14/07/2019

«Rojo»
KOLDO LANDALUZE
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El prólogo de “Rojo” nos ubica en una pequeña localidad en tiempos previos al golpe militar que sacudió Argentina en 1976 y la cerilla que prende su engranaje argumental es una discusión escenificada en un restaurante entre alguien a quien intuimos cierto ramalazo de locura y un respetado abogado. Dicho encuentro deriva en una escena de violencia que dictará el tempo de una de las películas más intensas de la cinematográfica argentina más reciente.

En las entrañas de “Rojo” se asoma el constante equilibrio entre lo que se supone es correcto o incorrecto, sobre la búsqueda de una ley que se muestra esquiva en situaciones tan cotidianas y aparentemente inofensivas como las que acontecen en un restaurante. En cuanto observamos la vida que circula por las polvorientas calles de esta pequeña localidad descubrimos que nada es casual y que todo obedece a una cuestión: en esta ciudad no hay espacio para la justicia y todo funciona según dictan los parámetros de la locura que se esconde tras una máscara de cordialidad e hipocresía. En realidad, todo funciona mediante unos parámetros que detectan o advierten de lo que acontecerá en Argentina y, para tal fin, el cineasta Benjamín Naishtat concentra su interés en la figura de un abogado (Darío Grandinetti), pero también otorga relevancia a otros relatos más pequeños en los que topamos con estudiantes que ensayan una pieza teatral, profesoras y un detective interpretado por Alfredo Castro que dota al conjunto de un oportuno tono detectivesco. A ello se suma una muerte violenta, un desolado paisaje desértico, una banda sonora que incluye a Camilo Sesto y Los Diablos y un simbólico eclipse de sol que tiñe el cielo de rojo.

Recompensado el pasado año en Zinemaldia con la Concha de Plata al Mejor Director (Benjamín Naishtat) y la Concha de Plata al Mejor Actor (Darío Grandinetti), este filme apuesta por ser una original radiografía de un tiempo inestable en el que se intuye la presencia del horror en su más terrible forma humana. En relación a los terrores del pasado que otorgan sentido a la película, Grandinetti apunta: «Aspiro a que esta película nos haga reflexionar sobre la necesidad de estar atentos siempre; porque no se van nunca, hay que verlos llegar desde lejos para que no nos sorprendan más, porque no se han ido y siguen trabajando de otras maneras con el mismo objetivo: quedarse con todo. Eran tiempos de doble moral, de no preguntar, no querer saber, no ser amigo de alguien del que no conoces su origen social por no arriesgar a estar en su listín de teléfonos».

La obra de Benjamín Naishtat incluye cortos de ficción como el “El juego” (2010), seleccionado por la Cinéfondation de Cannes, y experimentales, como “Historia del mal” (2011), exhibido en Rotterdam y en diversas exposiciones internacionales. Su primer largometraje, “Historia del miedo” (2014), fue escogido para Cine en Construcción en 2013, compitió en el Festival de Berlín, ganó el premio a la Mejor Película en Jeonju y participó en Horizontes Latinos en 2014. El segundo, “El movimiento” (2015), participó en la sección Cineastas del Presente del Festival de Locarno de 2018. En cuanto a Naishtat pertenece a una generación de cineastas que no fue testigo directo de los horrores sobre los que versa su filme y sigue la estela de obras que, como en el caso de las recientes “La mirada invisible”, de Diego Lerman, y “La larga noche de Francisco Sanctis”, de Francisco Márquez y Andrea Testa, apuestan por una mirada distinta a la que tuvo Luis Puenzo con su referencial “La Historia Oficial”, por ejemplo.