01/05/2016

Reportaje
ELLAS TAMBIÉN JUEGAN
Tras la pista de las pelotaris

Han conseguido los máximos galardones de uno de nuestros deportes por excelencia y, sin embargo, el público en general prácticamente desconoce su existencia. Son las mujeres que juegan a pelota, que, a base de mucha pasión y ganas, se enfrentan al ostracismo y a la dificultad de tener que compaginar el deporte de alto rendimiento con otros trabajos al no poder ser profesionales. Su historia y la de algunas mujeres que llegaron a vivir del frontón en el pasado ha sido contada por Dani Burgui y Andrés Salaberri en el documental «Las pelotaris».

Pello Guerra
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Se puede llegar a ser reconocida como la mejor deportista del mundo de una disciplina y ser una perfecta desconocida para la inmensa mayoría de los seguidores de ese deporte? Pues, aunque resulte increíble, sí es posible. Ese es el caso de la pelotari Maite Ruiz de Larramendi, cuyo palmarés es impresionante. Ha conquistado campeonatos en diferentes categorías y se ha colgado diversas medallas, también de oro, en el Mundial de pelota. Incluso en su juventud llegó a imponerse en un partido de parejas nada menos que al que fuera campeón manomanista Rubén Beloki. Y sin embargo, Ruiz de Larramendi no es profesional y tiene que compaginar pelota y trabajo para subsistir.

Su caso es uno de los más sangrantes y, a la vez, ilusionantes en el ámbito de la pelota femenina, y por ese motivo es la protagonista del documental “Las pelotaris”, obra de Dani Burgui y Andrés Salaberri. Esta aventura fílmica arrancó en 2014, después de que Burgui sufriera «un click al escuchar un comentario mientras estaba haciendo un reportaje sobre los campeones de pelota que se han dado entre Goizueta y Leitza, que es el lugar donde más hay. Hablando con Txoperena, un entrenador de una escuela de pelotaris, me comentó que de lo que estaba más orgulloso era de las chicas que estaban jugando a pala».

El periodista y fotógrafo freelance se sintió sorprendido y atraído por ese campo de la pelota que se acababa de hacer patente ante sus ojos y una idea empezó a cobrar forma en su mente. «Como sabía que a Andrés Salaberri le gustaba la estética del frontón, pensé que podíamos narrar este aspecto de la pelota en femenino con un lenguaje cinematográfico», así que compartió con él esa posibilidad.

Y Salaberri, cineasta independiente y director de contenidos de Ikusi, se mostró muy receptivo, ya que «es algo que choca, porque todo el mundo conoce a los pelotaris de mano y al resto de disciplinas, un poco menos. Pero que las mujeres jueguen a pelota es algo que se desconoce completamente, incluso en nuestro caso, a pesar de que yo mismo he trabajado cubriendo pelota en prensa. Si la pelota a nivel global es algo exótico, el punto de vista femenino todavía lo es más, ya que ni siquiera se conoce en casa».

Con los dos embarcados en esta aventura, había que conseguir financiación para sacar adelante el proyecto, ya que «teníamos mucha ambición narrativa, pero también mucha humildad económica», reconoce Burgui. «Entonces hablamos con Jokin Pascual, que tiene su productora, y se sumó, lo que supuso darle el empujón definitivo para hacer algo más grande», desgrana Salaberri, quien empezó a visualizar cómo darle forma al documental. «Se trataba de hacer una realización bonita, con sus cámaras lentas. Estamos acostumbrados a ver la pelota en las retransmisiones por televisión, así que teníamos que ir un paso más allá para mostrar su fuerza a través de las imágenes».

Mientras, Burgui se iba centrando en las posibles protagonistas del documental. Así conoció a Maite Ruiz de Larramendi y dio con una posibilidad muy interesante para llevar a cabo el trabajo: el Mundial de Pelota de México’2014. «Era una cita que iba a reunir a pelotaris de diferentes puntos del mundo y la mejor ocasión para poder entrevistarlas», señala Salaberri. Así que gracias al apoyo de Pascual y de las ayudas de la Fundación Caja Navarra y también del Gobierno de Nafarroa, se embarcaron rumbo al país azteca para filmar el material.

