Excelencia
Quisiera escribir el artículo más bello esta mañana. Escribir por ejemplo, no creo en la excelencia creativa. Me parece una excelente manera de hiperbolizar. Nadie es capaz de objetivar el gusto sin rozar la teología artística. En el mejor de los casos es un sublime trabajo de evangelización que trata de establecer dogmas sectarios. Unas fronteras imaginarias fundamentadas en creencias esotéricas, en eso tan abstracto que se llama gusto y que choca con otro talismán, los tratados académicos que sustentan el discurso y el canon.
Quería escribir un artículo bello, la columna más inspirada, y acabo ante el muro de las lamentaciones repasando los restos del naufragio estructuralista, recomponiendo los fragmentos de la semiótica como el espíritu de la sabiduría y la reconstrucción de la analítica que ha ido transformándose en un compendio de frases que configuran un pensamiento de baratijas. Algunos creen que con espejos rotos pueden cautivar a públicos indefensos. Y los públicos llevan en su código genético toda la carga viral de la vanguardia trasnochada, del costumbrismo más exacerbado y de la poética de la desilusión.
El trabajo es la excelencia, justo cuando se busca más allá del primer hallazgo, cuando se insiste en llegar más lejos como atletas del parnaso. Trabajo, estudio, repetición, estado de gracia y conocimiento, aliñado de talento y sentido de la historia. Contra la desgana general. La mejor manera de vivir algo que de verdad merezca la pena llamarse vida.

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