Timadores
Han vuelto a nuestra pantalla los programas educativos más eficaces: los timadores. Esos tres individuos británicos que nos enseñan a timar, a dar el palo. Son una escuela de vividores, pero a la vez los podemos visionar como una escuela de protección, ya que después de cada palo dado además de indicarnos que les devuelven el dinero timado a las víctimas nos advierten otros especialistas en las medidas a tomar para no sufrir en nuestras ambiciones públicas y privadas los mismos escarnios. De todas las formas se trata de una muestra capital de televisión formativa, en uno u otro sentido.
Son divertidos, tiene una producción mínima pero mucha eficacia con los medios a su alcance y, sobre todo, los dos, hombre y mujer, cumplen a la perfección con sus roles en cada “dramatización” de alguno de los millones de timos que existen y a los que estamos expuestos. De todo lo que nos enseñan, lo más divertido es cómo tomar copas gratis gracias a timos menores, a juegos o casi números de magia con truco que ayudan a ganar las apuestas. Lo más duro de calificar es cuando nos enseñan a timar de manera seriada en asuntos de muy fácil copia y con repercusiones bastante más catastróficas para los afectados.
Cuando uno sale de estos reportajes y entra en los noticiarios e informativos, entiende mejor la profundidad de la metáfora de los timadores.
Hay partidos, políticos, empresarios que podrían hacer una serie de éxito enseñando las miles de maneras de disfrazar los cohechos, las alteraciones de los precios, las concesiones amañadas, el nombramiento de fiscales y jueces en busca de la impunidad soñada y un largo etcétera de actitudes delictivas exentas de reproche social debido a leyes dictadas a la medida, que es el auténtico timo mayor de los timadores más zafios

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