Libia, atrapada por su inercia e intereses ajenos
Hoy GARA publica el primero de una serie de reportajes de Karlos Zurutuza sobre Libia, cuando está a punto de cumplirse un lustro desde el comienzo de la guerra en ese país. Partiendo de las opiniones de milicianos de las diferentes facciones que se enfrentan en varios frentes y de los testimonios de ciudadanos que padecen cotidianamente estos enfrentamientos, estas crónicas muestran una situación caótica, un Estado fallido y «un vacío de poder en un país fragmentado en ciudades-Estado, e inundado de armas desde la guerra de 2011».
Los intentos de la comunidad internacional por lograr un acuerdo entre las partes, especialmente entre los gobiernos de Tobruck –al que mayormente apoya esa comunidad– y el de Trípoli, sufren por la desconfianza de las partes y de la población en general. El escándalo «Leongate», en el que se ha visto envuelto el anterior enviado especial de la ONU, el español Bernardino León, acrecenta aún más a esa falta de credibilidad. Los correos filtrados por “The Guardian” muestran que este exdiplomático defendía los intereses de los Emiratos Árabes Unidos en la región, con quienes tenía una interlocución privilegiada y acordaba estrategias. Que al mismo tiempo que mediaba en Libia León negociase un puesto como director de la Academia Diplomática de EAU por el que ha pasado a cobrar 50.000 euros al mes dinamitan cualquier intento de presentarse como una mediación imparcial, honesta.
La situación de Libia tiene difícil solución. A corto, urge extender a nivel nacional los alto el fuego logrados a nivel local en algunas zonas. A medio, hay que implementar un acuerdo para el reparto del poder y la reconstrucción. A largo, la izquierda tiene el reto de recuperar los logros de la revolución antes de su decadencia –que sin duda la comunidad internacional aprovechó–. En general, esto solo será posible desde la soberanía, la lucha política y la democracia, sin ceder a presiones y a «ayudas» perversas.

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