El bello durmiente y el beso de la princesa espía

En torno a “American Ultra” confluye un grupo de jóvenes creadores independientes, al que la prensa especializada le ha dado mucho bombo apresuradamente, pero que a las primeras de cambio están evidenciando su notoria falta de ideas frescas o innovadoras. O tal vez sea que piensen que, una vez dentro de la industria, tampoco hace falta romper moldes, porque al fin y al cabo se trata de entretener al público adolescente que paga su entrada. La cuestión es que Max Landis escribe un guion que no responde a las supuestas expectativas planteadas por “Chronicle” (2012), lo que si lo juntamos con el reciente fracaso de Josh Trank con “Cuatro fantásticos” (2015) pinta un panorama decepcionante. En el caso del realizador Nima Nourizadeh no lo considero tanto, porque su ópera prima “Project X” (2012) estaba llena de tópicos generacionales, que reaparecen en su segundo largometraje en forma de remix o refrito genérico.
¿Existe un humor neohippy? No lo sé, ya que no soy experto en tendencias, pero el éxito de comedias gamberras como “Superfumados” (2008) así parece indicarlo. Entonces se dijo, y se ha repetido otra vez a propósito de “American Ultra”, que había una recuperación del tipo de personaje “fumeta” creado por el dúo cómico Cheech y Chong a finales de los años 70. Jesse Eisenberg podría pasar por nieto suyo, pero con una mentalidad conspiranoica de la época de la Guerra Fría. Y cuando se transforma en una versión juvenil del agente Bourne también se produce una regresión mental, teniendo en cuenta que Robert Ludlum escribió sus novelas en los 80, y que el argumento del hijo de John Landis se basa en una leyenda urbana sobre programas secretos de la CIA, la cual conecta con los cómics de superhéroes que responden igualmente a la coyuntura de posguerra. Para padecer amnesia, el protagonista se encuentra demasiado vinculado a fantasmas durmientes del pasado.

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