Una gran ópera laica modernista inspirada en el santoral

Teresa de Ávila e Ignacio de Loyola como inspiración puede parecer una acción posmoderna o una revelación iniciática. Es una obra creada originalmente en unos tiempos donde las vanguardias marcaban tendencia y lo hacían desde la libertad de expresión, del hallazgo estético, una alternativa que se preñaba de discurso político en su formulación artística. Un texto de la poetisa, novelista y dramaturga norteamericana Gertrude Stein, en colaboración luminosa con el compositor vanguardista Virgil Thomson, escrita en 1927.
Este es el material del que parten Luisa Costa, como adaptadora del texto, y Antonio Pires, que es el que ha urdido este espectáculo total, y logran una gran ópera, deliciosa en su intensidad, en sus propuestas estéticas, en su capacidad para crear un mundo tan sobreactuado, tan barroco, que acaba convirtiéndose en una deconstrucción de la propia historia de estos cuatro santos que acaban siendo dos, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Tolosa, y la aproximación a estos dos personajes, su obra, su biografía se hace desde una mirada totalmente laica.
No son hagiografías, ni dan más referencias que las de su espiritualidad confrontada a su pragmatismo, a su eficacia escribiendo o como soldado, y desde una distancia y con una actitud desopilante, que en la estructura escénica, las coreografías, los movimientos, las luces, el propio espacio con un grandísimo espejo que obliga a los espectadores a verse reflejados, convierten este acto teatral en un acontecimiento de primer orden.
No se sigue la estructura operística, la grabación de la misma es la métrica emotiva que va conduciendo todo su desarrollo. Suenan sus arias, sus coros, y un amplio equipo de actores crean un mundo propio bajo ese manto estético impresionante y consiguen una relectura, un lenguaje nuevo fusionado en el que las reiteraciones, el humor, el movimiento sincopado y las acciones físicas nos cuentan la misma historia pero con otros lenguajes, ni complementarios ni contradictorios, simplemente colocado en otro plano de comunicación.
Conviven el texto cantado y el texto dicho por los actores junto a unas imágenes escénicas surgidas de unas coreografías y desplazamientos corales realmente significativos que van descifrando las diferentes textualidades a la vez que sugieren otras imágenes, otras maneras de moverse, donde la mano del director se nota porque hay una apuesta, todo se mueve en la misma coherencia estética. Estamos ante una creación definitiva, una manera de entender el espectáculo total en nuestro tiempo. Un espectáculo para amar el teatro, para comprender las posibilidades de emocionar y conmocionar.
Es uno de esos espectáculos que deben ser vistos, estudiados, disfrutados porque teniendo tantos elementos y antecedentes en su composición, logra algo único, equilibrado, magnífico, actual. Una espléndida desmesura de talento, imaginación y cualidades coordinadas.

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