El ISIS aguanta en Siria e Irak y se expande a través de filiales
El que sigue es el primero de dos artículos sobre el primer año del califato. Al balance sobre los éxitos y reveses del ISIS le seguirá un análisis sobre el origen, alianzas y modus operandi del nuevo yihadismo.

Este es vuestro Estado. Venid a construirlo, y, si no, haced todo lo que podáis, estéis donde estéis, para apoyarlo». Abu Bakr al-Baghdadi, un iraquí encarcelado por los ocupantes estadounidenses en la prisión de Camp Bucca y autoproclamado califa Ibrahim, anunció así hace un año el nacimiento del Estado Islámico. Lo hizo el 29 de junio de 2014 desde el púlpito de la mezquita de Mosul, histórico enclave de población en la Arabia bajo dominación otomana y actualmente segunda ciudad de Irak (después de Bagdad), conquistada semanas antes por los yihadistas del ISIS.
Un año después, el califato, que ocupa una superficie similar a Gran Bretaña y gobierna a 8 millones de personas, ha sufrido algunos reveses militares. Las milicias kurdas del YPG, con la cobertura aérea de los bombardeos estadounidenses, le expulsaron de Kobane y, lo que estratégicamente es la primera gran derrota del ISIS en Siria, de la localidad de Tall Abyad, desde donde los yihadistas recibían nuevos reclutas y suministros desde la frontera turca.
En el lado iraquí del califato, el ISIS ha sido obligado a replegarse de Tikrit, ciudad natal del desaparecido líder Saddam Hussein, y de la región-refinería de Baiji por las milicias chiíes.
Sin embargo, Daesh (acrónimo por sus siglas en árabe y que tiene un tono despectivo) ha suplido esas pérdidas –un 20% de territorio según cálculos del Pentágono– con unas contraofensivas que le han permitido en los últimos meses conquistar la totalidad de la ciudad iraquí de Ramadi. Lo hizo el 17 de mayo con una serie de atentados con coches-bomba que coincidieron con una, si no divina, sí oportuna tormenta de arena que puso en desbandada al maltrecho Ejército iraquí, metáfora perfecta esta última de la desintegración del País de los Dos Ríos heredero de la antigua Mesopotamia.
Cinco días después de que izara la bandera negra en la capital provincial de al-Anbar (la más grande de Irak), el ISIS expulsaba al Ejército sirio de la ciudad-oasis de Palmira (Tadmir en árabe). Más allá de los simbólico de la conquista de una de las joyas mundiales del patrimonio de la humanidad, los yihadistas lograban un avance estratégico hacia la ciudad de Homs, en el centro del país.
Sus ofensivas en Ramadi y en Palmira evidencian que Bagdad y Damasco siguen siendo el objetivo del ISIS. La capital iraquí sufre atentados diarios. Por lo que toca al frente sirio, el ISIS, consciente de que la capital damascena es de momento inalcanzable, busca con su consolidación en la región de Palmira lanzar una ofensiva para cortar el eje de comunicación entre Homs y Damasco, buscando así aislar a la provincia costera de Lataquia, feudo alauíta del régimen sirio.
Sin embargo, una cosa son los objetivos y otra la realidad. Y el escenario tanto en Siria como en Irak apunta a un impasse, tanto para el ISIS como para sus rivales. La debilidad del Ejército sirio se ve suplida por el hecho de que el ISIS se enfrenta a más enemigos (los kurdos del YPG y los distintos grupos y alianzas rebeldes islamo-salafistas-yihadistas).
El impasse afecta igualmente a los enemigos del ISIS en Irak. Los kurdos se conforman con mantener el control de su territorio (con capital en Erbil) y de la petrolera y en su día disputada Kirkuk. Por lo que toca a Bagdad, su sometimiento sectario a las milicias chiíes y en última instancia a Teherán le resta legitimidad a la hora de lanzar una ofensiva general sobre el Irak suní en manos del califato. E, igualmente decisivo, sirve a EEUU para justificar su escaso celo a la hora de atacar al ISIS en suelo iraquí.
Siendo cierto el contraste entre el empeño estadounidense para dar cobertura a los kurdos sirios contra el ISIS y su apatía a la hora de ayudar a las milicias chiíes iraquíes, las críticas que coligen de ello que EEUU es como mínimo cómplice de los yihadistas pecan de un simplismo que hace ya años saltó hecho añicos en el abigarrado escenario de Oriente Medio.
