Periodista / Kazetaria
LA HISTORIA VISTA DESDE UN GAY BAR

Un camino de baldosas arcoíris

Escrito originalmente en 2021, «Gay Bar» (Capitán Swing, 2026) fue el primer libro del ensayista estadounidense Jeremy Atherton Lin, un viaje histórico e itinerante a través de los múltiples locales donde la población homosexual, entre sincopados ritmos musicales y amaneceres nocturnos, entonaba la construcción de su propia identidad.

Pat Rocco, fotografía de la pista de baile del Studio One. Cortesía de la editorial Capitán Swing
Pat Rocco, fotografía de la pista de baile del Studio One. Cortesía de la editorial Capitán Swing

El proceso evolutivo sufrido por las ciudades a lo largo de los años responde en buena medida a las demandas provenientes de la sociedad de cada momento, alterando su fisionomía con el fin de proporcionar el paisaje más apto para saciar dichas reclamaciones. Un diálogo que, lejos de enunciarse de manera unidireccional, discurre bajo un itinerario circular, suponiendo al mismo tiempo esos cambios en la configuración de las urbes una influencia a la hora de alterar los ritos y costumbres de sus pobladores. En esa constante retroalimentación, tienen un papel destacado aquellas realidades que su visibilización aporta a la vez un cambio en el paradigma político o ideológico. Tal es el caso del movimiento gay, una condición sexual por supuesto inherente al ser humano pero que, tras un peregrinaje histórico de represión y “autoexilio”, no ha sido hasta fechas recientes cuando ha encontrado un alojamiento que, aunque lejos de alcanzar su completa normalización, le ofrezca visos de naturalidad. Presencia que le ha convertido, como a cualquier otro grupo significativo de personas, en pieza representativa y relevante; una estabilidad condenada sin embargo ha dirimir una constante lucha contra los repetidos intentos por ocultar algo tan innegociable como las pasiones particulares.

Uno de los actores que se han ido adentrando en ese laberinto existencial de identidades queer es el escritor Jeremy Atherton Lin, quien ostenta un doble desempeño en esa misión, porque al lógico que conlleva imbuirse en él como destino propio, está el de brillante anotador de todo ese escenario, plasmado en “Deep House” y previamente gracias a “Gay Bar”. Un explícito título que sin embargo funciona a través de diversos vértices: adoptando la forma de “cuaderno de viajes” por ese tipo de establecimientos y su genealogía; un libro de bitácoras individual y la reflexión casi ensayística de esa travesía llena de altercados que ha significado la instauración del movimiento gay como sujeto social. Una narración que, al abrirse a esos múltiples formatos, conlleva por extensión un tipo de escritura que hace de su latido sensorial y sexual un dictado de erudición alimentada por la experiencia.

Fotografía de un urinario público de Jeremy Atherton Lin. Cortesía de la editorial Capitán Swing

PALABRAS Y LUCHAS PRIMERIZAS

Aunque la historia de esta obra está vinculada indisolublemente a la primera persona encarnada en el autor, al igual que cualquier otra, toda experiencia necesita para su correcta traducción el conocimiento de unos antecedentes que, en este caso, hicieron de puerta de entrada a unos años noventa que descorrieron la cortina de un paraíso de pasiones que van a ser retratadas en sus páginas como trascendentes pero sin ningún afán panegírico, y sí bajo la siempre conveniente mirada analítica y crítica. Que la palabra “gay”, ya desde el siglo XIV utilizada como sinónimo de comportamiento disoluto, todavía hoy sea recogida en el Oxford English Dictionary a través de significados históricos como loco o frívolo, delata el espíritu censor que sobre ella se cierne. Y como tal, interpelada a enfrentarse a complejos y estigmas vehiculizados en muchas ocasiones a través de comportamientos mucho más trágicos que la punzada emitida por las palabras.

R. Michael Kelley, fotografía del mural Tool Box de Chuck Arnett, 1975. Cortesía de la editorial Capitán Swing

En consecuencia a ese oprobio histórico, el lema “en los bares y en las calles” que acompañó a buena parte del movimiento, era un diagnóstico sobre la inexcusable necesidad de hacerse fuertes no solo en sus lugares de esparcimiento, también en el espacio compartido con los demás habitantes. Aunque la protesta más icónica y tumultuosa fue la sucedida en Stonewall, producida tras una redada policial fechada en 1969, en el pub Stonewall Inn, en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, no resulta menos importante la pintoresca sentada, portando ramos de flores, realizada un año antes frente a la oficina de policía, en respuesta a las dos detenciones producidas en el El Patch Bar, de Wilmington, California. Todavía antes se produjo la que se considera la primera concentración reivindicativa, cuando el Black Cat, punto de encuentro habitual para la comunidad queer de Silver Lake, recibió la visita violenta de varios agentes durante la Nochevieja, represión contestada con una populosa marcha pacífica. El movimiento LGTBI ya no solo buscaba refugios donde expresarse libremente, había comprendido que en esa ecuación también era necesario defender activamente sus derechos.

