Sigo
Decíamos ayer que hay que contestar algunas preguntas previas antes de establecer un criterio sobre la necesidad, el tamaño, los objetivos prioritarios de las televisiones públicas. Desde un punto de vista estricto, el Estado en todos sus travestismos no debería tener ningún medio de comunicación. Nos dice que no tiene periódicos. Y es una media verdad o media mentira. No son titulares pero los manejan por el control remoto de las inserciones publicitarias o con la cuestión más abyecta, que es la compra con publicidad camuflada como información que es la práctica sucedida aquí con el PNV gobernando.
Si el papel está mojado, con dudas sobre su futuro, cuando lo digital todavía balbucea y no se sabe cómo hacerlo sostenible, se sabe, porque es un plan muy bien elaborado y llevado a la práctica, que es por la televisión por donde la inmensa mayoría de la ciudadanía, es decir, de los votantes, se informa. Por eso los partidos cuando forman mayorías convierten las televisiones públicas en su principal plataforma de propaganda. Es ahí donde anidan todas las dudas sobre la idoneidad de la existencia de unas televisiones de titularidad pública.
Los ejemplos en los que nos podemos fijar en estos momentos nos harían contestar de manera rotunda que fuera, que no sirven, que está manipulada la información y que el resto de su programación es nefasta, comercial, alienante, sin cumplir con ninguno de sus objetivos estatutarios.
Es ahí en donde de una manera reactiva se abre un punto de fuga para estar a favor de estos instrumentos, pero justo para que cumplan como equilibradores de la vorágine televisiva comercial e ideologizada. El problema es cómo, cuándo, con quién. ¿De qué tamaño tendría que ser EITB para ajustarse a esos objetivos básicos, elementales y purificadores?

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