaba, preparaba los equipos, escuchaba, corregía y conseguía que todo funcionara. Después, desaparecía. Sin focos, sin protagonismo y, en buena medida, sin necesidad de que nadie supiera demasiado de él.

«Hablar con Ángel Katarain siempre es interesante, y no siempre ha sido fácil hacerlo», escribe Unai Lobo al comienzo del libro “Los sonidos de mi vida” (Desacorde Ediciones, 2026). El trompetista de Betagarri, que durante años compartió con Katarain muchas horas de carretera, conciertos y conversaciones, fue quien le propuso convertir aquellas charlas en un libro. La propuesta acabaría transformándose en un proyecto mucho más ambicioso de lo que ambos imaginaban.

“Kata”, sin embargo, tardó en aceptar que aquella historia pudiera convertirse en un relato. «Tengo mala memoria y para mí ha sido muy importante contrastar los recuerdos con los testigos», explica. «Recuerdas en pasado de una forma, pero en realidad no ha sido así». El proceso se prolongó durante cinco años, aunque el resultado final pueda leerse en apenas uno o dos días. El propio Katarain tardó mucho tiempo en reconocerse en el texto: «Hablas de una forma y no te identificas al leerlo».

El libro nace, por tanto, de una tensión muy propia de nuestro protagonista: la necesidad de contar y, al mismo tiempo, de conservar cierta distancia. No es casual que una de las imágenes que recorre su pensamiento sea la de la «escafandra». Una protección, pero también una forma de mirar el mundo desde fuera, de tomar distancia de los acontecimientos para intentar comprenderlos mejor. «Si estás engullido en tu partido, equipo o asociación, aunque a ti te parezca perfecto, no verás bien más allá. No vas a poder contrastar con equilibrio: tu árbol tapará el bosque», explica. Para él, la distancia no significa desinterés. Al contrario, es una forma de observar, escuchar y comprender. Y quizá ahí se encuentre una de las claves para entender una vida tan difícil de resumir.

Ángel Katarain y Fernando Unsain, en el estudio IZ en 1984. (Argia Fototeka - Cedida por Desacorde Ediciones)

DE LOS LABORATORIOS DOMÉSTICOS AL MUNDO DEL SONIDO

Antes de que llegaran los grandes escenarios, los estudios de grabación y las giras, estuvieron la curiosidad y el “cacharreo”. Katarain y Mikel Usabiaga se conocieron siendo adolescentes. Procedían de barrios y ambientes diferentes, pero compartían una inquietud: explorar aquello que estaba más allá de lo establecido. «En aquella Euskadi gris, donde mandaban los vencedores del golpe de Estado, donde te ahogabas, donde había rebelión armada, donde había mucha lucha por la dignidad, los dos intentábamos navegar, explorar otro mundo posible, fuera de lo convencional. Nos flipaban la electrónica y el sonido, cacharrear, construir y crear; las cuevas eran nuestro refugio, el silencio, la calma… un espacio propio para soñar y crear», recuerda Usabiaga, quien define a su amigo de juventud y a sí mismo como «dos champiñones raros». Dos chavales que no terminaban de encajar en ninguna de las tribus de aquella Euskal Herria gris y que, precisamente por eso, acabaron relacionándose con casi todas. «Alternativo de lo alternativo», define. Una expresión que resume tanto la libertad de aquella búsqueda como el precio que podía tener vivir al margen de las convenciones.

Aquella curiosidad terminaría convirtiéndose en oficio. Y el oficio, con el tiempo, en una pieza fundamental de la transformación de la música vasca. Mikel Usabiaga sitúa entre 1975 y 1985 un periodo decisivo para la formación de una generación de técnicos de sonido y para el nacimiento de estudios de grabación en Euskal Herria. Lo denomina «IA: Inteligencia Artesanal». No había tutoriales de internet, ni la facilidad de acceso a equipos y conocimientos que existen hoy. Había que desmontar, probar, equivocarse, volver a montar y educar el oído hasta distinguir los matices más pequeños. «Muchísimas horas haciendo pruebas con diferentes equipos y configuraciones, educando el oído para entender hasta los matices más pequeños de sonidos y timbres», recuerda Usabiaga.

Aquella generación estaba en todas partes. En pequeños barrios y grandes acontecimientos, en Hego e Ipar Euskal Herria, en conciertos, actos populares y acontecimientos políticos. Eran años en los que hacer sonar un escenario podía convertirse en una aventura logística.

