Iñaki LEKUONA
Periodista

Cultura democrática

La clarividencia de Valls le permite discernir sin ningún género de duda entre refugiados políticos e inmigrantes ilegales. A los primeros les perseguiría una policía antidemocrática. A los segundos, únicamente el hambre. Para los primeros, dice, alfombra roja, eso sí en determinadas condiciones; para los segundos, puerta. Será que su padre, cuando emigró a Francia, lo hizo en calidad de refugiado político. Será que este señor se escribe a sí mismo con S mayúscula y, sin que nadie lo advirtiera, será que tenemos un dios, ni hecho hombre ni hostias, todo un dios, allí, en las alturas de Matignon, mucho más arriba que el propio Elíseo.

Todopoderoso él, ¿será Valls capaz de ver con su ojo divino las porras que se abalanzan contra las personas –ilegales, sí– que pretenden abandonar Francia, patria de los Derechos Humanos, para entrar en Gran Bretaña por el paso de Calais? Omnipotente él, ¿comprenderá por qué cada vez más parados, franceses de pura cepa, se ofrecen por unos 1.000 euros a transportar a personas –que sí, ilegales– a la otra orilla del canal de la Mancha?

Sin duda, el altísimo Valls es capaz de ello y de mucho más. Verbigracia, el primer ministro ha reconocido en Cannes que la decisión de su Gobierno de reducir el presupuesto en cultura fue «un error». El cine ha perdido un actor. La cultura democrática, también.