Un «Réquiem alemán» muy humano en las voces del Orfeón

La última gran cita sinfónica de la Quincena Musical, a falta de la clausura esta tarde por la Filarmónica de Oslo, volvió a tener como colaborador destacado al Orfeón Donostiarra. Su protagonismo en esta edición del festival ha sido más destacado que nunca, sacando adelante en tan solo diez días, y con un rendimiento más que notalbe, tres obras tan complejas como son “Alexander Nevsky”, de Prokofiev –con la Filarmónica de San Petersburgo–, el “Stabat Mater” de Rossini –con la Orquesta de Cadaqués– y “Un réquiem alemán”, de Brahms. Con esta última composición, la que reseñamos y que se interpretó el viernes, se dio además un fenómeno curioso: Jukka-Pekka Saraste, al frente una formación tan brillante como es la Orquesta de la Radio de Colonia, se replegó completamente ante el Orfeón, entendiendo que la obra entra más en el dominio del coro que en el de la orquesta. Fue obvio desde el primer movimiento del réquiem, “Selig sind”, en que Saraste controló al máximo la ejecución de la orquesta y su nivel de decibelios para que el Orfeón se impusiera sin esfuerzo y surgiera, con naturalidad, ese impactante pianísimo incorpóreo, marca de la casa, Saraste prosiguió con gran comedimiento en el segundo número, “Denn alles Fleisch”, y en realidad en casi toda la obra menos en los momentos en que la orquesta debe atronar, como el apocalíptico “Denn wir haben”.
El resultado fue muy hermoso, porque al girar todo en torno al Orfeón, con esa blancura en las voces femeninas yla bella imperfección de las masculinas, se transmitió muy bien esa humanidad que es centro de este réquiem. Un réquiem que el propio Brahms barajó en titular “Réquiem humano”, y que no se adhiere a la tradición terrible de las misas de difuntos: su objetivo es proporcionar consuelo y esperanza a los que se quedan atrás.
Era una handicap para los solistas el recuerdo de las voces fantásticas que habían pisado unos días antes el mismo escenario, como las de Ekaterina Gubanova, Marianna Pizzolato o Celso Albelo. Aún así defendieron con dignidad sus fragmentos: el barítono Tareq Nazmi con una voz grande aunque algo rígida, aportó más solemnidad que lirismo al “Herr, lehre doch mich”.
La soprano Sophia Brommer, por su parte, y pese a algunos problemas de afinación, firmó un dulce “Ihr habt nun Traurigkeit”. No podemos afirmar que fuera “Un réquiem alemán” memorable, porque esta obra, una de las grandes especialidades del Orfeón Donostiarra, se ha escuchado aquí en versiones mucho más potentes. Sí que, en rasgos generales, fue una interpretación más que notable, con un punto de verdad en su apuesta por una espiritualidad serena, pero le faltó, quizá, un pequeño mordente adicional, en forma de pasión romántica, que nunca sienta mal a las partituras de Johannes Brahms.

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