Usabiaga recuerda, por ejemplo, la Marcha a Lemoiz de 1979. Dos días antes del acto final, el equipo que iba a encargarse del sonido se retiró. Se esperaba la asistencia de unas 30.000 personas en una campa. Katarain y sus compañeros tuvieron que buscar material donde pudieron, incluso altavoces de iglesias, transportar kilómetros de cable y montar durante la madrugada. «Así era la época y en esos líos nos metíamos», resume. El resultado, pese a las circunstancias, fue un éxito.

Imagen de un joven Ángel Katarain que ilustra la portada de «Los sonidos de mi vida». (Txema Linazasoro - Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

De aquel trabajo compartido surgieron proyectos como el estudio IZ de Donostia y numerosas grabaciones en directo y en estudio. Poco a poco, aquella primera generación fue poniendo los cimientos de una infraestructura musical que todavía hoy forma parte de la memoria sonora del país.

UNA PROFESIÓN DESDE LA SOMBRA

Katarain nunca ha buscado convertir esa trayectoria en una marca personal. Su posición ha sido otra: estar cerca de los músicos sin convertirse él mismo en protagonista. «Mi aportación ha sido, sobre todo, técnica, como observador activo del panorama por mi trabajo con el sonido, tanto en la calle como en los estudios de grabación», explica. Pero añade algo importante: en ese trabajo técnico también hay creatividad. «Ayudas a los músicos, conoces el mundillo, contrastas, aprendes, te metes en mil líos colaborando con gente y así terminas haciendo vídeos, documentales, lo que vaya surgiendo». Nunca quiso tener un público propio: «Me gusta enredar, crear por placer en los ratos libres. No me siento parte de nada en particular», dice.

Quienes han trabajado con él destacan precisamente esa mezcla de conocimiento técnico, independencia y tranquilidad. Jabier Muguruza lo conoció como un hombre extremadamente reservado: «Hacía su trabajo y desaparecía». Con el tiempo, sin embargo, la relación se estrechó. Para Muguruza, Katarain es «uno de los grandes técnicos de sonido vascos» y tenerlo en la mesa constituye una garantía tanto en directo como en el estudio.

En Azkarate, recuerda, se produjo una combinación poco habitual: un enorme rigor profesional junto a un ambiente familiar. Allí estaban también Jonan Ordorika y Amaia Apaolaza. Muguruza acudía a grabar en una especie de «pensión completa»: comer, dormir, trabajar y convivir. El estudio acababa funcionando también como casa y refugio.

Katarain con Jonan Ordorika, quien falleció el 7 de agosto de 2023. (Txema Linazasoro - Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

Unai Lobo incide en otro aspecto. Frente a la velocidad y la agitación habituales en el mundo del rock -carreteras, escenarios, ruido, prisas, noches largas-, Katarain aportaba una energía diferente, «siempre aporta un toque de cordura, de sensatez, de tranquilidad», afirma. Para Lobo, esa serenidad se convirtió en un contrapeso dentro de un mundo acostumbrado a funcionar a otra velocidad.

Su reputación se construyó, precisamente, en esas situaciones en las que los medios no acompañaban. Lobo recuerda conciertos con equipos deficientes en centros sociales o casas okupadas en los que Katarain conseguía que el sonido terminara sorprendiendo incluso a quienes habían contratado el concierto. En Betagarri, añade, muchas veces podían reducir al mínimo la prueba de sonido porque confiaban en que Katarain resolvería la situación.

Ruper Ordorika resume otra de sus características con una palabra: «cortafuegos». El técnico debe absorber los problemas y buscar soluciones sin trasladar la tensión a los músicos. «Los músicos ya tienen suficiente», recuerda que le decía a su hermano Jonan cuando empezó a trabajar en el sonido. Y Katarain, según Ordorika, practicaba esa misma filosofía.

Kata y Jonan en el estudio, en 1996. (Txema Linazasoro - Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

EL ABUELO Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA MIRADA

Pero antes incluso de que existiera la «escafandra», estuvo su abuelo. Katarain recuerda que fue él quien le enseñó, siendo niño, a cerrar los ojos y a prestar atención a ese mundo interior que cada persona lleva consigo. Aquella enseñanza aparentemente sencilla acabaría teniendo una importancia enorme. «Nuestra juventud estuvo marcada por muchos momentos dedicados a ese encuentro interior», cuenta. Primero llegaron los laboratorios domésticos; después, las montañas y las cuevas. Espacios para buscar misterios, para pensar, para escuchar y para estar lejos del ruido exterior. Pero Katarain tampoco idealiza ese refugio: «Si dedicas mucho tiempo a explorar dentro de ti, también puedes perder la perspectiva. Hay un punto intermedio, prudente, entre lo interior y lo exterior», señala.