Ese viaje les abría otras posibilidades, ya que en su labor investigadora, Dani Burgui había encontrado otras historias paralelas de mujeres pelotaris, como la de la estadounidense Alicia Wiggs o la de la mexicana Rosa María Flores. Estos testimonios enriquecieron el trabajo añadiéndole una nueva dimensión, puesto que «es un documental de tema vasco y de mujeres, pero tampoco es solo eso, porque teníamos un tema universal: gente con pasión, pero que se ve coartada por algunos impedimentos, como el hecho de ser mujer y practicar un deporte minoritario. Porque en los pueblos, lo más natural es que un chico y una chica jueguen con una pelota contra una pared, y en todas las familias, alguna chica está jugando o ha jugado a pelota. Pero llega la adolescencia y esto se rompe», señala Burgui. «Es una pasión muy genuina, porque sabemos que con este deporte no van a ganar dinero, porque para ir a un Mundial muchas se tienen que pagar su billete de su propio bolsillo», añade Salaberri.

Además, es un trabajo con un punto de vista «geográfico, porque la pelota se juega en otros sitios del mundo y pensamos en mostrar esa realidad, quitarnos la txapela en el buen sentido de la expresión», señala Burgui. Y lo hicieron a través de esas mujeres de otros lugares que juegan o han jugado a pelota. Wiggs es una cestapuntista de Estados Unidos que jugaba en su país en los años 50 del pasado siglo, «a pesar de que no tenía nada que ver con la diáspora, ni con nuestra cultura». Por su parte, Rosa María Flores «es la primera mujer mexicana que ha ganado una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos y la consiguió en los de Barcelona’92, cuando la pelota fue deporte de exhibición», recuerda Burgui.

Flores no pudo ser deportista profesional y para ganarse la vida se dedicó a la enseñanza. De hecho, incluso había gente que restaba mérito a aquel primer título olímpico diciéndole «que había ganado su medalla con un deporte de exhibición y además en femenino. A pesar de su logro está en un segundo plano, es una segundona como nos dijo ella, y eso es muy cruel», señala Burgui.

Sin embargo, tanto Wiggs como la madre de Rosa curiosamente sí llegaron a vivir de la pelota. Esta última «fue profesional y gracias a eso se pudo divorciar y sacar adelante a su familia como una mujer autónoma e independiente, algo que a día de hoy es complicado. Ella lo consiguió en los años 70 en México y sorprendentemente en 2016 aquí eso no es posible. Nos hemos encontrado con esa paradoja», reconoce el codirector del documental “Las pelotaris”.

Una vida en los frontones. Ser profesional, como en su día lo fueron estas y otras pelotaris a mediados del siglo XX, es algo que le habría gustado conseguir a Maite Ruiz de Larramendi. Y por cualidades y calidad deportiva, perfectamente lo podría haber logrado. Pero no pudo ser, a pesar de que le ha puesto todo el empeño posible y que su vida ha orbitado y gira en torno al frontón desde la más tierna infancia. «No sabía casi ni andar y ya iba con una pelota en la mano por mi pueblo, Eulate, y al frontón con mi abuelo, mi aita y mis hermanos. Empecé jugando con los chicos y, con ocho años, me hicieron ficha y me puse a competir. Las chicas no se apuntaban, así que jugaba con chicos y quedé subcampeona de Navarra. Después me seleccionaron para jugar el torneo GRVN de federaciones, en el que llegué a ganar a Rubén Beloki en las semifinales. La final la perdimos, porque el Ángelus interrumpió el partido, nos rompió el ritmo y se nos fue la ventaja que teníamos», recuerda con su habitual sonrisa.

Su trayectoria parecía imparable, pero entonces hicieron acto de presencia los prejuicios. «Le decían a mi padre que era una chica, que se me iban a estropear las manos y que hiciera otra cosa. Mi madre les respondía que por qué no iba a jugar y que yo decidiera, pero al final me dejaron de apuntar a los campeonatos. Para mí fue duro, porque no lo entendía, no podía comprender que no jugara por el simple hecho de ser una chica».

Así que cambió el deporte por el acordeón, mientras mataba el gusanillo pelotazale jugando con los miembros de su familia. Pero cuando tenía 18 años apareció en escena Adon Larrion, entrenador de otra pelotari, Susana Muneta. Larrion recordaba a aquella chica de Eulate que jugaba tan bien. La localizó y le propuso volver a los frontones, pero para jugar a pala. «Mi madre ni se lo pensó y fui a hacer la prueba. Fue el día más feliz de mi vida y desde entonces estoy jugando sin parar a pala».

Un empeño que lleva adelante contra viento y marea, ya que se ve obligada a compaginar su condición de deportista de alto rendimiento con un trabajo con el que poder ganarse la vida. «Soy técnica de rayos en el Hospital de Navarra y, para poder jugar, he tenido que coger vacaciones o ir a jugar partidos o entrenar sin comer, sin dormir... Hay gente que me dice que estoy loca, pero lo hago porque me encanta, porque tengo una afición terrible».

