«La danza de la realidad» marca la decadencia creativa de Jodorowsky
Los años de inactividad fílmica le pesan a Alejandro Jodorowsky, ya que desde el malogrado proyecto de la adaptación de «Dune» no ha podido volver a dirigir. Como quiera que otras películas soñadas también se han ido quedando por el camino, «La danza de la realidad» se presenta como una película más posibilista y no tan delirante si la comparamos con «Fando y Lis», «El topo», «La montaña sagrada» o «Santa sangre».
Es una autobiografía imaginaria hecha con los recuerdos distorsionados de su infancia en la pequeña y remota población chilena de Tocopilla. Aprovecha para hablar de la educación represora, impartida en su caso por un padre autoritario de ideología estalinista. La madre, por su parte, es representada como una soprano operística que lo dice todo cantando y dando el do de pecho.
La recreación de aquel universo es de lo más surrealista, con un sentido de la teatralidad heredado del otrora subversivo movimiento Pánico, que fundara junto a Topor y Arrabal. Pero sus formas simbolistas se han quedado un tanto desfasadas, y Jodorowsky intenta recuperarlas a través de su invento de la sicomagia. Por ello ejerce de narrador y chamán con su constante presencia al lado del niño protagonista.

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