Esa idea ayuda a explicar su carácter y también su relación con el silencio. No se trata de aislarse, sino de regular la cantidad de mundo que entra. Usabiaga lo explica de otra manera: la «escafandra» no habría sido tanto un mecanismo de aislamiento como una forma de gestionar el torrente emocional, seleccionar aquello que merece la pena y protegerse de lo tóxico. El resultado, sostiene, ha sido una persona capaz de construir relaciones «cálidas, auténticas», pese a una apariencia que en ocasiones podía desconcertar a quienes acababan de conocerlo.

Ángel en la cabina del estudio IZ, en 1983. (Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

LOS AÑOS MÁS DUROS

En la vida de Katarain hay un antes y un después de la persecución sufrida por su condición de hermano de Yoyes. Él mismo describe los años setenta y ochenta como «los años más extremos y duros de nuestras vidas» y, al mismo tiempo, como «los más bellos, creativos y vibrantes». No es una contradicción que trate de resolver. Es precisamente la paradoja que atraviesa aquel periodo. «Activismo, música, electrónica, fotos, montañas, amores, conciertos, grabaciones, drogas, detenciones, cuevas, hippismo… Yo qué sé», enumera. En una misma vida convivían la creatividad y el miedo, la experimentación y la represión, los conciertos y las detenciones.

La persecución no fue una experiencia exclusivamente suya. El testimonio de Mikel Usabiaga incluido en el proyecto aporta otra perspectiva sobre aquella violencia. Usabiaga habla de torturas y de las consecuencias que tuvieron durante años. Cuenta también que ambos tardaron mucho tiempo en hablar de ello entre ellos, hasta que el trabajo del forense Paco Etxeberria y su equipo sobre la tortura en Euskal Herria abrió una puerta para recuperar aquella conversación desde la madurez. Usabiaga agradece especialmente que Katarain incorporara su declaración al libro. Para él, ese gesto tuvo un valor personal importante.

La historia de Katarain está inevitablemente ligada a la de su hermana Yoyes, pero el libro no parece buscar convertir esa relación en una única explicación de su vida. Hay dolor, persecución y pérdida, pero también una trayectoria propia construida alrededor del sonido, la tecnología, los amigos, los amores y la creación.

Jabier Muguruza recuerda una conversación que marcó su relación con Katarain. Después de uno de sus primeros conciertos juntos, en Donostia, Ángel comenzó a hablarle de Yoyes con una confianza que no era habitual en él. Para Muguruza, aquella conversación cambió su relación. La memoria de Yoyes aparece así no solo como un episodio histórico, sino como una presencia íntima que ha acompañado durante décadas a quienes compartieron aquella generación. «Yo pasaba de ir con Imanol a un concierto custodiado por la Ertzaintza a ir a uno de Negu Gorriak con todo lleno de simbolismos de ETA. En los dos lugares yo veía cabestros, pero también gente tratando de avanzar, entre silencios grises», rememora en un episodio del libro el propio Kata, quien en el mismo capítulo añade «la primera víctima de la guerra es la verdad, la segunda, la cordura. En Euskadi se perdieron las dos cosas, quedando una marca imborrable de muertes que seremos incapaces de explicar a nuestros hijos».

Con Amaia Apaolaza, en una fotografía tomada en 1999. (Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

AMAIA: EL AMOR, EL TRABAJO Y LA PÉRDIDA

Entre los nombres que aparecen ligados a la trayectoria de Katarain hay uno que ocupa un espacio especialmente delicado: Amaia Apaolaza, quien fue compañera, socia y figura fundamental en distintos proyectos. En Azkarate, junto a Jonan Ordorika, formó parte de aquel ambiente que varios músicos recuerdan casi como una familia. Ruper Ordorika explica hasta qué punto se mezclaban allí las relaciones profesionales y personales: Amaia había tocado con él y fue su mánager durante años, mientras que la casa Arguiñenea acabó convirtiéndose en una segunda casa.