Un compromiso que igualmente se celebraba tras las puertas de los locales, donde su bullicioso ambiente era germen para tejer redes de solidaridad. Tras esa aspiración surgió a principios de los años sesenta la Tavern Guild, inicialmente una fiesta semanal beoda que derivó en la primera asociación empresarial gay de Estados Unidos. Muchos eran sus tentáculos, desde un acuerdo para fijar los precios de las bebidas hasta la creación de un fondo de préstamos como ayuda a los establecimientos económicamente perjudicados, pero lo más relevante sobre todo fue el surgimiento de una red de informantes que avisaban sobre posibles redadas, repartiendo manuales de bolsillo con indicaciones respecto a la manera de comportarse legalmente frente al acoso policial. El baile, la diversión y el frenesí asumía el requerimiento de mantenerse alerta frente a las consonantes embestidas retrógradas.

Fotografía policial del interior del Caravan Club, Endell Street, Londres. Cortesía de la editorial Capitán Swing

NOCHES ETERNAS REFLEJADAS EN EL SOL

Otro enemigo, esta vez sin sesgos ideológicos pero igualmente demoledor, para el colectivo gay llevaba el nombre de una enfermedad, el SIDA, que todavía en los primeros años noventa dejaba a miles de infectados en las calles de Estados Unidos. En una de sus ciudades, Los Angeles, el club Probe escenificaba el discurrir que había marcado el recorrido de muchos locales, asumiendo y absorbiendo la evolución del paisaje social. Lo que en los setenta, bajo el nombre de Paradise Ballroom, era una de las mecas del baile afroamericano y latino, para convertirse más adelante en un club privado de moteros, el final del siglo XX le situaba como uno de los epicentros de la lujuria. Una explosión sensual que se concentraba en la californiana calle de Santa Monica Boulevard, un entorno repleto de colores chillones y consumidores de Amaretto que emitían un efecto llamada hasta el punto de ser bautizado el lugar como el “Camelot Gay” o la “Ciudad creativa”. El reclamo, espoleado también por cines “solo para hombres” como el Tomkat o librerías especializadas (Circus of Books), en busca de un turismo elitista y pudiente, conllevó de manera natural la configuración de un ambiente homosexual dictado entre clichés raciales y de clase, haciendo de su población visitante un desfile de adonis depilados que imponían su propio canon.

En esa desenfrenada ruta llena de decibelios y miradas libidinosas, el edificio Factory no dejaba de ser una escala más para tantos jóvenes que conquistaban las noches a golpe de suspiro. En el interior de aquel edificio, en su planta superior, se encontraba Studio One, la mítica sala que, tras ser adquirida en 1974 por Scott Forbes, tintó sus cristales e incorporó siete bolas de discoteca y un Pegaso de neón. En aquella discoteca repleta de espejos, los cuerpos jadeantes, muchos de ellos sin camisetas, escribían la historia del ocio rodeados de rostros ilustres. Un relato que muchas voces del momento sin embargo acusaban de estar escrito sobre un trato discriminatorio, teniendo la población afroamericana otros destinos, como la famosa sala Jewel's Catch One , donde celebrar entre iguales su propia fiesta existencial.

Edificio Factory, de Jeremy Atherton Lin; DJ Bus Station John. Cortesía de la editorial Capitán Swing

