Vanidades
La vanidad va por barrios. La vanidad se vende y se alimenta. La vanidad es la secuela de la mala educación y la casualidad. Las vanidades se anidan en la ignorancia y el éxito flojo, ese que se convierte en algo parecido a una fama efímera a un precio flamígero. No es la vanidad una característica del artista, sino la consecuencia de la falta de formación profunda de la ética como fundamento de toda acción humana, desde la odontología hasta el pesaje de camiones. Mucho más en lo referente a la cultura, al arte, en el que no hay otros asideros que la fundamenten y la conviertan en algo más que un reflejo diletante o un reconocimiento vicario debido a cuestiones coyunturales de muy difícil concreción que se desvanecen tras el más leve ejercicio crítico.
Las vanidades de contagian y llegan a la gestión y la intermediación, llegan a la crítica, la información o la política, utilizando el trabajo de los demás en beneficio propio. Todo es fruto de un desenfoque absoluto sobre el valor real de la cultura, el patrimonio, el arte, la creación y quienes lo disfrutan. Mientras todo estaba bien acotado para las clases pudientes que la disfrutaban casi en exclusiva, nada sucedía más allá de ese rango social, pero en cuanto se ha democratizado algo el uso y disfrute de los bienes culturales aparecen los roces, las exageraciones, el cambio de paradigma, las vanidades compartidas. Vanidades ridículas, pero ostentosas. Y en tiempos electorales la desfachatez sobrevuela todo gesto.

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