A pesar de que su palmarés corta el hipo, no ha tenido facilidades en su empleo para seguir incrementando sus títulos. «No he tenido ayuda para compaginar el trabajo con la pelota. Con lo que sí he contado ha sido con compañeros que me han cambiado turnos, pero he tenido que doblar y hacer apaños. Desde que empecé a trabajar en 1998, tan solo el verano pasado me dieron unos días que me correspondían por jugar con la selección española. Salvo esos días, cuando planteaba que me tenían que dar días porque era una deportista de alto rendimiento, hasta se reían. Recientemente se ha aprobado un decreto que establece que en estos casos corresponden días, pero siempre y cuando no tengan que sustituir al deportista en su puesto de trabajo. Pero ¿en qué trabajo no es necesaria una sustitución? No entiendo cómo se puede aprobar un decreto con esa premisa».

Así que se ha visto obligada «a trabajar, por ejemplo, 17 días seguidos para librar 12 y así poder ir a un campeonato. También me ha ocurrido salir de trabajar, coger el coche para ir a Valencia y al llegar, hacer pruebas físicas y tener que dar el do de pecho en unos entrenamientos de la selección. Algo que resulta impensable en un profesional. Y lo peor es que este esfuerzo, esta dedicación por amor a la pelota no se valora».

Una muestra de esa nula valoración es que, mientras en la sociedad en general se van dando pasos en pro de la igualdad, en la pelota «se va en la dirección contraria con las mujeres, se va para atrás. Incluso se desconoce que hubo una época en la que las mujeres eran profesionales de este deporte y llenaban los frontones. De la existencia de las raquetistas me enteré hace poco y alucino. Hace años, cuando me preguntaban quiénes eran mis referentes, siempre contestaba que Retegi y Galarza, porque no tenía referentes femeninos, aunque sí que existían, pero los ocultaron».

Ahora la propia Maite Ruiz de Larramendi es un ejemplo a seguir por las numerosas jóvenes que se acercan a los frontones a jugar a lo que más les gusta y que se preparan en las diferentes escuelas que salpican la geografía vasca, como las de Etxarri, Mendillorri, Lekunberri o Auritzberri, por citar algunas.

La misma Maite se encarga de preparar a algunas de esas jóvenes «haciendo un trabajo desde la base. La cuestión es que llegan a los 18 años y ¿qué tienen? Les enganchamos con los mundiales, que es lo máximo que pueden vivir en este deporte. Pero si se hicieran las cosas bien, habría tantas pelotaris buenas como chicos. Chicas aficionadas hay, lo que hace falta es gente dispuesta a meter un montón de horas y dedicarse a ellas en el frontón». Un interés que incluso aumenta entre las jóvenes, ya que «ahora la mayoría de las escuelas son de pala, pero también ha salido algún grupo de mano, con chicas que entrenan con chicos».

Estas promesas femeninas lo tienen más fácil que Maite en sus comienzos, cuando «tenía que irme a Arnedo con mi coche, Susana y Adon para buscar un trinquete, entrenar, pagarlo y vuelta a casa. Ahora les ponemos todo y solo necesitan las ganas. Lo tienen más fácil, aunque es verdad que se podría hacer mejor, pero deberían ponerse de acuerdo todos los agentes implicados para que salgan pelotaris buenas».

El esfuerzo de personas como Ruiz de Larramendi es puesto en valor en “Las pelotaris” y su difusión está dando sus frutos, ya que, además de su presentación en diferentes festivales, como el certamen de cine documental y de cortometraje de Bilbo Zinebi o el Festival de Cine y Derechos Humanos de Donostia, se suceden las charlas en las que se proyecta el filme y posteriormente se analiza esta realidad con sus autores.

Salaberri y Burgui acuden a esos eventos con el mensaje de que «las chicas sepan que pueden jugar a pelota y no solo a los deportes más conocidos. Aunque también es necesario que se creen las vías para que esas chicas se puedan desarrollar como pelotaris. Que no sea un simple juego, sino un deporte y que se pueda llegar a donde se quiera, igual que un chaval que juega a fútbol puede llegar a ser profesional. También sería interesante que las escuelas existentes se unan, que esas ‘islas’ con chicas jugando aquí y allá se agrupen para formar un ‘archipiélago’. En definitiva, que se haga todo lo posible para eliminar la pregunta ¿Pero las mujeres juegan a pelota?».

Un mensaje en positivo que además va cargado de optimismo, porque «podríamos haber hecho una narración con más quejas, pero queríamos destacar ese empeño, esas ganas», apunta Burgui. Como concluye Salaberri, «queríamos que el espectador se quede con una sonrisa, porque es lo que hemos encontrado».