Sin obviar la más que dudosa legalidad internacional de los bombardeos en Siria e Irak –no falta quien añade que son a la postre contraproducentes–, lo que está claro es que, aun siendo consciente de que el califato islámico del ISIS perdurará años (generales del Pentágono hablan de por lo menos un decenio), la Casa Blanca –siquiera la de Obama– huye como de la peste de la idea de una intervención terrestre. Llevarla a cabo sería aceptar la constante invitación del ISIS, que suspira por un enfrentamiento armado apocalíptico entre los ejércitos de Roma (Occidente) y las fuerzas del islam (califato) en la profecía narrada por el profeta Mahoma en la batalla de Dabiq, localidad siria cercana a Alepo y que da nombre a la publicación periódica del ISIS a través de internet.
Nunca se insistirá lo suficiente en que los titubeos, las debilidades y los marcajes recíprocos de los principales agentes internacionales sobre el terreno son los que, junto a sus evidentes logros y fortaleza, los que han permitido al ISIS mantener alta la bandera negra en su califato.
Sin embargo, EEUU y sus aliados, naturales o circunstanciales, lo fían todo a mantener una presión sobre los yihadistas que les impida avanzar territorialmente e incluso que les obligue a ir reculando. Y es que no hay que olvidar que, al estructurarse sobre un territorio, el ISIS asume, al contrario de Al Qaeda, una evidente ventaja pero a la vez un importante riesgo: el de la derrota total. Sin territorio no hay califato y el ISIS perdería su principal idea-fuerza y que lleva atrayendo a suelo sirio e iraquí a decenas de miles de combatientes de todo el mundo.
Esa idea-fuerza, plasmada en un territorio concreto y en la gobernanza sobre ese territorio, es precisamente la razón del éxito de este nuevo yihadismo sobre la vieja Al Qaeda. Mientras la organización fundada en Afganistán por el desaparecido Osama Bin Laden tenía como objetivo atacar a Occidente y funcionaba en una suerte de red de grupos dispersos geográficamente y a los que no se podía eliminar por completo, el califato del Estado Islámico combina un ejercicio de propaganda tan macabro como eficaz con la demostración palmaria de que es posible gobernar un territorio. Y hacerlo conjugando las necesidades de la época actual (servicios médicos, infraestructuras) con una gobernanza basada en una interpretación ahistórica del Corán.
Así, el ascendiente del Estado Islámico, dirigido por un califa, Ibrahim, que se reclama descendiente de la tribu del Profeta (los quraish) ha laminado totalmente a Al Qaeda, al punto de que toda una miríada de grupos adscritos hasta hace poco a la nebulosa de la red de Bin Laden le han jurado obediencia y luchan para sumar provincias a ese proto-estado (ver página siguiente).
Desde Indonesia hasta el Cáucaso pasando por las repúblicas postsoviéticas de Asia Central, la bandera negra del Estado Islámico ondea en la práctica totalidad de los innumerables escenarios de crisis que asolan a las sociedades musulmanas.
El ISIS puede vender sin duda esta expansión como un éxito aunque cabría recordar que las fidelidades de este tipo de grupos son volátiles (y si no que se lo digan a Al Zawahiri, el denostado sucesor de Bin Laden al frente de Al Qaeda).
Igualmente, los atentados de lobos solitarios más o menos adscritos al ISIS –más allá de su tremendo impacto en Occidente– pueden ser percibidos a la postre como una muestra de fortaleza y a la vez de debilidad. Y es que, afortunadamente, y de momento, no ha logrado emular los 11-S, 7-J y 11-M de Al Qaeda y todo apunta a que esos «lobos» son en realidad aspirantes frustrados (por las policías) a ir a vivir y luchar al califato.
Porque, más allá de atentados, expansiones y adhesiones más o menos interesadas, el futuro del califato se juega en Siria y en Irak (y acaso también en la convulsionada Libia). Conviene, por tanto, comprender cómo actúa, cuál es su origen y cuáles son sus aliados, qué es, en definitiva, el califato del Estado Islámico. ¿Un movimiento milenarista apocalíptico? ¿Un grupo que utiliza una visión protohistórica de la religión para llegar y aferrarse en el poder?. ¿O ambas cosas? El debate está servido. Continuará.

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