Unai Lobo identifica precisamente el pasaje dedicado a los últimos momentos de Amaia como uno de los más emocionantes del libro. La pérdida de Amaia aparece vinculada también a otras pérdidas que han ido modificando el mapa afectivo de Katarain: Iñigo (Muguruza), Jonan y otras personas que formaron parte de su vida.

El propio Katarain habla del amor desde una perspectiva que encaja con su manera de entender la libertad. «El amor es la fuerza antientrópica y creadora más misteriosa del universo», afirma. No lo entiende como una fórmula cerrada, sino como algo que aparece, se transforma y, en ocasiones, desaparece. «Lo vivo cuando viene y lo despido cuando se va», resume. También distingue entre los amores iniciales, asociados a la química y a la intensidad, y otras formas de relación que aparecen con los años: la sincronía, la compañía, los vínculos que sobreviven a la primera sacudida. En ese territorio aparecen sus experiencias sentimentales y la importancia que tuvieron determinadas mujeres en su trayectoria. El libro permite acercarse a esa dimensión privada de un hombre que, durante buena parte de su vida pública, había preferido permanecer en segundo plano.

Con el equipo de grabación en Egipto. (Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

CUBA, SARRIONANDIA Y LA CREACIÓN MÁS ALLÁ DE LA MÚSICA

La trayectoria de Katarain tampoco se limita al sonido. Su curiosidad le llevó hacia la fotografía, el vídeo, la documentación y la creación audiovisual. Él mismo explica que su trabajo técnico terminó conduciéndole de manera natural a hacer vídeos y documentales.

Entre sus proyectos ocupa un lugar importante la relación con Cuba. La propia presentación editorial de Los sonidos de mi vida señala sus estancias en la isla entre los episodios que forman parte de la memoria recuperada en el libro. Ese vínculo cubano está relacionado también con una parte importante de su producción audiovisual. Katarain ha trabajado en proyectos vinculados a la historia de los vascos en Cuba.

Es en Cuba, precisamente, donde nació y creció su amistad con Joseba Sarrionaindia. Una relación que conecta, además, con uno de los pasajes más conocidos de aquella generación, y del que también se habla en el libro: la fuga de la cárcel de Martutene de 1985. Es uno de esos episodios en los que la profesión de Katarain y la historia política y cultural de aquellos años vuelven a cruzarse. El técnico de sonido que parecía permanecer al margen terminaba, casi sin proponérselo, en el centro de algunas de las historias más singulares de su época.

Con Negu Gorriak en el cumpleaños de Iñigo Muguruza, el 17 de diciembre de 2016. (Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

JONAN Y LA CASA QUE SE CONVIRTIÓ EN REFUGIO

La historia de Azkarate es inseparable de Jonan Ordorika. Ruper Ordorika cuenta que fue él quien, después de que Katarain le propusiera montar un estudio, le habló de su hermano Jonan, que acababa de realizar unos cursos de sonido en Barcelona. Aquella recomendación terminaría dando lugar a uno de los espacios más significativos de la trayectoria de ambos. Allí se grabaron discos, se recibieron músicos y se construyó una forma de trabajar basada en la exigencia técnica pero también en la convivencia. Para Ruper, Arguiñenea acabó siendo un refugio.

La relación entre Katarain y Jonan trascendió, además, el ámbito estrictamente profesional. Formaron parte de una generación de técnicos que fue construyendo una tradición propia en el sonido vasco. Ruper menciona junto a ellos nombres como Kaki Arkarazo y considera que Katarain tuvo mucho que ver con la creación de esa cantera.

La muerte de Jonan dejó otro vacío. En el libro, ese vacío se suma al de Amaia y al de otras personas que fueron importantes en la vida de Katarain. Pero quizá precisamente por eso la memoria adquiere aquí una función diferente: ya no consiste solo en recordar, sino también en mantener una conversación con quienes ya no están. Así resume este recuerdo Katarain, en un emotivo recuerdo dirigido a su hija, e hija de Amaia: «Iara: tu madre, Ionan y yo éramos el mejor equipo del mundo».

UNA VIDA ENTRE BASTIDORES

Hay una paradoja en la historia de Katarain. Ha estado presente en muchas de las escenas fundamentales de la música vasca de las últimas décadas, pero rara vez ha aparecido en primer plano. Ha trabajado con músicos de generaciones y estilos distintos, ha participado en grabaciones, giras y conciertos, ha construido equipos, ha formado parte de estudios y ha desarrollado proyectos audiovisuales. Sin embargo, su lugar natural siempre ha sido la parte de atrás.

