Prince: El pequeño gran genio del rock and roll falleció hace diez años
Provocador, escandaloso, andrógino, enigmático, dictatorzuelo o generoso. Los epítetos y contradicciones se acumulan cuando se recuerda al músico Prince Rogers. Pero, por debajo de la espuma, queda la indiscutible genialidad creativa del rockero de Mineápolis, de cuya muerte temprana se cumple en este abril una decena de años.

En la luctuosa senda prematuramente hollada por muchas grandes figuras del espectáculo, Prince Rogers Nelson falleció el 21 de abril de 2016, a los 57 años. Había nacido el 7 de junio de 1958 en Mineápolis, Estados Unidos. La causa oficial de la muerte se atribuyó a una sobredosis accidental: habría consumido sin saberlo pastillas de Vicodin falso que contenían fentanilo, un fortísimo opiáceo.
Vivía rodeado de fármacos, apenas dormía tres o cuatro horas y en los días anteriores sufrió varias crisis, fue ingresado en un hospital, suspendió un par de actuaciones y lanzó la sombría broma: «No recen por mí todavía». Una vez más en la historia pop su particular sensibilidad artística que había conectado con millones en todo el mundo se veía nublada por un nada natural adiós. La lista de grandes del rock, cuyas vidas truncaron los excesos químicos, es harto conocida.
De habilidad innata para el ritmo, la melodía y el baile, se autogestionó como compositor, vocalista, multiinstrumentista y también productor y empresario. Visionario y versátil en lo estilístico y grandilocuente en lo estético, dejó una vibrante lista de títulos de éxito, salida de The Vault, la bóveda acorazada de su estudio en la mansión Paisley Park de su ciudad. El extravagante personaje supo innovar en una personal y plural mezcla de rock, funk y pop, R&B, soul, blues, new wave y hasta jazz, y dejó una colorista lista de 684 canciones, repartidas en treinta y nueve álbumes de los que vendió más de cien millones de copias.
BIOLOGÍA SONORA
Como a otras grandes figuras de la música popular, la facilidad artística le vino vía biológica. Quien iba a convertirse en crisol de estilos en la particular encrucijada estilística de los años ochenta, nació hijo del pianista aficionado John L. Nelson, que formaba parte del grupo de jazz Prince Rogers Trio, del cual tomó el nombre para su hijo. Estaba casado con la cantante del grupo Mattie Shaw, futura madre de Prince.
Cuando el niño tenía siete años, se divorciaron y Nelson se fue de la casa familiar, pero no se llevó el piano, en el que su vástago aprendió a tocar de modo autodidacta. Fue abrazando otros dispositivos musicales y a los trece años su padre le regaló una guitarra eléctrica, su instrumento definitivo.
En el instituto entabló amistad con el también músico André Cymone. Se fugó de casa y se refugió en la de su amigo, donde acabó viviendo seis años. Los dos colegas se iniciaron versionando a Earth, Wind & Fire, Jimi Hendrix o Billy Preston, con el batería Charles “Chazz” Smith, primo de Prince. Montaron el imberbe grupo Grand Central y se bregaron en fiestas de instituto, centros comunitarios y religiosos, hoteles y otros escenarios similares. Debutaron con una maqueta de cuatro temas y cambiaron su nombre por Champagne.

LOS FABULOSOS OCHENTA
A los 17 años, Prince conoció al músico profesional Pepé Willie, marido de una prima suya, quien le introdujo en el mundillo y con el que hizo sus primeras grabaciones, acompañándole como guitarrista en el grupo 94 East. Entró de aprendiz en un pequeño estudio y elaboró en solitario su primera maqueta. El promotor Owen Husney le apoyó para una nueva grabación en condiciones con temas como “Soft and Wet” y ficharon por la Warner Bros.
En 1978, Prince se estrenó en disco con “For You”, en el que era responsable de todas las canciones e instrumentos. Revalidó con un LP homónimo que incluía ya temas de éxito (“I Wanna Be Your Lover”) y provocadores (“Bambi”). Asomaban sus peculiaridades rockeras con potentes guitarras eléctricas, líneas de bajo funk y típica voz soul en falsete. Giró por primera vez en solitario o como de telonero de Rick James y en 1980 el álbum superó el millón de copias vendidas. Tenía 21 años de edad.
Cambió de estilo en “Dirty Mind”, con un sonido asomado a la modernidad que fue el debut de su “sexual funk”, con provocadora portada y títulos calientes. El cuarto vinilo, “Controversy”, aparcó lo sexual para reflejar temáticas sociales. A la vez que se estrenaba con grupos paralelos (The Time), aumentaba su popularidad entre el público blanco con el nuevo LP “1999” y canciones como “Little Red Corvette”.
La aventura creativa pasó a llamarse Prince & The Revolution y su éxito fue mundial con la grabación “Purple Rain” (1984), acompañado de una película del mismo título. La posterior gira norteamericana de presentación agrupó a más de un millón de personas. Con canciones como la que da título al disco o “When Doves Cry”, el álbum ha vendido desde entonces unos 22 millones de copias.

