La avalancha de refugiados como drama y como problema
Europa es tierra de inmigrantes y no ha sido históricamente ajena a crisis de refugiados como la que vivimos actualmente. Las ha sufrido en carne propia o las ha provocado. Finalmente, buena parte del mundo –que ni empieza ni acaba en Europa– asiste entre estupefacta e indignada a la ola de nerviosismo que atenaza a muchos europeos. La avalancha de personas que cruzan el Mediterráneo no es sino una pequeña parte de las que pueblan los campos de desplazados y de refugiados en Siria, Irak, Afganistán... Y ha habido crisis de refugiados mucho más graves, cuantitativa y cualitativamente... crisis, además, en las que en muchos casos Europa no fue ajena sino actor central.
Todo ello no resta un ápice de gravedad a la crisis actual. Porque, aunque se olvide a menudo, la emigración europea a América tampoco estuvo exenta de dramas personales y de problemas –no faltó entonces el ahora evocado egoísmo de las élites de algunos países receptores–. Qué no decir sobre la tragedia humanitaria que supusieron las guerras provocadas por los fascismos, español, italiano, alemán...
Así como no conviene a los europeos olvidar de dónde venimos y nuestro papel en el mundo, no es bueno relativizar la actual crisis y ningunearla en una suerte de buenismo ético que ni ha funcionado nunca ni funcionará.
Convendría asumir dos axiomas, y por ese orden. El primero, el de que huir de tu propia casa ha sido siempre y es, ante todo, un drama, no una oportunidad. El segundo, que recibir en tu casa cientos de miles de dramas humanos es un problema. Solo a partir de ahí se podrán empezar a atisbar soluciones.

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