Un Estado que aplica principios de 1.400 años pero que gobierna un territorio hoy
Pese a su mesianismo, el ISIS ha mostrado capacidad para tejer alianzas estratégicas y circunstanciales que le permiten gobernar y presentarse como un protoestado ante sus adeptos y sus enemigos

Recién concluido el Ramadán, los testimonios desde las ciudades y pueblos controlados por el Estado Islámico (ISIS) han denunciado los castigos a vecinos acusados de incumplir el ayuno.
La «Hisba», policía religiosa que vela por el cumplimiento estricto de preceptos coetáneos a la época de Mahoma (hace 1.400 años) e incluso preislámicos (en el caso de las mujeres) ha crucificado durante 24 horas, exhibido en público encerrados en jaulas y/o azotado a cientos de vecinos de Mosul (Irak), Raqa y Deir Ezzor (Siria).
Estas denuncias coinciden con los periódicos vídeos de propaganda del ISIS con ejecuciones y decapitaciones de prisioneros de guerra y de takfiríes (apóstatas) y con los que sigue generando ese terror atávico que tantos réditos le ha dado.
Es indudable que el Ramadán es un mes propicio para que el ISIS muestre su celo yihadista, tanto al interior del califato como al exterior, como ha quedado en evidencia con el recrudecimiento de los atentados estos días por todo el mundo.
Esa interesada proyección hacia afuera del terror y del milenarismo del ISIS puede acabar ocultando, a ojos de Occidente, una segunda vertiente tanto o más importante del califato. Hablamos de un estado, o protoestado, que administra de forma «secular» el poder en el terrirorio bajo su control o esfera de influencia (similar a Gran Bretaña) en Siria e Irak sobre 8 millones de personas.
El califato es una organización jerárquica al uso. Su máxima autoridad es el califa Abu Bakr al-Baghdadi, quien dirige el Consejo de la Shura, que se encarga de trasladar sus órdenes políticas y militares a través de la cadena de mando. El Consejo de la Sharia, formado por eruditos religiosos, se encarga de velar por la la aplicación ultrarrigorista de la ley islámica y la administración del día a día.
El califato tiene sus ministerios, su portavocía y una estructura administrativa definida, con 18 provincias o wilayas. Raqa es su capital de facto, mientras que Mosul, segunda gran ciudad de Irak, es su joya.
Junto con los ingentes recursos procedentes de la financiación de magnates árabes y musulmanes y de la extorsión, el califato cobra impuestos a los salarios, a los transportes que cruzan su territorio, a la retirada de dinero en los cajeros, a la telefonía... sin olvidar el impuesto especial a los cristianos que se le someten (jizya).
La riqueza energética de las tierras bajo el califato (controla el 10% del crudo iraquí y el 60% del petróleo sirio) y el hecho de que las zonas de Irak bajo su control sean las más fértiles del país le garantiza grandes ingresos por la venta de crudo a bajo precio (se lo compra todo el mundo, incluidos sus peores enemigos) y suministros ingentes de trigo para poder suministrar pan barato a la población.
Si todo estado tiene sus fallas, las del califato islámico son evidentes. Pese a que siguiendo el patrón del islam político lleva a la práctica una suerte de política social –mejor decir asistencial– el ISIS tiene grandes problemas para administrar cuestiones esenciales como la sanidad y las infraestructuras. En la misma línea, y aunque trata de imponer el monopolio del uso de la violencia que caracteriza a todo estado (cuando llega a un territorio desarma a los grupos locales), su «autoritas» queda muy mermada fuera de las ciudades y en las zonas rurales, donde las tribus suníes (hostiles a Bagdad y a Damasco) mantienen su fidelidad nominal al ISIS pero siguen ejerciendo el poder de facto.
Esa alianza interesada –y cambiante, a tenor de las circunstancias– unida al hecho de que el ISIS afronta una guerra contra muchos enemigos a la vez –milicias kurdas y chiíes, rebeldes sirios, ejércitos sirio e iraquí– y es hostigado por los bombardeos estadounidenses, le impide actuar como un estado con todos sus atributos –de ahí el término de protoestado–. Pese a ello, hay que reconocer que el califato ejerce mayor soberanía que muchos estados fallidos reconocidos por la «comunidad internacional». Y esa superioridad es otra razón de su éxito.
