Tierra baldía
La tierra, los montículos que configuran un espacio en el que parece existir un orden mágico para que crezcan brotes de vida o señales de una existencia, pero que se convierten en un espacio de tierra expandida, baldía para la regeneración, pero espacio para la creación de un montaje caótico que se reordena desde la palabra, desde la noción crítica sobre la propia creación y el arte moderno, lo contemporáneo como conjunción aleatoria de nociones abstractas que confluyen en un tiempo y un espacio.
Desde la exigencia física, al acomodo verbal, desde la teatralidad del movimiento y la paradoja de unos cuerpos con cabeza de cerdo y gabardina que recurrentemente acaban bailando unos pasos de baile reiterados al son de Vivaldi o Bach, hasta la destrucción sistémica de todo el aparato escénico propuesto, su ruptura de tiempo y punto de vista, en una ruptura de ángulo con la utilización del texto, sin ambages, teatro de la palabra, de la paradoja de la paradoja, para acabar, de nuevo, en el punto de partida, pero sin solución de sorpresa.
Trabajo visto en una altura que castigaba la capacidad física de los danzantes, al borde de la extenuación, que nos proporciona una mirada sugestiva al mismo hecho presentado, que nos deja más pendientes de lo formal, con una iluminación que va empoderándose del espacio y que en su conjunto se inscribe en una tendencia a la hibridación que esperemos avance en sus concreciones.

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