El millón de manifestantes que colapsaron las calles de Washington en1993, bajo el grito de “igualdad de derechos y liberación de lesbianas, gays y bisexuales”, más que una “salida del armario” colectiva significó el reclamo de toda una población que se negaba a seguir viviendo con miedo. Mientras, desde el otro lado del planeta, en Londres, diversos periodistas hacían brotar el término Post-gay, alrededor de editoriales en la revista Attitude, como una suerte de refundación del movimiento que se alejaba de dogmas consumistas y “afeminados”. Se trataba de un proceso que afectaba también a la morfología de los locales: lo que hasta ese momento habían sido primero establecimientos privados para encuentros de incógnito, pasando por discretos y aburridos centros con ventanas y muros tapiados, ahora irradiaban un concepto más abierto y salubre, una manera de enfrentar a la pandemia del SIDA y de “contraprogramar” a la zona del Soho, donde la habitual exhibición de músculos solo había cambiado su banda sonora, intercambiando la música disco por el house. El Popstarz abanderó esa nueva realidad, donde se instaba a beber y no a ligar mientras se disfrutaba del emergente sonido del britpop, gracias a bandas como Oasis, Blur o Suede. Aparecían nuevos himnos y arquetipos que anunciaban algo que era sabido pero que entonces se mostraba en plenitud; no existía un gay bar, las opciones para confraternizar entre cuatro paredes eran tantas como los modos de vida de sus moradores.

Hal Fischer, «Street Fashion: Basic Gay», de la serie Gay Semiotics. Cortesía de la editorial Capitán Swing

No es casualidad, dada la costumbre de las ciudades por superponer estratos sinónimos pero de diferente origen temporal, que dicho bar naciera en el distrito Adelphi, un complejo construido en 1774 y que, si en su fundación fue residencia de figuras como George Bernard Shaw o apareciera citado de manera bucólica en la novela “David Copperfield”, de Charles Dickens, pronto se convirtió en zona de “cruising” (encuentros sexuales casuales en zonas públicas) haciendo de su urinario un conocido centro de peregrinación lascivo. Una biografía erótica que se desplegó y fue rubricada por la apertura en 1979 de la gran discoteca Heaven. Como si de un pequeño país dominado por la picardía y la francachela se tratase, en sus rincones están grabados los secretos, más o menos húmedos, de diversas generaciones.

Folleto de un evento en la sala Probe. Cortesía de la editorial Capitán Swing

No menos emblemático resulta el distrito Castro, en San Francisco, que dada su condición como destino para advenedizos que buscaban una zona alejada de representaciones sórdidas, significó convertirse en una caleidoscópica representación de las distintas expresiones del movimiento gay, alojando en sus calles locales de látex y cuero, como el Detour, o el tabernáculo para parroquianos de los suburbios que representaba Café. Ejemplos de resiliencia e integración pero que en su desarrollo iban a delatar una estandarización donde el homosexual de clase media podía llegar a ser interpretado como un ser invasor por las familias obreras autóctonas o emigrantes. Tensiones que, al igual que todo colectivo que busca su espacio propio, se reproducían por igual frente el ecosistema “nativo” y entre las diferentes sensibilidades existentes en el movimiento. La identidad y su integridad, ya sea de puertas para afuera como con vistas al interior, siempre, y en todos los estratos, ha sido un recurrente campo de batalla.

Folleto tipo collage de Tubesteak Connection. Cortesía de la editorial Capitán Swing

La privilegiada zona angelina estaba custodiada por el histórico bar Twin Peaks, abierto desde 1972 bajo esa denominación. Uno de esos lugares que intentaba limar su sordidez con una decoración consistente en plantas o muebles victorianos, una estética en la que sobresalía sobre todo su enorme cristalera. Más allá de generar posibles ataques pudorosos, o incluso promover el exhibicionismo, lo que pretendía era transmitir un ejercicio de normalización, eso sí, especialmente “adecentado” con la expresa prohibición de realizar tocamientos a la vista. Si el Harvey’s, llamado así en homenaje al activista homosexual asesinado Harvey Milk y escenario donde la diva de la música disco Sylvester actuaba, mantenía también esa política de ventanales, su antítesis lo representaba Catacombs, refugio íntimo para prácticas como el sadomasoquismo o “fisting”. Dos formas de vivir, y exponer la sexualidad, que pese a parecer contrapuestas, siéndolo en su manifestación, pertenecían a las variadas sensibilidades que cualquier colectivo aloja en su interior.

Fotografía de la manifestación del Black Cat, 1967. Cortesía de la editorial Capitán Swing

La elaboración, en consonancia a esa apertura de nuevas realidades y expresiones de género, de una “literatura” alrededor de la condición gay trasladó sus debates a los espacios culturales, especialmente ávidos de reflexionar artísticamente sobre esa condición en San Francisco. Una tradición lectora, con episodios protagonizados por Allen Ginsberg o la cantante folk Odetta, que tuvo continuidad, por ejemplo, en la noche de micros abiertos para lesbianas en el café Bearded Lady o las charlas literarias organizadas por la sauna Eros. La palabra cobraba así la importancia que se merece a la hora de pensar sobre uno mismo y los que le rodean, lo que significaba igualmente generar interrogantes no siempre fáciles de resolver.

