DESDE LAS GAteras del callejón

Un incidente que enfrenta a sensatos-sosos y puristas-gore

Euna actividad tan imprevisible e ingobernable como el encierro, el debate en Iruñea se extendió como la pólvora en cuanto Curioso I decidió que estaba mejor en los corrales de Santo Domingo que corriendo por las calles. No se sabía qué hacer: ¿Sacar al toro con los cabestros de cola? ¿Hacerlo correr más tarde, en un segundo encierro a media mañana, previo aviso? ¿Llevarlo desde ahí en camión a la Plaza? ¿Bajarlo a los corralillos del Gas, haciendo el encierrillo al revés, para que el traslado al coso fuera más sencillo? Ni siquiera estaba claro quién debía decidir: ¿Los pastores, como «técnicos»? ¿La Casa de Misericordia, organizadora de los actos taurinos? ¿El Ayuntamiento, gestor del programa festivo oficial en que aparece el encierro?

En esa incertidumbre afloraron los dos modos de entender y querer la carrera. Son perfectamente reconocibles: quienes suspiran aliviados cuando los toros llegan a la meta cada mañana y quienes siempre preferirían una vuelta más. En otras palabras, los que dicen que este 2015 va muy bien y los que aseguran estar aburriéndose.

Para los sensatos (sosos vistos desde la acera de enfrente), lo lógico era exactamente lo que se terminó haciendo: encerrar bien al toro díscolo y bajarlo lo antes posible al otro lado del Arga para desde ahí subirlo a la Plaza de Toros por la cuesta del Labrit. Para los puristas (gente gore desde el prisma de los prudentes), lo que tocaba era sacar a Curioso I a la calle, cuando y como fuera, y acabar el encierro como era debido.

Por la vía de los hechos, las batallas parecen ir ganándolas los primeros (antideslizante en la curva de Estafeta, gateras en el callejón, restricciones de acceso...) Pero los puristas-gore saben que la guerra es la larga y la ganan ellos.