Un éxito que a su vez y preferentemente bebe sus fuentes de una visión milenarista y apocalíptica del islam que le hace tener millones de adeptos por todo el mundo. El ISIS es un estado o protoestado, pero es en paralelo una idea tan poderosa (por su capacidad de atracción) como atávica y, por tanto, débil por incompatible con la modernidad (en su sentido más amplio )
Su visión religiosa es tan extrema que hace parecer a Al Qaeda como moderada, pese a que ambos grupos comparten la versión yihadista del salafismo. Pero las diferencias son reales. El ISIS hace un uso masivo del takfirismo (excomunión) y no distingue entre un apóstata y un pecador, lo que eleva exponencialmente la cifra de candidatos a la muerte más atroz (takfiríes), desde los que incumplen preceptos «morales» hasta los chiíes (12% de los 1.500 millones de musulmanes) a los que acusa de innovar el Corán, que gozaría de una «perfección original». Esas divergencias sugieron ya en 2003, cuando los dirigentes de Al Qaeda criticaron la fijación sanguinaria contra los civiles chiíes de Abu Mussab al-Zarqawi, el que fue líder de la sección iraquí de la red, germen histórico del ISIS.
Todos son enemigos y traidores para el ISIS, incluidos los Hermanos Musulmanes, los talibanes afganos y los grupos rebeldes islamo-salafistas sirios.
Ocurre, con todo, que esta visión preferentemente milenarista del ISIS tiende a otorgarle una excepcionalidad que no se corresponde con la historia. Esta última abunda en ejemplos de estados y de grupos armados que han practicado y practican una violencia que no desmerecer en brutalidad a la que ejercen los yihadistas del califato (la Camboya de los jemeres rojos, Bosnia, la Indonesia de Sukarno y las desapariciones en El Salvador...) Bien es cierto que es precisamente la ostentación impúdica y aterradora de esa violencia lo que distingue al ISIS.
Tampoco es el primer grupo milenarista de la historia o que utilza la religión como eje de su lucha. Ahí está el ejemplo del cristiano Ejército de la Resistencia del Señor en Uganda.
Ni siquiera el ISIS es especial por intentar consolidar su poder en un territorio aprovechando la debilidad de los estados concernidos. Se podrá argüir que, al intentar voltear el orden político internacional con la creación de un califato que agruparía a la Umma (comunidad musulmanl) e incluso más allá, el ISIS no tiene parangón. Ciertamente es su objetivo pero, como tal es eso, una aspiración, muy ambiciosa pero como ha habido otras en la historia.
Y es que, además, es aspiración cosmogónica del ISIS choca precisamente con las alianzas forjadas sobre el terreno por el grupo yihadista con elementos si no seculares sí terrenales. Es el caso de los baazistas iraquíes (del partido-estado de Saddam) que copan la dirección política y militar del califato.
Frente a lo que cabría pensar tras la emergencia del ISIS en plena guerra siria, la inmensa mayoría de sus dirigentes son iraquíes, incluso el lugarteniente de al-Bagdadi en Siria, Abu Ali-al-Anbari. El propio servicio secreto del califato, la Amniyat, fue creado por agentes de la Mujarabat, la famosa y temida red de espionaje de Saddam.
Es evidente que la invasión estadounidense y posterior ocupación de Irak generó el mejor caldo de cultivo para este yihadismo nihilista de nuevo cuño.
Sin embargo, el grado de implicación en esta locura mesiánica de lo que queda del Baath genera muchas preguntas.
Y no solo es el partido del eajusticiado líder iraquí. Las milicias libias de Misrata han denunciado la connivencia entre los gadafistas y el ISIS en Sirte (ciudad natal del también linchado líder libio). Aseguran que Hasan al-Karami, quien apoyó a Gadafi desde el levantamiento militar que le aupó al poder y llegó a fomar parte del comité que redactó su Libro Verde, sería uno de los principales líderes del ISIS en Libia, junto con otros gadafistas como Mohamed Tebeig y Adel Tebeigha (ex cargos de Interior) y Ahmed Gadfa Aldam, familiar de Gadafi.
¿Actúan estos baazistas y gadafistas por puro despecho? ¿Busca el ISIS con estas alianzas suplir su inexperiencia a la hora de gobernar un territorio? ¿O estamos ante una simbiosis entre yihad y viejos regímenes que invita a reconsiderar muchos de nuestros apriorismos ideológicos sobre el mundo árabe?
Difícil respuesta. Lo que está claro es que el ISIS estará loco. Pero pisa suelo. Suelo firme.

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