Itziar Ziga
Activista feminista
JO PUNTUA

«Carry on»

Acabo de cumplir 41 años de vida alegre y disipada. Caer a este mundo en San Fermín facilita colosalmente celebrar que no traicioné lo mejor de mí misma por el camino. Aquella cría que fui se sentiría colmada de dicha si pudiera vernos superar la cuarentena hecha una mamarracha.

A pesar de haber nacido con casi todas las cartas en contra, nunca me he sentido destinada a perder. Más bien al contrario, los años me confirman atravesada por un triunfalismo visceral que no cambiaría por privilegio alguno en este jodido mundo.

Cuando creces amenazada por violencias sistemáticas varias (policial, económica, machista), acabar saliéndote con la tuya será tu más temprana obcecación. Ser feliz, ser libre, ser ingrávida, ser posible. Incumplir el destino fatal, la sombra trágica, la marca abyecta, la maldición con la que se nos trata de malograr a quienes fuimos socializadas a través del asalto.

Cuando era niña (pequeña no recuerdo haber sido, la disforia de tamaño es lo que tiene), no soñaba especialmente con ser astronauta, ni arqueóloga, ni escritora, ni madre. Imaginaba que a algo tendría que dedicarme y me suponía satisfecha. Nadie fantasea con horarios laborales ni estrecheces de presupuesto, la botella nunca se vacía en la mente de una.

Digamos que me deleitaba concibiendo mi tiempo de ocio futuro y ansiaba más que nada en el mundo convertirme en una golfa consagrada a los placeres mundanos. A la verbena vikinga, al akelarre eterno, a la música diabólica, a la depravación, al exceso, al éxtasis, a fundirme con otros cuerpos tan exultantes como el mío. Tratar de derribar la casa del amo, además de costoso, puede ser divertido.

Porque, eso sí, nunca me imaginé sola en la fiesta. Siempre supe que necesitaría compinches, aliadas, amigos, secuaces, gentes con aspiraciones tan sublimes como las mías. Di por hecho que os encontraría. Y en esta misión, sólo puedo decir que también he triunfado. Titánicamente.