Unai Lobo cree que el libro puede modificar esa situación. No necesariamente porque Katarain vaya a dejar de ser un hombre discreto, sino porque permite que quienes no pertenecen al mundo musical descubran una trayectoria que hasta ahora permanecía escondida detrás de los escenarios. «El libro lo está leyendo gente que no tiene absolutamente nada que ver con el mundo de la música y que por supuesto no habían oído hablar de Ángel», explica Lobo. Y quienes sí conocían al técnico han podido descubrir otra dimensión de él, más personal y desconocida.

Con Jabier Muguruza en el estudio de Azkarate, en 2009. (Archivo personal de Ángel Katarain - Cedidas por Desacorde Ediciones)

Ruper Ordorika lo resume desde otro lugar. «Hacía falta un testimonio de este tipo tan sincero, tan claro y tan desde las entrañas», afirma. Para él, el valor del libro no está únicamente en contar la vida de Katarain, sino en que muchos lectores pueden reconocer en sus páginas una parte de su propia historia.

Por eso Los sonidos de mi vida termina siendo algo más que una autobiografía. Es también el retrato de una generación que aprendió a hacer música con pocos medios, que convirtió la curiosidad en oficio, que vivió la transición entre mundos políticos y culturales muy distintos y que, en el camino, acumuló heridas, amistades, pérdidas y proyectos.

ESCRIBIR PARA DEJAR DE SER EL PERSONAJE DE LOS DEMÁS

Hay otra razón por la que Katarain decidió finalmente continuar con el libro: su hija Iara. Quería que pudiera conocer su pasado escrito de su propia mano. También pensó en su familia y en sus amigos, en todas aquellas personas que conocen una parte de él pero no necesariamente la historia completa. Y pensó en el futuro: en quienes algún día busquen información sobre su trayectoria y encuentren algo más fiable que las versiones dispersas de internet.

«Otro de los motivos ha sido corregir lo que se dice de mí en internet. O no es verdad o ese no soy yo», explicaba en la presentación del libro. Pero escribir también ha tenido un efecto íntimo. «Te libras de ti mismo, te liberas; eso que cuentas deja de ser tuyo», añadía. Contar puede convertirse así en una forma de soltar. Quizá por eso el proceso necesitó tanto tiempo. No bastaba con recordar. Había que contrastar, preguntar, volver atrás, aceptar que algunas memorias podían ser incompletas o incluso erróneas. Había que incorporar las voces de quienes habían compartido determinados momentos. El resultado es un libro construido desde muchas voces, aunque el hilo conductor sea el propio Katarain.

MIRANDO HACIA ADELANTE

A estas alturas de su vida, Katarain no parece especialmente interesado en hacer balance. Tampoco en construir una imagen definitiva de sí mismo. Su manera de hablar del pasado mantiene la misma mezcla de distancia y curiosidad que parece haber acompañado su trayectoria. Puede recordar los años más duros y llamarlos también los más vibrantes. Puede hablar de la represión y, casi en la misma conversación, de la música, las cuevas, los amigos, el amor, la electrónica o los viajes. Puede recordar la muerte y hablar después de la creación. Quizá porque para él todas esas cosas forman parte de la misma historia. La de un joven fascinado por los sonidos que comenzó construyendo aparatos y explorando cuevas; la de un técnico que aprendió a hacer sonar escenarios imposibles; la de un hombre marcado por la persecución sufrida como hermano de Yoyes; la de un amigo que compartió proyectos con Mikel Usabiaga, Jonan Ordorika, Amaia Apaolaza y tantos músicos; la de un creador que acabó viajando hacia el documental y Cuba; y la de alguien que durante décadas prefirió mirar desde detrás de una mesa de mezclas antes que colocarse delante de ella.

Ahora, sin embargo, ha abierto una puerta. No del todo. La escafandra sigue ahí. Pero ya se puede escuchar lo que había dentro.Y quizá ese sea el verdadero sentido de Los sonidos de mi vida: no tanto explicar quién es Ángel Katarain como permitir que, por primera vez, sea él mismo quien decida qué sonidos de su vida quiere dejar registrados.

«Ha sido una vida muy divertida, podríamos volver», bromeaba el día que presentó el libro, al recordar aquellos años. Después de todo lo vivido, quizá esa frase sea también una manera de mirar hacia adelante.