Detalle del distrito de Adelphi, de Jeremy Atherton Lin. Cortesía de la editorial Capitán Swing

UN MAPA SIN FRONTERAS

Aunque San Francisco, en su continuo retorno entre la constante revitalización y el desplome, mantiene su papel como eje vertebrador, ofreciendo espectáculos tan heterodoxos como los bailes de salsa en el local queer El Rio, las rutas en busca de placer cada vez se sienten menos focalizadas y se instalan entre los pliegues de los mapas. Así, guetos como Tenderloin, Polk Gulch o South of Market lanzan sus luces de colores ocultas entre sus coordenadas, mientras que la carretera espera ser atravesada para acompañar el cauce del californiano río Russian hasta llegar al saloon rústico Rainboy Cattle Co., o detenerse en la confluencia entre Oakland y Berkeley para encontrarse con White Horse, el que probablemente sea, junto al Café Lafitte in Exile, de Nueva Orleans, el bar gay en funcionamiento continuo más antiguo del país. La cartografía estadounidense, capaz de esconder fantasmas de capuchas blancas entre sus tierras, es un suelo también perfectamente apto para poder distraerse cruzando miradas del mismo sexo.

Jeremy Atherton Lin. Fotografía de un mural. Cortesía de la editorial Capitán Swing

Lo que antaño fue un distrito londinense marginal, Shoreditch, se ha transformado también, a lomos de la edificación en 2007 del club privado Shoreditch House, flanqueado por una tienda Versace, en una obligada parada para el colectivo queer. Unas elitistas construcciones que son además una declaración de intenciones a la hora de subvertir las fronteras entre la moda y la identidad, si es que existe tal dique que les separe. Suspendida sobre los tres pilares que forman sendos locales (George and Dragon, Joiners Arms y Nelsons Head), la mutación de la zona no ha estado exenta de controversias gentrificadoras, especialmente visibles en los encontronazos con la población de ascendencia asiática. Una problemática convivencia que décadas atrás ya se manifestó en el peligro que supuso la presencia de grupos skinheads, paradójicamente llamados también por la existencia del icónico bar London Apprentice, donde “cabezas rapadas” disfrutaban entre juegos de latex y cuero. En pocas ocasiones la condición sexual se ha conjugado de una manera tan pintoresca, y a la postre peligrosa, demostración de lo inútil de homogeneizar a un colectivo tan extenso y heterogéneo.

Benedetto Pastorini, grabado del Adelphi y de la ribera del Támesis, alrededor de 1772. Cortesía de la editorial Capitán Swing

LAS DISTINTAS FORMAS DE SER

No es extraño que la mayoría, y más ostentosa, muestra de violencia contra la población queer se produzca en torno a sus lugares de ocio, o incluso dentro de ellos, como la masacre en la discoteca Pulse, en Orlando, en 2016, donde un hombre disparó contra la multitud matando a 49 personas. Su paso adelante y su presencia en la vida pública ha sido entendida por parte de la masculinidad más restrictiva y tóxica como un ataque a sus valores varoniles, a lo que ha colaborado que cada vez más la “vida nocturna” haya absorbido parte de su idiosincrasia y características, en una mezcla de oportunismo mercantil y sensibilización. Una situación que genera casos tan paradigmáticos como el de la pauperizada ciudad británica de Blackpool, uno de los enclaves menos prósperos que ha encontrado su forma de evasión alrededor de un amplio tejido de bares gays. La otrora tradición de ahogar las penas sentado en un taburete en soledad, ahora se interpreta a través de una pista de baile con purpurina.

Fotografía del local Twin Peaks, de Jeremy Atherton Lin. Cortesía de la editorial Capitán Swing

Lo que el libro de Jeremy Atherton Lin, “Gay Bar”, nos revela, junto a la experiencia particular, es la imposibilidad de constreñir, ni para su beneficio ni lo contrario, lo que es una pulsión humana, y como tal, contradictoria, libre y fluctuante. Pese a ello, su formulación en la vida cotidiana, y consecuencia de la represión -más o menos directa- a la que ha sido sometida la comunidad gay, ha necesitado buscar santuarios y refugios donde poder relacionarse e interactuar sin miradas acusatorias. Rastrear esa historia es comprender y conocer una desprejuiciada narrativa a la que el futuro está obligado a permitirle entonar su condición de la manera que considere oportuna, pero nunca más escondida tras espejos tintados ni emitiendo palabras de amor, o lujuria, en voz baja.