Los daños colaterales de los conflictos se extienden

Las consecuencias de los daños colaterales de los conflictos bélicos son como las pandemias, que se extienden a la manera de un virus que va inoculado en las personas, las cuales se contagian unas a otras. Esto es lo que trata de explicar “Tiempo sin aire”, que habla de la guerra en Colombia, como podría hacerlo con respecto a la de cualquier otra parte del planeta, porque lo que interesa reflejar son las heridas sin cicatrizar que arrastran consigo los supervivientes donde quiera que vayan.
El tema central de la película está claro, pero tiene otras subtramas que en lugar de sumar provocan cierta dispersión. Se toca también el problema de la inmigración, las relaciones familiares partiendo de pérdidas dolorosas, o la situación educacional con niños desubicados. Tales desviaciones vienen dadas por el hecho de que la acción salta del presente al pasado, de Tenerife a Colombia. Y además, el equipo de guionistas se guarda algunas sorpresas, como queriéndole dar a la narración un aire de intriga y de thriller, lo que combinado con algunos excesos melodramáticos provoca asimismo una falta de definición genérica.
No sé hasta qué punto los desajustes se deben a una posible ausencia de línea directriz, debido a que las descisiones han de repartirse cuando dependen de una pareja de realizadores. Es la segunda vez que Samuel Martín Mateos y Andrés Luque trabajan juntos, después de su ópera prima “Agallas” (2009), que al ser una historia sobre el narcotráfico gallego estaba mucho más localizada o focalizada en todos los sentidos.
El reparto también resulta irregular, siendo la presencia más convincente la de la actriz colombiana Juana Acosta, a la que se le ve muy vinculanda con la procedencia del personaje. Su emparejamiento con Carmelo Gómez ya no funciona tan bien, salvo en algún diálogo puntal, como cuando el sicólogo infantil dice: «...por algo no nos pusieron ojos en la espalda».

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