UN PEÓN EN SU JUEGO
El prolífico artista sacaba tiempo para paralelismos con sus grupos femeninos Vanity 6 o Apollonia 6. El álbum “Around The World In a Day” volvió a renovar la filosofía creativa con arabismos y psicodelias. Fue construyendo el macro centro audiovisual Paisley Park y renovando grupo, ahora llamado The Family, pero trabajando cada vez más como solista, y en 1987 acumuló máximos parabienes con “Sign o’ the Times”, doble disco particularmente ecléctico.
En el siguiente y potente “Lovesexy” posó desnudo sobre una flor para una portada que fue censurada en algunos países. “Batman” sería el cierre de una década en la que se había coronado como fundador del llamado Minneapolis Sound, con mucho sintetizador de fondo.
El inquieto músico inauguró los noventa cambiando una vez más de banda con New Power Generation, con quienes grabó los ampulosos dobles discos “Graffiti Bridge”, “Diamonds And Pearls” y “Love Symbol”. Este último inauguró muchos cambios. Enfrentado a su discográfica, lo firmó con un símbolo impronunciable y lo editó como Paisley Park Records. El icono simbolizaba la parte femenina y masculina de las personas y era presentado como «una invitación a pensar de manera distinta, conectándose a una nueva frecuencia libre».
El estajanovista Minneapolis Kid exigía sacar más discos, lo que acabó en ruptura con su empresa. Declaró que «me convertí simplemente en un peón que utilizan para producir más dinero para Warner Bros» e hizo presentaciones con la palabra “esclavo” pintada en la cara. La prensa le apodó “El artista antes conocido como Prince”. Grabó otros cinco álbumes, incluido el triple “Emancipation”, hasta firmar nuevo contrato con la compañía Arista en 1998.
LIBRE O ESCLAVO
Abrió el nuevo siglo convertido en Testigo de Jehová, dejó de cantar las canciones sexualmente explícitas y abandonó esa temática en las nuevas composiciones. La salida del álbum “The Rainbow Children” pareció fruto de los nuevos tiempos con personales mezclas de estilos y texturas, en un concepto retrovisor hacia el rock sinfónico de los setenta y ecos de jazz-soul-funk.
El imprevisible creador pasó por una etapa de discos más alternativos vendidos a través de su web. Incansable, publicó además bajo pseudónimos como Jamie Starr, Joey Coco, Alexander Nevermind, Camille, Tora Tora y Christopher.
Libre de trabas empresariales, había retomado su nombre y probó nuevas formas de negocios, como cuando se alió en varios países a periódicos o revistas para vender sus discos conjuntamente. Fue pionero en internet y uno de los primeros en vender online. El prolífico creador tuvo un significativo bajón de producciones en la segunda década del nuevo siglo, los años anteriores a su muerte. El legado póstumo acumularía reediciones y trabajos de archivo como “Welcome 2 America”, con el lema “Bienvenidos a América, tierra del hombre libre, casa del esclavo”.
LOS BELLOS
Además de las escapadas con grupos paralelos, las composiciones de Prince lograron algunos grandes éxitos en otras voces. “Manic Monday”, compuesto bajo el seudónimo Christophe, fue un bombazo para el gupo femenino The Bangles. Colaboró con Madonna en el exitoso disco “Like a Prayer” y con la cantante Martyka. Su habilidad compositora tuvo el mayor eco ajeno en la versión de “Nothing Compares 2U”, de la irlandesa Sinéad O’Connor, considerada «la mejor canción de Prince sin Prince».
Se le atribuyeron relaciones con algunas de esas cantantes y otras celebridades y su vida sentimental fue muy variada. Se casó con la artista Mayte García y tuvo un hijo que falleció a los días de nacer. En 1991 se casó de nuevo con Manuela Testolini, empleada de Pasiley Park, de quien se divorció en 2006.

Resulta difícil separar la paja del grano en el caso de este tipo de mitos mediáticos. Él mismo labró un halo de misterio y despiste. En “The Beautiful Ones” (Reservoir Narrativa, 2019), el especialista Dan Piepenbrig realizó un trabajo de síntesis biográfica. Lo había convocado el propio artista, que había arrancado una primera parte de treinta páginas, pero su inesperada muerte frustró la colaboración y el biógrafo montó el libro.
El título es el nombre de una canción del álbum “Purple Rain” y lo eligió Prince porque pensaba que no había sido entendido y que “Los bellos” eran su madre y su padre. El reconocimiento filial de aquel intrépido chaval, instintivamente creativo, que creó un particular mundo artístico, un original personaje y un emporio económico.
EL SISTEMA ESTÁ ROTO
La peor versión del genio la relató la ya también fallecida Sinéad en sus memorias. Contó que la convocó a su “siniestra” mansión de Hollywood y llegó casi al maltrato. Huyó y decidió «no volver a ver a ese diablo… Era un diminuto Hitler musical».
Sin embargo, en estos días de aniversario hay reconocimientos personales muy positivos. Hay quien lo compara con Bruce Springsteen, ahora que The Boss es bestia negra de Donald Trump por su directa implicación contra los crímenes policiales en la ciudad de Prince. Se recuerda que, cuando la policía de Mineápolis mató a George Floyd en 2020 y estallaron las protestas, se hizo popular el meme “Nadie pensó que la revolución comenzaría en Mineápolis… excepto Prince”, recordando a su grupo The Revolution. Se revindica que se sirvió de su plataforma para ayudar a los artistas en sus derechos, al movimiento Black Lives Matter o a la juventud pobre.
En 2015, tras la muerte en sede policial de Freddie Gray, compuso “Baltimore”, viajó a esa ciudad para cantar ante la gente y elaboró un reivindicativo vídeo que terminaba proclamando: «El sistema está roto. Esta vez, va a hacer falta que los jóvenes lo arreglen. Necesitamos nuevas ideas, nueva vida». ¿Visionario también en lo social?




