Es el viento el que mueve los molinos
En los últimos días, las huestes de la Guardia Civil comandadas por el quijotesco ministro de Interior y los sancho-panzas de turno de la Audiencia Nacional española andan de escaramuza en escaramuza intentando «desarticular» a los gigantes vascos que se dedican a dar aliento a los presos y a sus allegados o que se empecinan en mantener viva la memoria de quienes fueron tiroteados o torturados hasta la muerte por esos mismos ejércitos de pesadilla.
Tan lejos de La Mancha que imaginó Cervantes y a falta de blanqueados molinos, se meten en casas ajenas y en centros sociales, en la mayoría de las ocasiones de madrugada, arramplando con todo lo que les parezca un arma cargada de razón, ya sea un folleto escrito o una camiseta estampada. Al mismo tiempo, desde su ínsula madrileña, el ministro pretende insuflarnos la idea de que España es el país de las las maravillas mientas que Euskal Herria y Catalunya no son más que ensueños de nacionalistas trasnochados. ¡Cuánta imaginación la suya!
Más bien tarde que temprano –porque ya son siglos los que llevan alimentando su leyenda negra–, los herederos del duque de Ahumada y del inquisidor Torquemada terminarán por comprender que sus mesnadas no podrán detener a los gigantes aunque estos, para qué nos vamos a engañar, no sean tales ni en La Mancha ni en Euskal Herria.
La lección que tenemos que extraer de las andanzas del famoso caballero es que las aspas giran y giran impulsadas por la fuerza del viento. Y si bien por aquí no abundan ese tipo de molinos, lo que no nos falta es el viento.

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