Edmar y el arpa de hierba

Cuando se aproximó al centro del escenario, Edmar Castañeda traía su arpa colombiana bajo el brazo. Una hora después, salía de allí con los dedos colorados y decenas de nuevos amigos. Un hombre y un arpa, parece poco y son argumentos suficientes. Castañeda no necesita acompañamiento, su digitación es asombrosa: la mano izquierda pulsa las cuerdas graves con el sentido rítmico de un sólido contrabajista, la derecha pellizca arpegios y acordes como dos buenos guitarristas tocando al unísono. Fuerza semitonos accionando las clavijas de afinación, arranca armónicos para redondear suavemente un pasaje, frota y acaricia las cuerdas, baila y se mece con su instrumento. Un hombre y un arpa.
Ver a Castañeda en vivo es una experiencia genial, hace crecer la hierba bajo sus pies. El tipo salta del clásico al joropo, la cumbia o la samba. Ni reniega de sus raíces ni se corta acercándose a otros contextos, respeto sí pero vergüenza para qué. Nos recibe con “Cuarto de colores”, una composición propia netamente colombiana. Adopta un tono místico, se viste de fragilidad y dedica una pieza delicadísima a Jesús de Nazareth. Se tira al barro con una bulería y termina interpretando el “Spain” de Chick Corea. Fue un concierto breve, porque cuesta saciarse de las cosas buenas… y porque en efecto no duró más que una horita. Pero creo que todos comprendimos que Edmar no podía ofrecernos más sin arriesgar los dedos a cambio. Gracias, amigo.
La suma de las partes
Mi compañero Yahvé de la Cavada lo recordaba ayer aquí mismo: en la música, el todo es algo más que la suma de las partes, aunque estas sean magníficas. En la gran noche de Estrella Morente y Josele, muchos esperábamos el concierto de Anat Cohen con enormes expectativas, que no acabaron de cumplirse a posteriori. El escenario dictó sentencia, y sobre él pudimos ver a un cuarteto conjuntado con pinzas, a pesar de la propia Anat o del gran oficio de Jeff Ballard.
Era la primera vez que Gadi Lehavi y “El Negrón” Elizarde (contrabajo) tocaban con Cohen, detalle que puso en evidencia el escaso rodaje de la música que interpretaron: una sofisticada, perezosa y ondulante selección de composiciones de Jason Lindner, Milton Nascimento o Pixinginha. Las armonías brasileñas, o el anguloso tempo de blues roto con que adaptaron “La vie en rose”, no ofrecían el paisaje más favorable donde asumir riesgos creativos, y únicamente la clarinetista pareció encontrar fluidez en el espacio para los solos.

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